La noticia de la captura de Zareth llegó a Draxcan tres días antes de la ceremonia de renovación del Senado. No fue una paloma mensajera la que la trajo, sino un jinete exhausto que cabalgó sin descanso desde Vortham, cambiando de montura en cada posta, durmiendo apenas unas horas y alimentándose de pan duro y agua. Llegó a las puertas del castillo al amanecer, con los labios agrietados y los ojos enrojecidos por el viento, y apenas tuvo fuerzas para pronunciar el mensaje antes de desplomarse:
—La teniente Rosmar... ha capturado al nigromante... Vuelven a Draxcan... Llegan mañana...
Kael estaba en sus aposentos cuando Beren le comunicó la noticia. Se vistió apresuradamente y corrió a la residencia de los Rosmar, donde Maelt ya había convocado a los aliados. Aren Elmer, Kaedor Lasmec e Illyana Cerevan estaban reunidos en la biblioteca cuando él llegó, y en todos los rostros se reflejaba la misma mezcla de alivio y preocupación.
—Lo ha conseguido —dijo Kael, casi sin creérselo—. Lyssara ha capturado al Vigía.
—Eso parece —respondió Maelt, pero su tono no era triunfal—. Pero el mensaje del jinete también decía algo más. Algo sobre un cristal. Un foco de poder nigromántico.
—¿Un foco de poder? —preguntó Illyana—. ¿De qué estáis hablando?
—La magia nigromántica funciona absorbiendo la energía vital de los seres vivos —explicó Kaedor, que había estudiado aquellos temas en sus viajes—. Un nigromante puede usar esa energía para lanzar conjuros, pero normalmente la obtiene de sí mismo o de víctimas individuales. Un foco de poder es diferente. Es un acumulador. Puede almacenar la energía de docenas, incluso cientos de víctimas, y liberarla de una sola vez.
—¿Como una bomba? —preguntó Kael.
—Como una bomba de energía oscura. Si alguien activara un foco así en un lugar concurrido...
—Sería una masacre —completó Maelt—. Y la ceremonia de renovación del Senado es el lugar más concurrido de Draxcan. Todos los senadores, todos los embajadores, todos los nobles. Cientos de personas en un mismo sitio.
—Ese era el verdadero plan —dijo Kael—. No un atentado con armas convencionales. Un ataque mágico. Un golpe que habría descabezado el reino entero de una sola vez.
—Pero Zareth está capturado —objetó Aren—. Sin él, no pueden activar el foco.
—Eso creíamos. Pero Lyssara cree que hay más nigromantes implicados. Que Zareth no era el único. Y si es así, la ceremonia sigue en peligro.
—¿Qué hacemos?
—Esperar a que Lyssara llegue —dijo Kael—. Y prepararnos para lo peor. Reforzar la seguridad, triplicar los controles, registrar a todos los asistentes. Si alguien intenta introducir un foco de poder en la ceremonia, quiero que lo encontremos antes de que sea demasiado tarde.
—Eso podría provocar el pánico —advirtió Illyana—. Si la gente se entera de que hay una amenaza de ataque mágico, muchos no asistirán. Y una ceremonia de renovación sin asistentes sería un desastre político.
—Mejor un desastre político que un desastre real. Prefiero explicar por qué la ceremonia se celebró con medidas de seguridad extremas que tener que enterrar a cientos de inocentes.
—El heredero tiene razón —dijo Maelt—. La seguridad es lo primero. Avisad a la guardia real. Que doblen los turnos. Y que registren a todo el que entre en el Salón de las Columnas. Hasta al último sirviente.
—Y mientras tanto —añadió Kaedor—, yo pondré a mis hombres a buscar posibles cómplices. Si hay más nigromantes en Draxcan, los encontraremos.
La reunión terminó con una sensación de urgencia contenida. Todos tenían tareas que hacer, y el tiempo era escaso. Kael se quedó un momento más, hablando con Maelt en privado.
—¿Cree que Lyssara está bien? —preguntó.
—Mi hija es una Rosmar. Sobrevivirá. —Maelt hizo una pausa—. Pero agradezco que te preocupes por ella.
—Es mi amiga. Y le debo mucho.
—Le debes la vida, muchacho. Igual que yo. Y algún día, cuando todo esto haya pasado, espero que sepas recompensárselo.
—Lo haré. Se lo prometo.
Lyssara y su contingente llegaron a Draxcan al atardecer del día siguiente, escoltando un carro blindado donde viajaba Zareth, encadenado y amordazado para que no pudiera pronunciar conjuros. El nigromante había intentado suicidarse dos veces durante el viaje —la primera mordiéndose la lengua, la segunda golpeándose la cabeza contra las paredes del carro—, pero los grilletes de hierro forjado le impedían usar su magia, y los guardias lo vigilaban constantemente.
La entrada a la ciudad fue discreta. Maelt había ordenado que no se hiciera publicidad del regreso de su hija para evitar filtraciones. Sólo un pequeño grupo recibió a la comitiva en la Puerta Norte: el propio Maelt, Kael, Aren y Kaedor.
Lyssara descendió del caballo con movimientos rígidos. Estaba más delgada que cuando se fue, y tenía una herida superficial en el brazo izquierdo que no había querido que le curaran hasta llegar a casa. Pero sus ojos brillaban con la satisfacción del deber cumplido.
—Lo tenemos —dijo, sin preámbulos—. Y también tenemos esto.
Sacó la bolsa forrada de plomo y la depositó en manos de Kael. Dentro, el cristal palpitaba con una luz rojiza, como un corazón enfermo.
—El foco de poder. Lo encontré en los sótanos de la fundición. Hay docenas de cadáveres allí, Kael. Docenas de personas a las que Zareth drenó la vida para cargar este cristal.
Kael sostuvo la bolsa con reverencia y repugnancia a partes iguales.
—¿Se puede desactivar?
—Ysilla dice que sí. Pero necesita tiempo. Y un círculo de magos expertos en abjuración. En Vortham no teníamos los medios. Aquí, con la ayuda de Vexim Thal, quizás podamos.
—Entonces habrá que hablar con Thal. Pero antes... —Kael miró hacia el carro blindado—. Quiero ver a Zareth. Quiero verle la cara al hombre que mató a mi familia.
—No te lo recomiendo —dijo Lyssara—. Es repugnante.
—Lo sé. Pero necesito hacerlo.