El atardecer teñía el cielo de tonos anaranjados y violáceos, pero ninguno de ellos parecía real.
Terril estaba de rodillas, con las manos hundidas en la arena aún tibia por la vibración reciente. Su cuerpo temblaba mientras el llanto le sacudía el pecho, ahogado, roto, como si no pudiera respirar del todo.
Capella se arrodilló a su lado sin decir nada. Lo rodeó con los brazos y apoyó su frente contra su cabeza.
—Llora… —murmuró con la voz baja—. No te lo guardes.
Terril negó lentamente, los sollozos escapándose igual.
—Ella… —intentó hablar, pero no pudo terminar la frase.
Capella cerró los ojos con fuerza y lo abrazó más fuerte.
—Lo sé.
A unos pasos de ellos, Kael estaba sentado en el suelo con Sabrina recostada contra su pecho. Su respiración era débil pero constante; no reaccionaba, aunque un leve gesto en su rostro indicaba que no estaba del todo ausente.
Nyssara permanecía de pie, inmóvil, con las manos aún manchadas de polvo y sangre seca. Miraba el horizonte sin parpadear, como si temiera lo que pudiera aparecer si bajaba la guardia.
Entonces ocurrió.
El viento cambió.
Primero fue una brisa irregular. Luego, el aire comenzó a girar lentamente, levantando arena y fragmentos oscuros del suelo.
A lo lejos, recortándose contra el sol que moría, un torbellino oscuro se acercaba en el horizonte, creciendo con cada segundo, devorando la luz a su alrededor mientras avanzaba en silencio hacia ellos.
Nadie dijo nada.
Pero todos lo sintieron.
Aquello…
aún no había terminado.
Kael dejó a Sabrina con cuidado sobre la arena, asegurándose de que su cabeza quedara apoyada antes de ponerse de pie. El viento del torbellino agitaba su capa cuando alzó la vista hacia aquello que se acercaba.
Nyssara… —dijo Kael al colocarse a su lado.
Ella no apartó la mirada del horizonte.
—Es él… —murmuró al fin—. El hombre que se llevó a mi madre.
El torbellino avanzaba lentamente, pero cada segundo parecía acercarlo demasiado.
—Viene hacia acá —explicó Kael, con el ceño fruncido—. Seguro sintieron la pérdida del punto de resonancia. Saben que este lugar cayó… y vienen por lo que queda.
El pecho de Nyssara ardió.
—Entonces debemos enfrentarlo —dijo, con una ira cruda, sin adornos.
—No —intervino Capella, aún de rodillas, sosteniendo a Terril contra su pecho—. No podemos.
Nyssara giró el rostro hacia ella.
—Sabrina no puede pelear —continuó Capella, la voz quebrándose—. Terril tampoco… y tú…
—¿Yo qué? —la interrumpió Nyssara, con un paso al frente—. Yo aún puedo pelear.
Capella negó con fuerza, las lágrimas cayendo sin control.
—¡No, Nyssara! —gimió—. No podemos… no podemos perder a otro más…
El silencio que siguió fue pesado, aplastante.
Nyssara apretó los puños.
—Ustedes váyanse —dijo al fin—. Yo puedo pelear con él sola.
Y sin esperar respuesta, comenzó a caminar hacia los escombros de la Sub-cateca Magallan, hacia el lugar donde el torbellino oscuro se dirigía, como si la llamara.
Entonces una mano la detuvo.
Kael llegó por detrás y le tomó la mano con fuerza, casi desesperado.
—¡Nyssara! —gritó.
Ella se volvió.
Sus miradas se encontraron, y por un instante todo lo demás dejó de existir.
—No puedes hacer esto —dijo Kael, con la voz tensa—. Si mueres… ¿quién salvará a tu madre? ¿A tu reino? —tragó saliva—. ¡Dime!
Las palabras la atravesaron como una hoja.
Nyssara sintió el temblor en su propia respiración, el conflicto desgarrándole el pecho. El torbellino rugía a lo lejos, cada vez más cerca, pero en ese momento solo veía a Kael.
Soltó su mano lentamente.
—Precisamente por eso… —susurró— no puedo huir.
El viento se intensificó.
Y el destino, una vez más, los obligaba a elegir.
—Nyssara… hazlo por ellos también —dijo Kael.
Su mirada se desvió un instante hacia donde estaban Capella, aún sosteniendo a Terril, y Sabrina tendida en la arena, inconsciente. Ese solo vistazo bastó.
Nyssara los miró apenas un segundo.
El viento del torbellino rugió con más fuerza, azotándole el cabello contra el rostro, cortándole la respiración. La arena se levantaba en espirales violentas a su alrededor, obligándola a entrecerrar los ojos.
Debía tomar una decisión.
—¡Nyssara, dime! —insistió Kael, apretando con más fuerza su brazo, como si temiera que se le escapara—. ¡Dímelo!
—Yo… —murmuró ella.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin que pudiera detenerlas. Permaneció paralizada, con la mirada fija en el torbellino que se acercaba, enorme, oscuro, devorándolo todo.
—Te prometo que acabaremos con él después —dijo Kael, bajando la voz, acercándose más—. Pero ahora debemos escondernos… por favor, Nyssara.
Sus ojos se encontraron.
En los de Kael no había miedo, sino súplica. Confianza. Esperanza depositada en ella.
Nyssara cerró los ojos un segundo.
Luego asintió, temblando, las lágrimas aún cayendo.
Corrieron hacia los demás y se ocultaron tras los grandes escombros de la Sub-cateca destruida. Desde allí no podían ver nada… pero el sonido era suficiente.
El viento oscuro pasó cerca, rugiendo como una bestia hambrienta, sacudiendo la tierra, arrancando fragmentos del suelo.
Nyssara se encogió, conteniendo la respiración.
El peligro no había pasado.
Se escuchó cómo el torbellino se detenía cerca de los escombros.
Luego, el sonido seco de algo cayendo desde su interior.
Entre los restos también se oyó cómo algo emergía, pesado, hiriente, con una presencia cegadora y brutal.
Un krupto.
El gemido que lanzó fue bestial, antinatural. Nyssara sintió cómo algo invisible se le incrustaba en el pecho al escucharlo.
Entonces, una voz habló.
—Greedya… ¿qué te han hecho…?
Era una voz anciana, quebrada, arrastrada por el desgaste. Sonaba dañada, como si cada palabra le costara siglos de existencia.