La residencia de los Elmer, en el distrito diplomático, era un remanso de tranquilidad en medio del creciente caos que se apoderaba de Draxcan. Mientras las calles hervían de rumores y los nobles se atrincheraban en sus mansiones, los jardines de la casa familiar seguían floreciendo con la misma parsimonia de siempre, ajenos a las tormentas políticas. Las buganvillas trepaban por las paredes de piedra, los naranjos enanos ofrecían sus frutos amargos a quien quisiera recogerlos, y el estanque central reflejaba un cielo de nubes plomizas que amenazaban con descargar en cualquier momento.
Aren Elmer trabajaba en el estudio que su padre le había cedido hacia tres años, cuando cumplió los diecisiete y Loric consideró que ya era hora de que tuviera un espacio propio. Las paredes estaban forradas de libros —derecho, historia, economía, lenguas extranjeras— y sobre la mesa se amontonaban los informes que Aren había ido recopilando durante las últimas semanas. Había perdido la cuenta de las noches que llevaba sin dormir, alimentándose a base de café amargo y frutos secos mientras intentaba desentrañar la madeja de conspiraciones que se tejía a su alrededor.
—Sigues despierto —dijo Loric desde la puerta. Era más una constatación que una pregunta.
—No puedo dormir, padre. Cada vez que cierro los ojos, veo piezas que no encajan.
Loric entró en el estudio y se sentó en una butaca de cuero desgastado, frente a su hijo. A sus cincuenta y tantos años, seguía siendo un hombre apuesto, con el cabello apenas salpicado de canas y una mirada que no había perdido ni un ápice de su agudeza. Pero en las últimas semanas, algo había cambiado en él. Una sombra de preocupación que antes no estaba allí.
—Cuéntame qué has encontrado.
Aren se frotó los ojos antes de responder.
—He estado investigando el sello real que aparece en las cartas del cofre. El sello de la serpiente alada. Comparándolo con documentos oficiales de distintas épocas. Y he descubierto algo extraño.
—¿Qué?
—El sello ha cambiado a lo largo de los años. Es normal: los reyes modifican los emblemas para adaptarlos a su gusto. Pero hay un detalle que no cuadra. La serpiente alada de las cartas antiguas tiene las alas desplegadas hacia arriba. La de los documentos oficiales de los últimos ochenta años, hacia abajo. Sin embargo, en algunos informes recientes del Senado, he encontrado el sello antiguo. Con las alas hacia arriba.
—Eso significa que alguien sigue usando el sello antiguo —dijo Loric, enderezándose en su asiento.
—Exacto. Alguien que tiene acceso a los sellos reales y que, por alguna razón, prefiere usar el emblema de los Kraxter originales. Como si quisiera dejar una firma.
—O como si estuviera enviando un mensaje.
Aren asintió. Llevaba días dándole vueltas a aquella idea. Si el misterioso "Vigía" estaba utilizando deliberadamente el sello antiguo, no era por descuido. Era una declaración de intenciones. Un recordatorio de que la conspiración seguía viva.
—¿Has hablado de esto con Maelt Rosmar? —preguntó Loric.
—Aún no. Quería contrastarlo primero con otras fuentes. Pero esta mañana he recibido un mensaje de Kaedor Lasmec. Dice que ha encontrado algo en los archivos comerciales de su familia. Algo que podría interesarme.
—Kaedor Lasmec —repitió Loric con un tono que no denotaba entusiasmo—. No sé si fiarme de ese muchacho.
—Yo tampoco. Pero es útil. Su familia comercia con todos los reinos del continente. Tienen contactos en Vortham, en Lythara, en las Islas del Alba. Si alguien puede rastrear el origen de la conspiración, es él.
—Ten cuidado, Aren. Los Lasmec nunca han sido leales a nadie excepto a sí mismos.
—Lo sé, padre. Pero a veces, los enemigos de nuestros enemigos son nuestros aliados. Al menos temporalmente.
Loric asintió lentamente. Se levantó de la butaca y se acercó a la ventana, contemplando el jardín bajo la luz gris del otoño.
—Hay algo que no te he contado —dijo al cabo de un rato—. Algo que quizás deberías saber.
Aren se tensó. Su padre no era dado a las confidencias. Si iba a contarle algo, era porque era grave.
—Hace muchos años, cuando yo era joven y empezaba mi carrera diplomática, conocí a una mujer. Una mujer hermosa, inteligente, de una familia noble venida a menos. Se llamaba Mera.
—¿Mera Kraxter? —Aren sintió un vuelco en el estómago.
—Entonces no se apellidaba Kraxter. Usaba un nombre falso. Pero sí, era la madre de Kael. La hija de Lyanna.
—¿Tú conociste a la madre del heredero?
—La conocí. Incluso llegué a cortejarla, antes de que tu madre y yo nos casáramos. Mera era... especial. Tenía una tristeza en los ojos que nunca la abandonaba, como si cargara con un peso que no podía compartir con nadie. Una noche, después de beber más de la cuenta, me confesó la verdad. Me dijo quién era realmente. Me habló de su madre, de la conspiración, del miedo constante a ser descubierta. Me pidió que guardara el secreto. Y yo lo guardé.
—¿Por qué no me lo has contado antes?
—Porque era un secreto peligroso. Peligroso para Mera, peligroso para su hijo, peligroso para cualquiera que lo conociera. Durante años pensé que Kael había muerto. Cuando Mera falleció, perdí su rastro. No supe nada más de él hasta que apareció en el Senado con el anillo de su abuela.
Aren procesó aquella información en silencio. Su padre había conocido a la madre del heredero. Había guardado el secreto de los Kraxter durante décadas. Y nunca había dicho nada.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
—Porque las circunstancias han cambiado. Kael ya no está escondido. Es el heredero designado. Y la conspiración que mató a su familia sigue activa. Creo que ha llegado el momento de que tú sepas toda la verdad. O al menos, la parte que yo conozco.
—¿Qué parte es esa?
Loric volvió a sentarse. Su rostro reflejaba el cansancio de quien lleva demasiado tiempo cargando con un secreto.