The Dimensions

Capítulo 11

Las llamas se volvieron más potentes, formando un remolino alrededor del magullado cuerpo de Loewen, el fuego intenso que daba vueltas alrededor de ella, le hacía mantener los ojos cerrados, con horror noto que la circunferencia del remolino se hacía cada vez más pequeña, obligándola a encogerse para no salir más quemada de lo que ya estaba.

—¡Basta por favor! ¡Laia! ¡Laia detente! —lloraba ya desesperada Loewen mientras trataba de salir viva de aquel infierno en el que había sido condenada.

Eiden, había cambiado de color de fuego a uno rojo, el rojo carmesí de uno de sus antepasados, el rojo insoluble de la lava. La cadena contra fuego comenzó a derretirse hasta dejar que el cuerpo del hombre cayera al suelo con un golpe estridente. El muchacho cayó de pie, ayudándose de sus manos para no caer de boca, casi como un gato se tratase.

Miró a Julios quien no tardó en salir corriendo al ver que él hombre se había liberado de su aprisionamiento, lo cual le dejó espacio libre a Eiden para ir a ayudar a la tremendamente fastidiosa de Loewen.

—¡Detente Laia! — Eiden apartó a su hermana menor del caminó y se puso en forma de ataque. No dio otra orden ni petición, simplemente atacó los pies de Laia. La joven, a pesar de estar concentrada en el remolino de fuego que cada vez reducía su diámetro, logró evadir el débil intento de Eiden por lastimarla.

—¡Eiden! — gritó su hermana menor —Si no la detienes de verdad, Loewen va a morir calcinada.

—¡Lo sé! — dijo exasperado.

Era una decisión complicada para él. No le era fácil lastimar a una persona que era casi como su familia. De hecho, era casi imposible que sus pensamientos se acoplaran a sus movimientos. Eiden tomó una larga respiración antes de atacar en serio a Laia, su mejor amiga.

Los ojos mieles de la joven se mostraron sorprendidos por la brusquedad de aquel primer ataque por parte de Eiden. Jamás pensó en la posibilidad de que precisamente él la atacara. Pero para remarcarlo, Eiden lanzó otra potente llamarada. No era ni de cerca su cincuenta por ciento de poder, pero era lo suficientemente potente como para distraer a Laia por defender su propia vida.

—¿Q—Que haces? — inquirió la joven.       

—Los que tenemos poderes recordamos contra quien podemos usarlos— dijo Eiden, dando otra estocada de fuego.

Laia se defendía con una sola mano, mientras con la otra intentaba controlar el poderoso remolino que seguía girando incontenible alrededor de Loewen, quien por cierto había dejado de llorar y quejarse. Mala señal.

—¡Ella no puede ser humana! — le gritó Laia —¡Lo sabes!

—¡La mataras! — gritó Jilett nuevamente, intentando acercarse al remolino.

—¡Atrás Jilett! — ordenó Eiden —No puedes manejar eso.

—Pero…

—¡Atrás! — ordenó el mayor.

De pronto el remolino lentamente empezó a consumirse. No, a absorberse, era casi como si alguna fuerza se lo tragara por completo, como si un agujero negro lo succionara de repente. La impresión fue tal, que, por mucho tiempo, aunque el cuerpo de Loewen ya estaba a la vista de todos, a pesar de la preocupante falta de movimientos y su falta de habla. Nadie se movió. Había sido extraña la forma en la que el remolino simplemente desapareció. No era poca cosa, era un elemento siendo utilizado por una de las mejores maestro fuego que existían. La pregunta colectiva era la misma: ¿Qué había pasado?

—¡Eiden! — Jilett era la única que había reaccionado rápidamente, tirándose de rodillas junto al cuerpo de la joven pelirroja —¡No despierta! — lloriqueo la joven.

Eiden dio un paso hacia delante, después dos, y ya al tercero logró caminar con normalidad. Ya se haría preguntas después. Ahora lo importante era ver como estaba Loewen.

—Eiden…— susurró Laia.

—¡¿En qué demonios pensabas?! — gritó el príncipe del fuego, volviendo la cara con una rabia incontenible —¡¿Estás loca?! ¡¿Cómo atacas a alguien que no se puede defender?! — le gritó en la cara.

Por un momento la joven no supo que responder. Parecía un ratón que había salido en mal momento de su madriguera y deseaba volver.

—¡T—Tú has hecho lo mismo hace unos minutos! — se defendió la muchacha a pesar que estaba totalmente intimidada y el miedo recorría su piel por la fría mirada de Eiden.

Nunca le había gritado, tampoco había mostrado esa cara en su contra, parecía que la quería matar y eso la lastimo en más de una forma.

—¡Sabes muy bien que falle apropósito!  ¡Si hubiera querido, Loewen habría muerto en segundos! —gesticulaba con sus brazos de manera agresiva —¡Y ustedes idiotas! ¿Por qué no hicieron nada para detenerla? ¿Acaso le tienen miedo? — gritó furioso hacia el resto de la gente que se encontraba atemorizada por él.

—¿Loewen…? — Eiden escuchó que alguien pronunciaba ese nombre, volteo molesto hacia la voz, pero se detuvo al ver que era su pequeña hermana que continuaba arrodillada junto al cuerpo de Loewen quien aún continuaba inconsciente.

El chico se acercó con cautela. Cada paso que daba hacia la chica, comprobaba el mal estado que tenía y presentía que no era solo por el daño que le había ocasionado Laia. Desde la distancia se podía notar las quemaduras de tercer grado, sus mejillas enrojecidas y los labios partidos, su ropa estaba hecha un desastre y su cabello por igual. A pesar de eso, eran daños mínimos, considerando lo que había sucedido, Loewen no se encontraba tan mal, de hecho, Eiden pensaba que debía de estar muerta.




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