The King Kingdoms: Sombra del Trono

Capítulo III: Las Catacumbas del Poder

La lluvia arreciaba sobre Draxcan cuando Kael y Lyssara se encontraron junto a la entrada de servicio de las catacumbas del castillo. El reloj de la torre principal acababa de marcar la medianoche, y el relevo de la guardia se había producido puntualmente, dejando un intervalo de quince minutos durante el cual el acceso a los niveles inferiores quedaba prácticamente sin vigilancia. Un dato que Lyssara había obtenido de uno de sus contactos en la guardia real, un viejo sargento llamado Harkness que le debía un favor desde los tiempos del cuartel.

—¿Estás segura de que es por aquí? —preguntó Kael, ajustándose la capucha para protegerse de la lluvia. El agua le corría por el rostro y se le metía por el cuello de la túnica, helada como agujas de hielo.

—Completamente. Las catacumbas se extienden bajo todo el castillo. Hay kilómetros de túneles, algunos tan antiguos que ni siquiera aparecen en los planos oficiales. Pero hay una sección que lleva décadas sellada. La llaman la Cripta de los Reyes Antiguos. Allí enterraban a los monarcas antes de que construyeran el Templo de los Originales, hace más de quinientos años.

—¿Y por qué está sellada?

—Oficialmente, por peligro de derrumbe. Eso es lo que dicen los registros. Pero yo he hablado con un anciano del distrito original que trabajó en el castillo hace sesenta años. Me dijo que la sellaron después de que uno de los guardias desapareciera allí dentro. Entraron a buscarlo y no encontraron nada, pero el capitán de la guardia de entonces ordenó cerrar el acceso. Dijo que el lugar estaba maldito.

—¿Maldito?

—Eso dijo. Pero yo no creo en maldiciones. Creo que alguien quería mantener alejados a los curiosos.

La entrada era una puerta de hierro forjado, situada en un rincón apartado del patio de servicio, detrás de unos toneles de vino que nadie se molestaba en mover. La cerradura estaba oxidada por el tiempo y cubierta de telarañas del grosor de un dedo. Lyssara sacó una llave del bolsillo —otro favor del sargento Harkness— y la introdujo en la cerradura con cuidado. El mecanismo chirrió como un animal herido, resistiéndose, pero finalmente cedió con un chasquido metálico. La puerta se abrió con un quejido que resonó en el patio vacío.

—¿Nos ha oído alguien? —susurró Kael.

—No. La lluvia amortigua el sonido. Pero date prisa.

Encendieron las linternas que habían llevado —pequeños faroles de aceite con pantalla de cristal— y descendieron por una escalera de caracol que parecía no tener fin. Los peldaños de piedra estaban desgastados por el centro, erosionados por generaciones de pisadas. El aire se volvía más frío y húmedo a cada paso, y las paredes estaban cubiertas de musgo negruzco y manchas de salitre que dibujaban formas fantasmales a la luz de las linternas. El olor a humedad, a tierra mojada y a algo más —algo antiguo y rancio, como huesos viejos— lo impregnaba todo.

—¿Cuánto falta? —preguntó Kael. Su voz resonó en el estrecho conducto, rebotando contra las paredes.

—No lo sé con certeza. Nunca he estado aquí abajo. Pero según los planos del castillo, la cripta principal está a unos treinta metros de profundidad. Deberíamos estar llegando.

—Has conseguido los planos del castillo. Los planos, las llaves, los turnos de guardia... Has estado ocupada.

—Digamos que las últimas semanas no he dormido mucho. Cuando no estoy entrenando, estoy investigando. Mi padre cree que paso las noches en el cuartel. Si supiera la mitad de lo que hago...

—¿Qué haría?

—Me encerraría en mi habitación y tiraría la llave. —Lyssara esbozó una media sonrisa que se desvaneció rápidamente—. Mi padre y yo no estamos en nuestro mejor momento.

—¿Por lo de tu carrera militar?

—Por eso y por otras cosas. Él quiere que deje el ejército y me dedique a la política. Cree que una Rosmar debería estar en el Senado, no en un campo de batalla. Llevamos meses discutiendo.

—¿Y tú qué quieres?

—Yo quiero ser soldado. Es lo único que se me ha dado bien en la vida. Pero desde que todo esto empezó... —Hizo una pausa—. Desde que tú apareciste con tu medallón y tu historia, ya no estoy segura de nada.

Kael no respondió. Comprendía lo que Lyssara sentía, porque él también lo sentía. Ambos eran piezas de un tablero que no habían elegido, movidos por fuerzas que apenas entendían. Y sin embargo, allí estaban, descendiendo a las entrañas del castillo en busca de una verdad que quizás no querían encontrar.

La escalera terminó abruptamente, desembocando en un corredor abovedado de techo alto. Las paredes estaban flanqueadas por estatuas de los antiguos reyes de Draxcan, figuras de piedra de más de dos metros de altura que los miraban con ojos vacíos desde sus hornacinas. Cada estatua sostenía un objeto simbólico: una espada, un cetro, una balanza, un libro. Las inscripciones en las bases estaban borradas por el tiempo, pero Kael pudo distinguir algunos nombres grabados en la piedra: Aldric Kraxter, primer rey de Draxcan, fundador de la dinastía. Eldrin Kraxter, último de su estirpe, asesinado en el verano de la traición. Y entre ellos, docenas de monarcas cuyos nombres ya nadie recordaba, reyes y reinas que habían gobernado en tiempos remotos y que ahora no eran más que sombras esculpidas en la oscuridad.

—Aquí es —dijo Lyssara, deteniéndose junto a una losa de piedra que ocupaba el centro del corredor. Era diferente de las demás: más grande, más oscura, y en su superficie estaba grabada una serpiente alada idéntica a la del medallón de Kael. Las alas extendidas hacia arriba, como si estuviera a punto de emprender el vuelo.

—El emblema de mi familia. El antiguo, con las alas hacia arriba.

—Sí. Y mira esto.

Lyssara se agachó y señaló unas marcas en el suelo, junto a la losa. Eran marcas de arrastre, profundas y recientes. Alguien había estado moviendo la losa con regularidad, y no hacía mucho tiempo de la última vez.

—Esto es lo que debió ver Bertram —dijo Kael, arrodillándose para examinar las marcas más de cerca—. El guardia de los Holm. Descubrió que alguien entraba y salía de aquí. Por eso lo mataron. O lo secuestraron, si es que sigue vivo.



#1245 en Fantasía
#206 en Magia

En el texto hay: romance prohibido, altafantasia, intrigapolitica

Editado: 11.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.