The Elementals: La flor de pascua

XXIII. El mundo sangra luz.

Cómo pudieron, corrieron hasta las afueras de Elementa, aún heridos, arrastrando el cansancio como un peso físico. Entre Kael y Capella llevaban a Terril, que no quería caminar, el cuerpo rígido, la mirada perdida, como si algo dentro de él se hubiera roto. Nyssara sostenía a Sabrina entre sus brazos, apretándola contra el pecho mientras avanzaba sin permitirse caer.

Al llegar a las puertas de la academia, los guardias reaccionaron de inmediato. Al verlos cubiertos de heridas y agotamiento, abrieron paso y los ayudaron a entrar. El murmullo habitual de Elementa se convirtió en tensión pura; sanadores aparecieron, voces se cruzaron, pasos rápidos resonaron por los pasillos.

La Reina Auriga no tardó en llegar junto a Melta. Apenas los vio, su expresión cambió por completo.

—¿Están bien? —exclamó avanzando hacia ellos—. Perdimos comunicación con ustedes hace días. ¡Días!

Capella alzó el rostro, aún temblorosa, aferrándose a Terril.

—Mamá… estamos en peligro —dijo sin rodeos.

El silencio fue inmediato.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Melta, observando a Terril mientras los sanadores lo recostaban.

Nyssara dejó a Sabrina con cuidado y dio un paso al frente. Le dolía todo el cuerpo, pero más le pesaba lo que iba a decir.

—Los puntos de resonancia… no son solo fuentes de poder —empezó—. Están conectados.

La reina frunció el ceño.

—Eso lo sabemos. Son pilares antiguos, estabilizan el flujo—

—No —interrumpió Capella con voz quebrada—. Son prisiones.

La palabra cayó como una losa.

—Terrar destruyó uno —continuó Nyssara—. La sub-cateca Magallan. Y hoy… casi se destruye otro. El Torreón de Aorión.

Melta se tensó visiblemente.

—¿Casi?

—Colapsó —respondió Kael—. Y de allí emergió otro orbe. Otra Bestia.

La reina palideció apenas.

—Azhar estaba allí —añadió Nyssara—. Pero no quería destruirlos. Su poder proviene de esos puntos. Al dañarlos… lo debilitamos.

—Y aun así ya es demasiado tarde —susurró Capella.

Nyssara asintió.

—Desde Elementa se vieron los orbes —dijo—. Dos luces azules en el horizonte… moviéndose juntas.

El silencio volvió, más denso que antes.

—Dos… —murmuró Melta—. Dos Bestias unidas.

—Ixarí lo confirmó —continuó Nyssara—. No pueden destruirlas. Por eso las encerraron. Y ahora… dos ya están juntas.

Terril se movió levemente, dejando escapar un gemido bajo.

—Si las cuatro se liberan… —añadió Kael— no habrá forma de detenerlas.

La Reina Auriga cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si aceptara una verdad que llevaba generaciones evitándose.

—Entonces Azhar no es el único enemigo —dijo al fin—. El tiempo juega en nuestra contra… y cada punto que caiga nos acerca al final.

Capella apretó los puños.

—Debemos proteger los que quedan —dijo—. Elementa… y los últimos puntos.

Nyssara levantó la mirada.

—No podemos permitir que otro caiga —dijo con firmeza—. Porque la próxima vez… no solo perderemos poder.

—Debemos llegar antes que los orbes a otro punto de resonancia —afirmó la Reina Auriga, con la voz firme, sin dejar espacio a duda—. Si avanzan como Ixarí dijo, el siguiente destino solo puede ser uno. La Bifortaleza Celestial.

Un murmullo inquieto recorrió la sala.

—Eso es imposible —replicó Melta de inmediato—. No existe forma de llegar allí tan rápido, ni siquiera con—

—No —la interrumpió Auriga, girándose hacia ella—. No si lo hacemos de la manera habitual.

El silencio se tensó.

Melta la miró, comprendiendo antes que los demás.

—No estás pensando en eso… —susurró, casi con horror.

Auriga sostuvo su mirada.

—Es la única opción.

Todos observaron a ambas, confundidos, sintiendo que algo grave acababa de ser decidido sin que aún entendieran el precio.

—¡No! —exclamó Melta, avanzando un paso—. Yo no puedo soportarlo, y Nyssara… Nyssara solo es una niña.

La mención de su nombre hizo que Nyssara alzara la cabeza, el cansancio aún marcado en su rostro, pero con los ojos atentos, como si ya presintiera que el destino volvía a cerrarse sobre ella.

—Precisamente por eso —respondió Auriga con dureza contenida—. Porque es la única que puede hacerlo.

Melta apretó los puños, respirando con dificultad, luchando entre el deber y el miedo.

—No tienes derecho… —murmuró.

—Tengo la responsabilidad —sentenció la reina—. Haré que inicien los preparativos de inmediato.

Sin esperar respuesta, Auriga se dio la vuelta. Melta la siguió unos pasos, pero se detuvo. Antes de irse, giró el rostro y miró a Nyssara, con una expresión cargada de culpa, terror y una tristeza profunda, como si ya supiera lo que aquella decisión iba a costar.

Luego, ambas abandonaron la sala.

Nyssara permaneció allí, inmóvil, mientras el peso de lo no dicho se asentaba en su pecho.

Pasó apenas un breve tiempo. El caos aún no terminaba de asentarse cuando comenzaron a curar a los heridos dentro de la academia. El aire olía a sangre, a magia quemada y a urgencia. Terril seguía en silencio mientras atendían sus heridas; Capella no se apartaba de su lado. Sabrina permanecía recostada, exhausta, apenas consciente.

Fue entonces cuando una de las sentarís se detuvo frente a Nyssara.

—Nyssara, ven conmigo.

Kael levantó la mirada de inmediato. Sus ojos se cruzaron con los de ella por un instante demasiado largo, como si ambos supieran que ese momento no era uno cualquiera. Nyssara no dijo nada. Solo asintió y siguió a la sentarí.

Descendieron por corredores que rara vez eran usados, escaleras ocultas, hasta llegar a las mazmorras secretas de la academia. El frío se volvía más denso a cada paso. Cuando la sentarí abrió una de las puertas, Nyssara se quedó inmóvil.

Allí estaba Felicity.

Encadenada. Inconsciente. Tirada en el suelo de piedra.

Dos círculos estaban trazados con polvo rojo oscuro. En uno de ellos, Felicity yacía en el centro, cubierta de flores de pascua, su contraste rojo y blanco casi insultante frente a la brutalidad del lugar.



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En el texto hay: elementos, magia, amor fantasía acción

Editado: 11.01.2026

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