El contingente partió de Draxcan al amanecer del séptimo día, cuando las primeras luces del alba teñían de rojo las torres del castillo y el rocío cubría los campos como un manto de plata. Eran treinta soldados en total, seleccionados entre los mejores del Cuartel Central, más un puñado de exploradores, dos sanadores de campaña y un diplomático de la cancillería que viajaba con el encargo expreso de reforzar los lazos con Vortham. Todos bajo el mando del capitán Ender Vall, un veterano de las guerras fronterizas que había combatido en una docena de batallas y que lucía las cicatrices para demostrarlo.
Lyssara Rosmar cabalgaba en la vanguardia, junto al capitán y sus cinco hombres de confianza. Había elegido a Gerik, por supuesto —era leal y fuerte, y la seguía a cualquier parte sin hacer preguntas—, a una maga de batalla llamada Ysilla que había servido en tres campañas y conocía los sortilegios defensivos mejor que nadie, a un arquero elfo de nombre Thalion que nunca fallaba un blanco, a un rastreador humano apodado Hurón porque podía oler una emboscada a kilómetros de distancia, y a una soldado Elemens llamada Brenna, tan callada como mortífera con la espada.
—¿Nerviosa, teniente? —preguntó Vall, un hombre de barba entrecana y ojos que habían visto demasiadas cosas.
—No, señor. Preparada.
—Eso está bien. Pero un poco de nervios nunca viene mal. Los nervios te mantienen alerta. La confianza excesiva te mata.
—Lo recordaré, señor.
El camino hacia Vortham atravesaba las Colinas del Viento, una región de suaves ondulaciones cubiertas de bosques de hayas y robles que en otoño se teñían de tonos dorados y cobrizos. Era un paisaje hermoso, pero Lyssara sabía que aquella belleza era engañosa. Las colinas estaban llenas de bandidos, de bestias salvajes y de algo peor: según las leyendas, antiguas ruinas de una civilización anterior a los Once Originales, donde aún moraban criaturas que no pertenecían a este mundo.
—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Gerik, cabalgando a su lado.
—Cinco días si no hay contratiempos. Siete si los hay.
—¿Y qué tipo de contratiempos podemos esperar?
—De todos. —Lyssara oteó el horizonte, donde las nubes se acumulaban sobre las montañas del norte—. El Vigía sabe que venimos. O lo sabrá pronto. Y no se quedará de brazos cruzados.
—¿Crees que nos atacará por el camino?
—No lo sé. Pero si yo fuera él, lo haría. Un contingente militar perdido en las colinas es un blanco fácil. Sobre todo si el ataque parece obra de bandidos.
—Qué tranquilizador.
—No estamos aquí para estar tranquilos, Gerik. Estamos aquí para luchar.
La primera jornada transcurrió sin incidentes. Acamparon al anochecer junto a un río de aguas cristalinas, y los soldados se turnaron para hacer guardia mientras los demás descansaban. Lyssara apenas durmió. Se quedó sentada junto al fuego, contemplando las estrellas y pensando en Kael. ¿Estaría bien? ¿Habría descubierto algo nuevo sobre el Vigía? ¿Se acordaría de ella?
—Deberías dormir, teniente —dijo Ysilla, la maga, sentándose a su lado—. Mañana será un día largo.
—No puedo. Demasiadas cosas en la cabeza.
—Eso es malo. Un soldado que no duerme comete errores. Y los errores se pagan con sangre.
—Lo sé. Pero hay algo que no me deja tranquila. Algo que no termina de cuadrarme.
—¿El qué?
—Esta misión. Mi padre dijo que Vortham solicitó apoyo militar para proteger sus fronteras. Pero Vortham tiene su propio ejército. Sus magos son los más poderosos del continente. ¿Por qué iban a necesitar nuestra ayuda?
Ysilla guardó silencio unos segundos. Luego respondió en voz baja:
—Quizás no la necesitan. Quizás quieren otra cosa.
—¿Qué?
—No lo sé. Pero he oído rumores. Los magos del contingente hablan entre ellos. Dicen que algo extraño está ocurriendo en la Academia Arcana. Que hay divisiones internas. Que algunos archimagos han desaparecido sin dejar rastro.
—¿Desaparecido?
—Eso dicen. Archimagos que un día estaban en sus torres y al día siguiente ya no. Sin explicación, sin notas, sin despedidas. Como si se los hubiera tragado la tierra.
Lyssara sintió un escalofrío. Aquello coincidía con lo que Kaedor había descubierto sobre la fundición clandestina. Magos renegados, había dicho su contacto en el puerto. Expulsados de la Academia por practicar artes prohibidas. ¿Y si no eran expulsados? ¿Y si estaban siendo reclutados?
—Tenemos que investigar eso —dijo—. Cuando lleguemos a Vortham, quiero que hables con los magos de la Academia. Que averigües todo lo que puedas.
—Eso puede ser peligroso. Si los archimagos están involucrados...
—Lo sé. Por eso te lo pido a ti. Eres la única en quien confío.
Ysilla asintió gravemente.
—Lo haré. Pero prométeme que si descubrimos algo gordo, no actuaremos por nuestra cuenta. Informaremos a Vall y esperaremos refuerzos.
—Prometido.
El ataque se produjo al tercer día, cuando el contingente atravesaba un desfiladero estrecho flanqueado por paredes de roca. Era el lugar perfecto para una emboscada, y Lyssara lo supo en cuanto vio el terreno.
—Capitán —dijo, acercándose a Vall—. Esto es una ratonera. Deberíamos enviar exploradores antes de cruzar.
—Ya los he enviado. Volvieron hace una hora. Dijeron que el camino está despejado.
—¿Está seguro?
—Tan seguro como puedo estarlo. ¿Por qué? ¿Ha visto algo?
—No. Pero no me gusta este sitio.
—A mí tampoco. Por eso cruzaremos rápido. Formación en columna, escudos arriba, ballesteros preparados. Si alguien nos ataca, que nos encuentre listos.
El contingente se adentró en el desfiladero. El silencio era absoluto, roto únicamente por el ruido de los cascos de los caballos contra la piedra y el tintineo de las armaduras. Lyssara mantenía la mano en la empuñadura de su espada, con todos los sentidos alerta.
Y entonces ocurrió.
Un silbido agudo, como el de un halcón, resonó entre las rocas. Luego otro. Y otro más. Los ballesteros levantaron sus armas, pero ya era tarde. Una lluvia de flechas cayó sobre el contingente desde lo alto del desfiladero. Tres soldados cayeron de sus caballos antes de que nadie pudiera reaccionar.