El silencio regresó al Torreón como una marea contenida.
Nyssara seguía con el campo mental activo, aunque apenas era un resplandor inestable alrededor de ellos. Le dolía la cabeza, una presión constante detrás de los ojos, como si algo intentara empujar desde dentro. El océano seguía apartado, suspendido en muros imposibles que rodeaban la estructura, y el sonido lejano del agua golpeando contra sí misma no ayudaba a calmar los nervios.
La mujer frente a ellos no se había movido.
Dakazi… o Ixarí.
Nyssara no lo sabía aún. Solo sentía su presencia: pesada, precisa, peligrosa. No era como Greedya. No había burla ni exceso. Era control puro.
Capella dio un paso al frente, colocándose instintivamente frente a Terril, que seguía arrodillado, la mirada perdida.
—¿Una lección? —soltó, con la voz firme pero cargada de cansancio—. Ya vimos lo que hacen sus juegos.
La mujer los observó uno por uno, deteniéndose apenas un segundo más en Nyssara. Ese gesto bastó para que el pulso mental de ella se agitara.
—No fue un juego —replicó—. Fue una advertencia que no supieron leer.
Kael apretó la empuñadura de su arma, tenso, sin apartar la vista de la desconocida.
—Entonces habla —gruñó—. Porque no nos iremos de aquí sin respuestas.
Una brisa extraña recorrió la terraza, levantando polvo y agitando el cabello de Nyssara. El Torreón parecía reaccionar a la conversación, como si el lugar mismo estuviera escuchando.
La mujer dio un paso adelante.
Y el campo mental de Nyssara vibró con fuerza, amenazando con romperse.
La lección acababa de comenzar.
Sin más, la mujer avanzó con pasos lentos y medidos. Cada pisada parecía calculada, como si el propio Torreón le cediera el espacio.
—Soy Ixarí —declaró—. Y a diferencia de los demás, no me agradan los juegos.
Su mirada se endureció apenas.
—Estoy aquí para darles una lección, niños.
Nyssara sintió el cambio antes de verlo.
Ixarí levantó la mano y giró los dedos con precisión, trazando un círculo en el aire. Algo se condensó entre ellos: una energía blanca atravesada por vetas negras, inestable, peligrosa. El aire vibró, cargado, y Nyssara sintió cómo su campo mental reaccionaba de inmediato, tensándose.
Rayos.
Ixarí no dudó.
Con un gesto seco lanzó la energía hacia el frente. El rayo blanco, marcado por franjas negras, salió disparado con violencia y se estrelló contra la barrera mental de Nyssara. El impacto fue brutal.
El campo morado se resquebrajó al instante.
Nyssara retrocedió varios pasos, el mundo sacudiéndose a su alrededor, la presión en su cabeza volviéndose insoportable. Apenas logró mantenerse en pie mientras la barrera chisporroteaba, agrietada, a punto de romperse por completo.
Capella se movió con ella, colocándose aún más firme frente a Terril, como si su propio cuerpo fuera lo único que lo separaba del ataque. No retrocedió. No dudó. No pensaba moverse de ahí.
Ixarí bajó la mano con calma, observándolos como si el resultado hubiera sido exactamente el que esperaba.
Y Nyssara lo supo con una claridad aterradora:
aquello no había sido un ataque para matarlos.
A lo lejos, el torbellino que envolvía a Azhar se desdibujaba cada vez más en el horizonte, perdiendo fuerza mientras se alejaba.
Ixarí lo observó con una mueca casi indiferente.
—Al parecer… aún no sabe lo que hicieron en ese punto de resonancia —comentó con frialdad.
—¡Acabamos con él y les quitamos poder a ustedes! —exclamó Capella, furiosa, con el cuerpo aún temblándole por el esfuerzo.
Ixarí giró lentamente el rostro hacia ella, clavándole la mirada.
—Qué ingenuos… —murmuró—. Lo que hicieron no nos debilitó. Acaban de liberar a las Bestias. Y ahora vendrán por cada uno de nosotros.
El aire pareció tensarse.
—¿Bestias? —balbuceó Capella—. ¿De qué estás hablando?
Ixarí comenzó a caminar alrededor de ellos con pasos tranquilos, medidos, obligándolos a girar sobre sí mismos y adoptar posiciones de ataque.
—El orbe que vieron —explicó, señalando con un leve gesto—. Eso… es una Bestia. Seres ancestrales encerrados dentro de los puntos de resonancia. No eran fuentes de poder… eran prisiones. Y ustedes acaban de abrir una.
Nyssara negó con la cabeza, aún afectada por el viaje del orbe.
—Eso… eso es mentira —susurró, intentando convencerse a sí misma.
—No lo es —respondió Ixarí sin detenerse—. Ahora esa Bestia buscará liberar a las demás. Hasta que las tres estén juntas. Nosotros las encerramos… porque no podíamos destruirlas.
—¿Y entonces por qué les robaban su poder? —intervino Kael, apretando la empuñadura de su espada.
Ixarí se detuvo en seco y sonrió apenas.
—Todos anhelan el poder.
Sin más aviso, se colocó en posición de ataque.
Capella reaccionó primero. Extendió los brazos hacia el océano lejano y una masa de agua respondió al instante, avanzando a una velocidad brutal. En un segundo, la congeló, formando una gigantesca pared de hielo justo cuando el rayo blanco con franjas negras de Ixarí salió disparado.
El impacto fue ensordecedor.
La pared explotó en miles de fragmentos afilados y la fuerza de la colisión lanzó a Capella y a Terril violentamente hacia atrás, haciéndolos salir despedidos fuera del Torreón.
—¡Capella! —gritó Nyssara con desesperación.
Corrió hasta el borde y se asomó. No vio el suelo. El océano seguía contenido por aquellas paredes de agua imposibles, extendiéndose como un abismo líquido alrededor del Torreón.
Ixarí no perdió tiempo. Elevó ambos brazos y comenzó a cargar otro ataque, esta vez más concentrado, apuntando directamente a Sabrina, que apenas podía moverse tras el golpe recibido en la sub-cateca.
Kael se lanzó sobre ella y la empujó detrás de una roca, mientras Nyssara alzaba otra barrera mental, más densa, forzándose hasta el límite.