The Elementals: La flor de pascua

XXI. Arrancados del desierto.

Ya se habían asentaron entre los restos del desierto y recogieron a los que quedaban en pie. Nadie habló mucho. El cansancio pesaba más que las preguntas. Pasaron parte de la noche allí, entre escombros y arena fría, hasta que el silencio fue roto de golpe.

Sabrina se incorporó bruscamente, jadeando.

—Oigan… —dijo, aún desorientada—. Sé a dónde irán ahora.

Nyssara alzó la mirada de inmediato.

—¿Qué dices? —respondió Capella, con la voz cansada—. Seguro fue el golpe, sigues delirando.

Sabrina negó con la cabeza, llevándose una mano a la sien.

—No. Lo vi. Mientras estaba inconsciente… soñé. Pero no era un sueño normal.

A unos pasos de ellas, Terril permanecía en silencio, sentado aparte, observando el cielo nocturno sin parpadear.

—Créanme —insistió Sabrina—. Lo vi con claridad.

Nyssara frunció el ceño.

—Sabrina, no puedes hacer eso. Es imposible.

—¡Que sí! —respondió ella, con una seguridad que no coincidía con su estado.

Kael intervino, dudoso.

—¿Y si tiene razón? —miró a Sabrina—. ¿Qué viste?

Sabrina respiró hondo antes de hablar.

—Un lugar rodeado de agua. Había una torre gigantesca emergiendo del centro… y sentí la resonancia. Estaba cerca. Muy cerca de Elementa.

Nyssara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Capella abrió los ojos con lentitud.

—El Torreón de Aorión… —murmuró—. El punto de resonancia más cercano a Elementa.

El silencio volvió a caer sobre el grupo.

Nyssara bajó la mirada, procesándolo.

Si Azhar y Greedya se debilitaban cuando un punto de resonancia caía… entonces tenía sentido.

—Tal vez… —dijo Kael— ahora van allí.

Nyssara cerró los ojos un instante.

Si era cierto, el tiempo se les estaba acabando.

Nyssara pensó unos segundos antes de hablar. El cansancio y la urgencia chocaban dentro de ella, pero la idea encajaba demasiado bien como para ignorarla.

—Quizás tienes razón… —dijo al fin—. Tal vez fueron allí a recargar energía. Destruimos un punto de resonancia y eso los debilitó. Si no quieren que hagamos lo mismo otra vez, ese sería el siguiente movimiento lógico.

Sabrina se puso de pie de inmediato, como si el cuerpo le respondiera antes que la mente.

—Entonces debemos ir ahora.

Nyssara iba a responder cuando el suelo vibró.

No fue gradual. Fue abrupto.

De entre los restos de la sub-cateca Magallan emergió de golpe un orbe de luz azul, enorme y cegador, como si hubiera estado esperando bajo tierra. Giraba con violencia, deformando el aire a su alrededor, absorbiéndolo todo.

Todos se quedaron inmóviles un segundo.

Luego el orbe comenzó a expandirse.

El viento los envolvió con fuerza, arrancándolos del suelo. Nyssara escuchó los gritos de Capella, desesperados, intentando aferrarse a Terril mientras todo giraba.

El mundo dejó de tener forma.

Nyssara sintió su cuerpo estirarse y comprimirse una y otra vez, como si la realidad misma la doblara sin cuidado. El aire le quemaba los pulmones. No sabía si caía o si subía, solo que el tiempo había dejado de avanzar de manera normal.

Y entonces, impacto.

Cayó sobre pasto húmedo.

Cuando por fin logró incorporarse, mareada, lo primero que vio la dejó sin aliento.

Estaban en lo alto de un torreón inmenso.

A su alrededor se extendía el océano… pero no tocaba la estructura. El agua se mantenía alejada en un círculo perfecto, contenida por una fuerza invisible. Paredes colosales de mar se alzaban alrededor del torreón, suspendidas, como si el océano entero se negara a reclamarlo.

Era antinatural. Imponente. Aterrador.

Nyssara miró a los demás. Todos compartían la misma expresión de desconcierto.

El orbe azul ya no estaba.

Había quedado atrás.

Todos se pusieron de pie menos Terril, quedó tirado en el suelo, inmóvil, la mirada perdida. No dijo nada.
Capella se arrodilló a su lado, tomándolo por los hombros, intentando hacerlo reaccionar, hablándole en voz baja, urgente.

—Terril… mírame, por favor…

No tuvieron tiempo para más.

Antes siquiera de pensar en descender de la alta terraza donde habían aparecido, un sonido rompió el silencio: gemidos apagados, ásperos, provenientes de detrás de una de las rocas cercanas.

Todos se tensaron al instante.

Armas listas. Respiraciones contenidas. El desconcierto aún no se disipaba, pero el instinto era más fuerte.

De entre las rocas emergieron ellos.

Los Daksha’s.

Azhar apareció primero, sostenido por un torbellino oscuro, inestable, como si le costara mantenerlo. A su lado estaba Greedya, visiblemente dañada, su cuerpo aún resentido. Detrás de ambos, una tercera figura: una chica de ojos completamente negros, sin brillo alguno, como pozos vacíos.

No atacaron.

El torbellino se intensificó apenas lo suficiente y, en un movimiento violento pero calculado, los tres salieron disparados, alejándose con rapidez. El viento azotó la terraza unos segundos… y luego se disipó.

Silencio otra vez.

No estaban solos.

Una figura permanecía allí.

Solo quedó una de ellos… Dakazi o Ixarí.

Nyssara la observó con atención, el pulso acelerado.

Era de una belleza impecable. La piel luminosa contrastaba con unos ojos que atrapaban la mirada sin esfuerzo, hipnóticos, evaluadores. Su expresión era seria, firme, de esas que imponen respeto incluso sin palabras. Todo en ella estaba medido: la postura perfecta, el equilibrio absoluto, como si hubiera sido esculpida y colocada allí con intención.

Vestía con una elegancia sobria, líneas limpias, sin adornos innecesarios. No necesitaba nada más. Su presencia hablaba por sí sola.

No estaba allí para negociar.
Ni para agradar.

Por puro instinto, Nyssara alzó las manos.

Un campo mental se formó frente a ellos, brillando en un morado débil, inestable. La energía le respondió con dificultad; su cuerpo aún se sentía extraño tras el efecto del orbe, como si algo dentro no hubiera terminado de asentarse.



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En el texto hay: elementos, magia, amor fantasía acción

Editado: 11.01.2026

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