El día amaneció en Elementa bajo control absoluto de la corona.
Guardias reales ocupaban cada ala de la academia, apostados en escaleras, pasillos y entradas secundarias. Los accesos estaban sellados; nadie entraba ni salía sin autorización directa. Investigadores recorrían el lugar marcando zonas de impacto, restos de energía y puntos exactos por donde los Daksha’s habían atravesado las defensas.
Elementa ya no funcionaba como academia.
Ahora era una base de investigación y defensa.
La reina Auriga había tomado el control total tras el ataque. No había dudas ni versiones alternativas: los Daksha’s habían irrumpido en la academia siguiendo una orden clara, habían secuestrado a la rectora y habían dejado un rastro preciso de su presencia. Uno de ellos había usado aire, lo suficiente como para crear el torbellino con el que escaparon… el mismo que se había llevado a su madre.
Y otro había utilizado mente.
Nyssara lo sabía desde el primer momento.
El cónclave no había sido asesinado con fuerza física. Fue un ataque mental a distancia, limpio, dirigido, imposible de ejecutar sin preparación previa. No había sido un estallido caótico. Había sido una ejecución.
Nyssara observaba el movimiento desde uno de los balcones interiores. Sentía la ausencia del elemento mente como un vacío constante, casi ensordecedor. Las sentarís de mente de la academia estaban muertas. Todas.
No directamente por los Daksha’s.
El ataque había roto algo.
Y Felicity… había sido el detonante.
Solo quedaban tres con vida.
Ella.
Melta.
Y Felicity… ahora desaparecida.
Capella se detuvo a su lado, con el rostro serio, marcado por el cansancio y la tensión acumulada.
—No habrá ceremonia —dijo con firmeza.
Nyssara giró la cabeza hacia ella.
—Mi madre lo decidió esta mañana —continuó Capella—. No hay tiempo ni condiciones. Elementa no necesita símbolos ahora. Necesita control.
Se volvió hacia los demás.
—Melta D’Mente fue nombrada rectora temporal.
Melta, unos pasos más atrás, no dijo nada. El peso de lo ocurrido seguía reflejado en su expresión.
Desde el patio se escuchaban órdenes secas, pasos coordinados, metal chocando contra piedra.
—La corona usará Elementa como punto central para rastrear a los Daksha’s —añadió Capella—. Sus nombres existen en los registros reales. Sabían exactamente dónde golpear. Sabían qué provocar… y a quién llevarse.
Sabrina apretó los brazos contra su cuerpo.
—Entonces fue un ataque planeado desde el inicio.
—Sí —respondió Capella—. Y dirigido por alguien con autoridad real dentro de ese grupo. Graulk no actúa solo.
Nyssara cerró los ojos un instante.
Los Daksha’s habían roto el equilibrio externo.
Felicity había colapsado el interno..
La barrera ya no existía.
Las sentarís de mente ya no estaban.
Y uno de los enemigos dominaba su mismo elemento.
—Debemos hablar con mi madre —dijo Capella—. Vamos.
Avanzaron por los pasillos vigilados. Elementa ya no tenía nada de familiar.
Fue entonces cuando se toparon con Rovina.
Estaba apoyada contra una columna, no por arrogancia, sino porque parecía no poder sostenerse. Su expresión estaba quebrada, los ojos enrojecidos.
—Se la llevaron —dijo—. A mi madre.
El silencio cayó de inmediato.
—Graulk la tiene —añadió—. Y nadie pudo detenerlo.
Nyssara sintió el golpe como algo físico. Rovina pasó junto a ellas sin decir más.
Siguieron hasta el gran salón.
La reina Auriga hablaba frente a las maestras que aún quedaban con vida.
—Serán designadas como líderes de expedición —ordenó—. Tenemos actividad Daksha confirmada en los puntos de resonancia elemental. No es exploración. Es intervención.
Su mirada se volvió hacia el grupo.
—Ustedes formarán parte de una de esas expediciones.
Sabrina sonrió con tensión.
—Perfecto.
—No es una misión de prueba —continuó Auriga—. Es territorio inestable, con influencia directa de los Daksha’s.
Capella dio un paso al frente.
—¿Y yo?
—No irás —respondió Auriga sin rodeos.
El silencio fue inmediato.
—Esto ya me alcanzó —replicó Capella—. No puedes aislarme de algo que ocurre en mi propio hogar.
Auriga la sostuvo unos segundos.
—Lo pensaré.
Finalmente asignó el grupo.
—Terrar liderará. Nyssara, Sabrina, Terril y Kael irán con ella.
Nyssara sintió el peso real de la decisión.
Más tarde, en su habitación, encontró el atuendo sobre la cama.
Un traje de combate.
Morado profundo, reforzado con armadura dorada. Ligero. Funcional. Hecho para guerra real.
No era una estudiante.
Al reunirse nuevamente, Capella ya estaba allí. Con su propio traje.
Auriga no parecía conforme.
—Insistió —dijo Terrar en voz baja.
Auriga observó a su hija.
—Esto no es protección —dijo—. Es una concesión estratégica.
Kael entró entonces.
Su armadura negra absorbía la luz.
—Esa armadura —dijo Auriga— es una de las cuatro del reino. No te protege… te convierte en objetivo.
Kael asintió.
—Lo sé.
Auriga respiró hondo.
—Tendrán provisiones listas afuera. Terrar… protege a mi hija.
—Con mi vida.
Afuera, los caballos aguardaban.
Nyssara miró una última vez a Elementa.
Sin barrera.
Sin rectoría estable.
Sin retorno.
La expedición aún no había comenzado.
Pero la guerra… sí.