The Cipher Guard

Epílogo II: Keith y Layla

El escenario no es una torre de cristal, sino un estudio de música con paredes de madera cálida en un rincón bohemio de la ciudad. Layla, con el cabello un poco más largo y una serenidad que le ilumina el rostro, ajusta los controles de una mesa de mezclas. Ya no usa su voz para derribar muros de contención; ahora la usa para crear frecuencias que ayudan a niños metahumanos a controlar sus propios dones.

​De repente, una ráfaga de viento juguetona agita las partituras sobre el piano. Layla sonríe sin siquiera mirar hacia la puerta.

​—Llegas tarde, Keith —dice Layla con una nota de diversión en su voz.

​En el centro de la habitación, el aire comienza a vibrar y a destellar con un brillo plateado. Keith se materializa gradualmente, apareciendo justo detrás de Layla. Viste su clásica chaqueta de cuero, que parece no haber envejecido ni un día, y su sonrisa traviesa sigue siendo la misma que desafió a todo un ejército en la isla.

​—Técnicamente, estaba aquí desde hace cinco minutos —responde Keith, rodeando el cuello de Layla con sus brazos y dejando un beso rápido en su mejilla. —Solo que me gusta verte trabajar. Eres hipnótica cuando te concentras.

​Keith se apoya en la mesa de mezclas. Aunque ya no tiene que luchar cada día, sigue siendo la chispa de energía del grupo. Ha dedicado los últimos años a viajar por el mundo, usando su intangibilidad y agilidad para rescatar tesoros culturales y ayudar en misiones humanitarias donde nadie más puede entrar.

​—He traído esto de la costa de Grecia —dice Keith, sacando de su bolsillo un pequeño caracol de mar perfectamente conservado. —Dicen que si lo escuchas con atención, suena como el corazón del océano. Pero yo creo que le falta algo.

​Layla toma el caracol y, cerrando los ojos, emite un susurro apenas audible, una nota pura que resuena dentro de la concha, amplificándola hasta que la habitación se llena de un sonido relajante y rítmico. Es su música, la combinación de la materia de Keith y la esencia de Layla.

​—Nuestra resonancia —susurra Layla, mirando a Keith con adoración. —Todavía es perfecta.

​—Siempre lo será —responde Keith, tomando las manos de Layla. —En la isla éramos dos notas desafinadas huyendo del ruido. Ahora somos la canción completa.

​Se quedan allí, en su santuario de sonido y luz, sabiendo que no importa cuántas paredes atraviese Keith o cuántas frecuencias alcance Layla; siempre vibrarán en la misma longitud de onda. Su amor no es solo una conexión, es el ritmo que mantiene al mundo en equilibrio.



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En el texto hay: superpoderes, justicia, amor lgbt

Editado: 30.01.2026

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