The Elementals: La flor de pascua

XXIV. Sangre que rompe sellos

El cielo sobre la Bifortaleza Celestial ya no obedecía a ninguna ley conocida.

Nyssara lo sintió antes de comprenderlo. No fue el color —ese azul oscuro retorcido, casi enfermo— sino la presión, como si el mundo entero respirara con dificultad. El aire vibraba alrededor de las dos fortalezas flotantes, una sobre la otra, unidas por columnas de energía antigua que ahora parpadeaban de forma irregular. El viento no soplaba: se doblaba, giraba sobre sí mismo, cargado de un murmullo profundo que le erizó la piel.

Avanzó un paso más.

Cada latido de su corazón resonaba en sus sienes, amplificado por el poder caótico que aún ardía dentro de ella desde la unión fallida con Felicity. No sabía controlarlo. No sabía si alguna vez podría. Solo sabía que estaba allí porque no quedaba nadie más.

Aún no han llegado los orbes… aún hay tiempo.

Pero el tiempo se sentía frágil, quebradizo.

La entrada de la Bifortaleza Celestial estaba abierta.

Eso no debía ocurrir.

Las antiguas puertas de metal blanco, cubiertas de símbolos de contención y sellos de resonancia, jamás se abrían sin la presencia del Concilio completo. Sin embargo, allí estaban: separadas, forzadas desde dentro, como si algo —o alguien— hubiera decidido que ya no eran necesarias.

Nyssara cruzó el umbral.

El interior era un caos silencioso. No había cuerpos, ni señales de combate reciente, pero la energía estaba rota, desgarrada. Los cristales de resonancia incrustados en las paredes estaban opacos, algunos resquebrajados, otros completamente apagados. El suelo temblaba con pulsos irregulares, como si el corazón de la fortaleza estuviera fallando.

Entonces lo sintió.

Ese tirón en la sangre.

No era miedo. No era sorpresa.

Era reconocimiento.

—Llegaste tarde —dijo una voz.

Nyssara se detuvo en seco.

La figura emergió desde el centro de la gran cámara circular, donde el último punto de resonancia flotaba suspendido sobre un abismo de luz azul. Las runas que lo rodeaban giraban sin control, chocando entre sí, perdiendo forma.

Era una mujer.

Alta, delgada, cubierta por un manto oscuro que parecía absorber la luz. Su cabello caía suelto sobre los hombros, y sus ojos… sus ojos eran exactamente iguales a los de Nyssara.

El mundo se contrajo.

—Mamá… —la palabra se le escapó sin permiso, quebrada.

La mujer sonrió.

No fue una sonrisa cruel. Tampoco fue amable. Fue antigua. Cansada. Peligrosamente convencida.

—Hace mucho que dejé de ser solo eso —respondió—. Pero sí. Soy tu madre.

Nyssara dio un paso atrás, el pecho ardiéndole.

—Estás viva… —susurró—. Dijeron que los Daksha’s te tenían. Que Azhar…

—Azhar nunca me tuvo —la interrumpió—. Me liberé sola. Mucho antes de que tú siquiera supieras lo que eran los puntos de resonancia.

La verdad cayó como un golpe seco.

Imágenes empezaron a encajar, piezas que nunca habían tenido forma hasta ahora: los fallos en los sellos, la rapidez con la que ciertos puntos colapsaron, la precisión con la que todo parecía empujar hacia el mismo final.

—Fuiste tú… —la voz de Nyssara tembló—. Tú destruiste los puntos.

—Los liberé —corrigió su madre—. Hay una diferencia.

El punto de resonancia detrás de ella vibró con violencia, lanzando ondas de luz azul que sacudieron toda la fortaleza.

—Esos lugares no eran anclas —continuó—. Eran jaulas. Y yo no iba a permitir que las Bestias siguieran encerradas por más tiempo.

Nyssara apretó los puños.

—¡Las Bestias están destruyendo el mundo!

—No —respondió con calma—. El mundo está volviendo a su estado original.

El suelo crujió. A lo lejos, el cielo tronó, retorciéndose en espirales de azul oscuro y negro.

—Tú lo sientes —dijo su madre, acercándose—. En tu sangre. Porque eres como yo.

Nyssara negó con la cabeza.

—No… yo no…

—Sí —insistió—. Tú también tienes sangre de las Bestias. Siempre la tuviste. Por eso sobreviviste. Por eso los orbes reaccionan a ti. Por eso Felicity no pudo transferirte su poder: ya estaba despierto.

El aire se volvió pesado.

—Yo te di ese legado —añadió—. Y ahora puedes elegir qué hacer con él.

Un estruendo sacudió la fortaleza.

Desde el horizonte, dos luces azules surgieron al mismo tiempo, cortando el cielo como estrellas caídas. Los orbes. Dos de ellos. Giraban entre sí, atraídos por el último punto de resonancia como depredadores que han encontrado su presa.

—Solo son tres —dijo su madre, observándolos—. Tres Bestias. Tres orbes. Tres sellos.

Nyssara alzó la vista.

—¿Y el cuarto punto? —preguntó—. Siempre hubo cuatro.

La mujer no respondió de inmediato.

Su silencio fue peor que cualquier confirmación.

—Ese… —murmuró finalmente— nunca fue un punto de resonancia.

El tercer orbe comenzó a formarse dentro de la cámara.

La luz explotó.

Y entonces, detrás de Nyssara, una voz conocida gritó su nombre.

—¡Nyssara!

Kael irrumpió en la fortaleza, cubierto de heridas, respirando con dificultad, la espada aún en mano. Sus ojos se clavaron en la escena: los orbes, el punto colapsando, la mujer frente a ella.

—¿Qué… qué es esto? —susurró.

Nyssara no respondió.

Porque el mundo estaba a punto de romperse.

Y aún faltaba la elección más difícil.

Kael dio un paso más dentro de la cámara, ignorando el temblor violento del suelo bajo sus botas. El aire le quemaba los pulmones, cargado de energía azul y algo más antiguo, más profundo, que no tenía nombre. Sus ojos iban de los orbes girando en lo alto al punto de resonancia colapsando, y luego a la mujer frente a Nyssara.

—¿Quién… quién es ella? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

Nyssara tardó en hablar. Sentía la garganta cerrada, el pecho a punto de estallar.

—Es mi madre.

El silencio que siguió fue breve, pero absoluto. Incluso los truenos del cielo parecieron vacilar un segundo.



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En el texto hay: elementos, magia, amor fantasía acción

Editado: 22.01.2026

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