El otoño llegó a Draxcan con la brusquedad de una puerta que se cierra de golpe. Las hojas de los árboles del Jardín Imperial se tiñeron de oro y carmesí en cuestión de días, y el viento que soplaba desde el mar interior trajo consigo un frío húmedo que se colaba por las rendijas de las ventanas y hacía toser a los ancianos. Los augures del distrito mago pronosticaban un invierno duro, de esos que no se veían desde hacía décadas, y los campesinos se apresuraban a recoger las últimas cosechas antes de que las heladas tempranas echaran a perder el grano.
Habían pasado dos meses desde la sesión decisiva del Senado. Dos meses desde que Kael Kraxter se presentara ante el Consejo de los Cinco para reclamar su herencia. Dos meses desde que el rey Kaziu, en su lecho de muerte, lo reconociera como heredero legítimo al trono de Draxcan. Dos meses en los que el mundo, contra todo pronóstico, no se había derrumbado.
Pero estaba a punto de hacerlo.
Kael se despertó aquella mañana en una cama que aún le resultaba extraña. Los aposentos que le habían asignado en el castillo —ya no en el ala de servicio, sino en el ala noble, con ventanales que daban al patio principal y una chimenea de mármol que un sirviente encendía cada noche— eran más grandes que toda la casa de la calle de los Toneleros. Las sábanas olían a lavanda, el desayuno le llegaba en una bandeja de plata, y cada vez que salía al pasillo, los guardias se cuadraban ante él como si fuera ya el monarca reinante.
Odiaba cada instante de aquello.
—Alteza —llamó una voz desde la puerta—. ¿Estáis despierto?
Era Beren, el ayuda de cámara que Maelt Rosmar le había asignado. Un hombre de mediana edad, calvo y servicial, que había servido a tres generaciones de nobles y que conocía el protocolo mejor que nadie.
—Estoy despierto, Beren. Pasa.
El ayuda de cámara entró con una bandeja de desayuno y una pila de correspondencia que dejó sobre la mesa.
—Tenéis mensajes del senador Rosmar, de la senadora Cerevan y del representante de los magos. Todos urgentes. Además, el canciller solicita una audiencia para esta tarde. Dice que hay asuntos de estado que requieren vuestra atención.
—Asuntos de estado —repitió Kael con ironía—. Todavía no soy rey, Beren. Sólo soy el heredero designado.
—Con el debido respeto, alteza, el rey Kaziu apenas sale de sus aposentos. A efectos prácticos, vos sois quien gobierna.
Kael suspiró. Aquella era la parte que más detestaba de su nueva posición: la burocracia. Preferiría mil veces estar fregando suelos en las cocinas que tener que leer informes sobre impuestos, disputas fronterizas y alianzas comerciales. Pero no había vuelta atrás. Había hecho una promesa al rey Kaziu, y pensaba cumplirla.
—Está bien. Que pase el canciller después del almuerzo. Antes quiero hablar con Maelt Rosmar.
—Como ordenéis, alteza.
Beren se retiró. Kael se sentó a la mesa y examinó la correspondencia mientras mordisqueaba un trozo de pan. La letra de Maelt era firme y precisa: "Reunión urgente esta mañana. Han aparecido nuevos documentos en los archivos de los Holm. Te espero en mi residencia." La de Illyana Cerevan, elegante y adornada: "Querido heredero: necesito hablar contigo sobre ciertos movimientos que he observado en el distrito élfico. Nada preocupante, pero conviene estar informados. Te espero a mediodía en mi jardín." La del representante de los magos, seca y lacónica: "Vexim Thal solicita audiencia. Tema: los acuerdos con Vortham."
Dejó las cartas a un lado y se vistió con la ropa que Beren le había preparado: una túnica gris de buena tela, sin adornos, y unas botas de cuero nuevas que todavía le hacían rozaduras. Había rechazado los trajes bordados que le ofrecían. No quería parecer un noble. No quería olvidar quién era.
Salió al pasillo y se dirigió a la salida del castillo. Al pasar por las cocinas, se asomó un momento. Marta, la cocinera jefe, estaba removiendo un caldero con su energía de siempre.
—Muchacho Fantasma —dijo al verlo, sin molestarse en usar su nuevo título—. Te veo bien. Demasiado bien. Esa túnica te queda grande.
—Me queda bien, señora Marta.
—Te queda grande. Pero supongo que crecerás para llenarla. —La anciana le guiñó un ojo—. ¿Te has comido el desayuno?
—Sí, señora Marta.
—Mentira. Has mordisqueado un trozo de pan y has dejado el resto. Te conozco. —Le tendió una manzana—. Toma. Un rey no puede gobernar con el estómago vacío.
Kael tomó la manzana y sonrió. Por muchas cosas que cambiaran en su vida, Marta seguía siendo la misma.
—Gracias.
—No me las des. Y no tardes en volver. Hay mucho que hacer.
Salió del castillo por la Puerta Principal —ya no por la de los Sirvientes— y se dirigió a la residencia de los Rosmar. Las calles estaban animadas a pesar del frío, y los ciudadanos lo miraban con una mezcla de curiosidad y respeto. Algunos se inclinaban a su paso; otros susurraban entre ellos. Kael no se acostumbraba a aquello. Seguía sintiéndose un impostor, un actor que representaba un papel que no le correspondía.
Maelt Rosmar lo esperaba en su estudio, acompañado por Lyssara y por un hombre al que Kael no había visto antes. Un individuo delgado, de unos cuarenta años, con gafas de cristal y una expresión permanentemente preocupada.
—Kael —saludó Maelt—. Te presento a Orin Vaas. Es archivero jefe del distrito original, el sucesor de Thamior.
—Es un honor, alteza —dijo Orin, inclinándose.
—No hace falta que me llaméis alteza. ¿Qué habéis encontrado?
Orin extendió varios pergaminos sobre la mesa. Eran documentos antiguos, con los bordes quemados y la tinta desvaída por el tiempo.
—Estos documentos estaban escondidos en un doble fondo de la residencia Holm. Los encontramos ayer, durante el registro autorizado por el Senado. Son cartas entre Garren Holm y sus aliados, pero hay una que es especialmente reveladora.
—¿Cuál?
Orin señaló un pergamino más pequeño, escrito con una caligrafía diferente.