the boy of the stars

Parte cinco

5

Somos instantes Cuando qué bonito es ser distinto.

Las personas somos carne y huesos. Recuerdos y complejos. Amor y dudas. Pero sobre todo las personas somos instantes. Un instante es un período de tiempo breve, casi impredecible. Hay quien los colecciona y quien los olvida. Hay incluso quienes los viven y no se dan cuenta. Me gustaría enseñarte algunos de los míos… Húmedo Mi primer beso en la esquina de mi calle. Tenía once años y era una chica preciosa. No me lo imaginaba así pero me gustaría repetirlo. Inmenso Su concierto. El día de mi voz favorita. Ha sonado más que nunca cumpliendo todas mis expectativas. Gracias. Valiente Me atreví a copiar. Me sudaban mucho las manos y apenas tenía un par de fórmulas apuntadas en un pedacito de papel. Pero me arriesgué. Feliz Mis no tan queridos Reyes Magos por fin me han traído lo que les pedí. Este año sí que sí. Decepcionante Joder, es que ni se ha fijado en mí. Se ha sentado enfrente y era mi camiseta más bonita. Satisfactorio Me han dado el papel más largo de la obra. Además mis frases me gustan mucho. La profesora confía en mí. Y el teatro es una maravilla. Legendario Tengo ocho años y Frodo ha tirado el anillo, y lo que es más importante, a Gollum. Menos mal, porque esa criatura me mataba de miedo. Doloroso Me operan. Anestesia local…¿Anestesia local? Permíteme dudarlo, joder. Agriducle Último dong. En mi boca un mejunje de doce uvas blancas. Qué asco. El año que viene, Lacasitos. Tierno Es la primera vez que lloro con una película y la gente dice que es mala. Pero es que, jo, a mí me ha gustado. Gracias, Leslie. (Un puente hacia Terabithia.) Rebelde Me he perforado el labio y estoy contento. Quizá no sea el piercing sino todo lo que él envuelve. Mágico Primero una rama. Luego el sable de Yoda. Domivat. El arco de Hood. La varita de Potter. La espada de Pan. No quiero crecer. Libre No siempre ha sido así, pero ahora la gente sabe que existo. Estoy más delgado, me ven más guapo y no es por la camiseta bonita. Humillante —¡Maricón! —Es tres cursos mayor que yo y… bueno… lo mejor será hacer como que no he oído nada. Lo cierto es que este último instante marcará los años de instituto de El Chico de las Estrellas. Los primeros años de infantil fueron felices. Los pasillos olían a plastilina, se pedía el perro cuando jugaban a mamás y a papás y terminó sabiendo leer, bien enseñado por su profesora Blanca. En primaria jugaba a balón prisionero y saltaba a la comba. El instituto del pueblo era famoso por las drogas, el pasotismo de sus profesores y el nombre más bonito que he leído nunca: «Atrévete a Saber». Como El Chico de las Estrellas nunca fue al «Atrévete a Saber», no puede decirte si es cierto todo aquello que cuentan de él, pero sí puede decirte que le hubiera gustado ir allí. El instituto público tenía algo que El Chico de las Estrellas necesitaba por encima de todas las cosas: Libertad. En él podría haber llevado sus piercings a gusto, sus botas plateadas y haber hecho un poco más lo que le hubiese dado la gana. La Dama de Hierro pensó que lo mejor sería inscribirlo en otro centro, ya que ella se encargaba de las cosas que su madre debería haber hecho si su madre hubiera estado. Y para su suerte, estaban construyendo un nuevo instituto en el pueblo: El Concertado. (Donde no pudo llevar sus piercings a gusto, ni sus botas plateadas, e hizo un poco menos lo que le dio la gana.) Empezó secundaria con un jersey rojo, pantalones azulados y náuticos, dando ciencias en inglés y educación física en un polideportivo enorme. En unas clases donde las pizarras las sujetaba el suelo, apoyadas contra la pared. Odiando las matemáticas y con una boca abierta en la portada del cuaderno de lengua. Aquel año su retroceso académico fue espectacular. Dejó de avanzar en la lectura y en otros aprendizajes. Se rompió un tobillo, se escapaba de clase y aquellas a las que acudía se las pasaba dibujando, como Bastian. Aquel año sus profesores fueron solo medio buenos, y las clases, casi de mentirijilla. Empezaron los instantes humillantes, y con ellos, un constante rechazo a ir al colegio. Al Chico de las Estrellas no pararon de surgirle amigas. Amigas guapas, educadas, talentosas, divertidas… a cuál más. Amigas para elegir con cuál de ellas formar una historia de… ¿Amor? Por aquel entonces El Chico de las Estrellas no pensaba en eso, sencillamente disfrutaba de su compañía y más de una lo hizo suspirar. Si algo debe agradecerle al Concertado son los amigos. Esos eternos aliados. Los mejores, los más listos del mundo siempre coinciden en una cosa: «Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano». El Chico de las Estrellas siempre ha dudado de esta frase. Después, el tiempo hizo el resto y le demostró que es cierto, pues El Chico de las Estrellas tiene tres amigos. Tres eternos aliados. Tres ángeles. Tres dedos. Es hora de levantar un dedo de una mano, querido lector: La Arquitecta de Sonrisas. Mi primer ángel. Su mirada es segura y decidida, lleva las ideas envueltas en un mar de cabello negro, y como su nombre indica, es la responsable de las arrugas de mis comisuras. Esa luz, esos gestos de complicidad, esa sonrisa. La Arquitecta de Sonrisas es la persona más luchadora que he conocido. Líder y artífice de cuentos. Hada madrina y motor. Mi defensora a ultranza. La felicidad es caprichosa, salta de persona en persona como un grillo alternativo; curiosamente puede permanecer en alguien unas milésimas de segundo o quedarse a vivir para siempre, como le pasó a ella. Aquel grillo debió de construir su casa de palo en algún lugar de su alma, pues de allí no se ha ido jamás. Ella era una de las pocas personas a las que les daba igual que su amigo, El Chico de las Estrellas, imitara los modales de sus amigas. Le gustaba cantar. Le gustaba tanto cantar que incluso creó un grupo de pop con algunas canciones feísimas que componían y cantaban entre ellos; se llamaban Casiopea. Le gustaba dibujar. Y lo de dibujar al menos no lo hacía tan mal como lo de cantar. Le gustaba bailar, vestir bonito y jugar a ciervo (recuérdame que después te cuente qué es ciervo) mientras los chicos de su clase jugaban al fútbol y las chicas más populares hacían los test de la Súper Pop. ¡Vivan los sueños de los niños! Yvivan de verdad. Vivan porque las ilusiones del niño que fui son lo que soy. Viva Casiopea. Viva ciervo. Y vivan aquellos que sueñan sin miedo. Pero si hay algo que El Chico de las Estrellas aprendió a hacer fue escribir. Primero aprendió a escribir cursi. Después aprendió el verdadero arte de escribir solamente lo que hay que escribir. Y después mezcló un poco las dos cosas. Cuentos, canciones, microrrelatos…daba igual, le encantaba hacerlo. Cuando estaba contento, lo escribía. Cuando estaba triste, lo escribía. En papel encerraba la locura de los sueños que le suplicaban realidad. El Chico de las Estrellas aprendió a dibujar, dibujando. A bailar, bailando. A vivir, viviendo. Y a escribir, escribiendo. Él no comprendía por qué el mundo no veía con buenos ojos su comportamiento poco masculino. Lo corregían duramente de manera cruel. El instituto fue aquel terreno resbaladizo donde el odio recayó sobre aquellos que fuimos sin miedo. Sobre gordas y feos. Sobre frikis y raros. Sobre gais y extranjeros. Qué difícil vivir cuando eres distinto. Y es que si Julio Verne nos hubiera conocido… si hubiera ido con nosotros al instituto estoy casi seguro de que habría viajado al centro de las personas como nosotros. Y luego, al centro de la Tierra. Creo que si... Virginia Woolf Oscar Wilde Dalí Dumbledore Ian McKellen Alaska Patrick de Las Ventajas de Ser Un Marginado Batman o Lady Gaga hubieran ido conmigo al instituto… Me habrían acompañado por el pasillo… Por aquel horrible pasillo de baldosas amarillas, y no habrían permitido lo que allí sucedió.



#17010 en Fantasía

En el texto hay: lbgt, fantasia tristesa

Editado: 17.02.2026

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