The Dimensions

Capítulo 29

Volar. Jamás creyó experimentarlo con esa libertad, al menos no sin un paracaídas o un arnés que la sostuviera de una caída libre. En ese momento, junto a Zrak, sentía que sus oídos se tapaban, que su piel se erizaba por el frío que la acariciaba, su cabello se movía alborotadamente, sentía un poco de vértigo y miedo. Pero nada quitaba la sonrisa en sus labios. Era libre, sentía que de alguna forma podía llegar a donde quisiera, hacer lo que le placiera. Ahora comprendía muy bien el carácter de Zark, era un alma libre, como su cuerpo.

—¿Agradable cierto?

—Sí —suspiró Loewen—, es la sensación más hermosa que he sentido.

—Bueno, sí, lo es.

—Dime Zark, ¿Todos los amos aire pueden hacer esto?

—¿Qué? —se burló—, por supuesto que no.

Loewen volvió un poco la cara hacia su amigo y cuestionó en silencio.

—Para manipular el aire de esta manera se necesita un autocontrol venido de la meditación y la paz interior. Los maestros aire no debemos tener ninguna preocupación en la cabeza o al menos, saber manejarla para que no nos cierre nuestro séptimo chacra, el Sahasrara.

—¿Son budistas?

—No soy creyente de nada —aseguró el muchacho—, pero esos budistas sí que tenían muy avanzado el sentido de lo que es el mundo, uno logra comunicarse con su interior si se sigue correctamente los pasos.

—Entiendo. Entonces, ¿Cuántos amos aire pueden volar actualmente?

Zark sonrió.

—Uno.

—¿Es en serio? —Loewen abrió los ojos, resecándolos por el aire que le pegaba en la cara, llevándose en la necesidad de cerrarlos para lagrimear un poco.

—Sí, digamos que es como lo de Eiden. Es el único amo aire con el fuego azul ¿cierto? —se inclinó de hombros—, pues es lo mismo conmigo.

—Eres igual de sorprendente que él.

—Por algo somos los elegidos preciosa —Zark levantó la mirada y sonrió—. Llegamos.

Loewen logró ver aquella torre alta con forma de pico. Alta imponente y bastante impenetrable. ¿Qué había estado pensando? Se mataría al intentar bajar de ese lugar.

—Bien preciosa, ¿Estás lista?

—¿Para morir? —negó con la cabeza—, para nada.

—Bueno, ni modo, es tiempo.

Los pies de Zrak aterrizaron sobre aquel techo puntiagudo, de alguna forma sosteniéndose ahí. Loewen estaba lo suficientemente asustada como para preguntar cómo era que podía hacer eso. Zrak se acercó a una pequeña escotilla de vidrio —quizá lo único que diera luz al interior— y la abrió.

—Vamos Loewen, no me dirás que te arrepentiste.

—Claro, puedes hablar porque tú no te romperás el trasero al intentar bajar —miró hacia abajo, no se veía nada, solo la terrible oscuridad— ¿Cómo sabes que son solo tres metros de altura?

—Bueno, según mis cálculos…

—Ni siquiera lo sabes ¿Verdad?

—Noup, pero tengo fe en mí mismo.

—Genial, moriré.

—Vamos, que aburrida eres, en verdad solo le calculo tres metros, no creas que el lugar solo tendrá un piso, seguro será toda la torre, repleta de pura y magnifica información clasificada.

Loewen miró por la escotilla nuevamente. Tragó con fuerza y asintió.

—Bueno, promete que si muero —miró a Zark— le patearás el trasero a Eiden por no cuidarme mejor.

—Trato.

Loewen asintió un par de veces, miró a su amigo y aceptó ser bajada al lugar. Con ayuda del aire, fue descendiendo lentamente en el interior de la torre. Seguía estando profundamente oscuro, para ese momento, no veía ni sus propias extremidades. Solo con el susurró del viento —seguramente enviado por Zark— entendió que estaba a punto de dejarla caer. Se suponía que, a dos metros del suelo, pero si no, seguro sería una caída fea.

Cerró los ojos y sintió como el aire dejaba de acogerla. Cayó sin predicamento y, gracias a todo lo bueno, se vio azotada por el suelo, en el cual rodó y se golpeó un par de veces. Pero no murió. Solo cuando estuvo segura se hizo una pregunta:

¿Cómo se suponía que saldría de ahí?

Bueno, no había más, lo pensaría en otro momento. Justo en ese instante le era más interesante buscar una fuente de luz que no fuera la lamparita de su celular, que, por cierto, no se rompió con la caída.

Miró hacia arriba, la escotilla por la que había entrado estaba cerrada nuevamente y, como pensó, era la única ventana del lugar, era por el único lugar que entraba la luz tenue de la luna.

Suspiró.

La lamparita solo lograba alumbrar algunas cosas. Libreros, mesas, candiles, pero ningún apagador presente. Era un enorme lugar circular sin luz, para nada que tenía miedo. Giró otro poco sobre sí misma, notando que tardaría más en encontrar una luz que un libro. Así que se decidió a buscar. Lo divertido era, que no sabía que buscaba.

No era como si existiera un libro que dijera “ven Loewen, te diré lo que eres”. Ojalá fuera así, pero bien sabía que no. Se acercó a la primera gran y vieja estantería, ese lugar parecía una biblioteca vieja, el olor a libro y encerrado era casi asfixiante —a pesar de la inmensidad del lugar—.




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