The Elementals: La flor de pascua

XIX. Greedya.

El viaje había sido largo.

Cabalgaban desde hacía días. Desde Elementa descendieron hasta Sumaria, la capital de Aquata, atravesando caminos vigilados y costas húmedas que contrastaban con lo que vendría después. No se detuvieron más de lo necesario. Sumaria estaba en alerta constante, con soldados patrullando incluso de madrugada.

Desde allí siguieron rumbo a Burnstol.

El cambio fue brusco.

La humedad desapareció y el aire se volvió seco, abrasador. El verde quedó atrás y el paisaje se transformó en una extensión interminable de arena rojiza y dunas quebradas por formaciones rocosas negras. El sol caía sin piedad sobre el desierto, distorsionando el horizonte.

Burnstol.

Nysssra frunció el ceño.

No era la primera vez que pasaban por allí.

—Ya estuvimos cerca de este lugar —murmuró, más para sí misma que para el resto.

Sabrina la miró de reojo, y entonces también lo recordó.

La noche.

El viento levantando arena como cuchillas. El cielo sin estrellas. Y el rugido antinatural que había surgido del suelo.

—Aquí fue —dijo Sabrina en voz baja—. Donde Rovina y Aqhara pelearon contra el Krupto.

Kael tragó saliva.

—No lo vimos… pero lo atravesamos prácticamente.

Terrar asintió con gravedad.

—El punto de resonancia estaba activo esa noche. Desde Elementa lo sentimos, aunque no supimos reconocerlo.

Avanzaron unos metros más.

Y entonces la sensación cambió.

No fue inmediata, sino progresiva. El aire comenzó a sentirse más pesado, como si costara pensar con claridad. Nysssra notó un leve zumbido en la cabeza, una presión constante detrás de los ojos. Cada paso del caballo intensificaba la incomodidad.

Kael apretó las riendas.

—Esto no es normal —dijo—. Está reaccionando.

—Siempre reacciona —respondió Terrar—. Solo que ahora estamos entrando de verdad.

La arena empezó a comportarse de forma extraña. No seguía el viento. Se elevaba en espirales lentas, suspendida en el aire, como si algo invisible la mantuviera allí. Algunas rocas flotaban apenas unos centímetros, temblando.

Nysssra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella noche lo habían rozado.

Ahora estaban dentro.

—Estamos cerca de Mimiko —dijo Terril, señalando las elevaciones a la distancia—. Demasiado cerca.

Terrar detuvo su caballo.

—El punto de resonancia de Burnstol —dijo—. Exactamente el mismo.

Nysssra cerró los dedos alrededor de las riendas.

La vibración mental era imposible de ignorar. Pensamientos ajenos rozaban los suyos, desordenados, incompletos. Como ecos atrapados en la arena desde hacía años.

Sabrina soltó una risa tensa.

—Genial. Volvimos al lugar donde casi morimos.

Kael avanzaba unos metros delante del grupo, la armadura negra absorbiendo la luz de una forma antinatural. Ni el calor parecía afectarle.

Kael avanzó apenas unos metros más.

No llegó lejos.

Terrar tensó las riendas y su voz cortó el aire con firmeza.

—Kael, para.

Él se detuvo en seco, y los demás hicieron lo mismo de inmediato, alineándose junto a ella. El silencio volvió a caer, pesado, incómodo.

Más adelante, el terreno cambiaba. Grandes bloques de piedra se alzaban como si hubieran sido colocados a propósito, formando una barrera irregular que parecía ocultar algo detrás. La arena no se acumulaba allí; evitaba ese punto.

Terrar observó la formación unos segundos antes de bajar del caballo.

—Desde aquí seguimos a pie.

Uno a uno desmontaron. Los caballos quedaron atrás, inquietos, resoplando con nerviosismo, como si no quisieran acercarse más. Nysssra sintió cómo la presión mental aumentaba al poner un pie en la arena.

Avanzaron entre las dos enormes rocas.

La abertura era estrecha, apenas lo suficiente para que pasara una persona a la vez. Al cruzarla, el aire cambió de golpe: más frío, más denso. Y entonces la vieron.

Una entrada.

Una gruta profunda tallada en la roca, oscura, con símbolos erosionados en sus bordes y un pulso invisible que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.

Terrar levantó el puño, ordenando que se detuvieran. Todos se colocaron frente a la entrada, en silencio, siguiendo su formación.

La maestra dio un paso al frente.

—Esta es… la Sub-cateca Magallan —dijo con solemnidad—. Así llaman a este punto de resonancia.

Nysssra sintió el eco mental responder desde el interior de la gruta.

No era un lugar muerto.

Uno a uno cruzaron la abertura entre las rocas y avanzaron unos pasos hacia el interior. El aire cambió de inmediato; más denso, cargado de una presión extraña que se sentía en el pecho.

Fue entonces cuando Terrar alzó una mano.

Todos se detuvieron.

El viento del desierto ya no llegaba hasta allí. El silencio era antinatural, como si el lugar estuviera conteniendo la respiración.

Terrar se giró hacia ellos. Su mirada pasó por cada uno, firme, protectora… y cargada de algo más peligroso.

—Nysssra, Kael, Capella, Sabrina y Terril…

Hizo una breve pausa.

—Lo que sea que esté aquí dentro no puede salir con vida.

Su voz no tembló. No era una orden impulsiva, era una certeza.

—Debemos acabar con ello.

Nadie respondió. No hacía falta.

Avanzaron más adentro de la Sub-cateca Magallan.

El interior se abría de forma antinatural. Objetos flotaban en el aire: fragmentos de piedra, estanterías, muebles, restos metálicos, símbolos rotos, todos suspendidos como si una fuerza invisible los sostuviera. No caían. No giraban. Simplemente estaban.

La gruta descendía en espiral.

Escaleras talladas en la roca guiaban hacia abajo, cada vez más profundo, perdiéndose en la estructura del lugar. Aun así, no había oscuridad total. Una luz extraña, sin fuente visible, iluminaba el interior, haciendo que las sombras se movieran de forma errática.

Cuanto más avanzaban, más claro se volvía algo, ese lugar no solo resonaba, los observaba.



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En el texto hay: elementos, magia, amor fantasía acción

Editado: 11.01.2026

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