El día de la ceremonia amaneció con una niebla más espesa que la de la víspera, como si el cielo mismo se resistiera a presenciar lo que estaba a punto de ocurrir. Las campanas del Templo de los Originales repicaron al alba, y su eco rebotó contra las paredes de la niebla, multiplicándose en mil sonidos fantasmales que recorrían las calles vacías. Los ciudadanos de Draxcan, obedientes a las órdenes del Senado, permanecían en sus casas con las puertas cerradas y las ventanas cubiertas. Sólo los autorizados —senadores, embajadores, nobles de alto rango y sus séquitos— podían transitar por las calles que conducían al Castillo Dracking.
Era la primera vez en dos siglos que una ceremonia de renovación del Senado se celebraba bajo medidas de seguridad extremas. La guardia real, reforzada con soldados de todos los distritos, había establecido un perímetro de tres anillos alrededor del Salón de las Columnas. En el primer anillo, los soldados registraban a todos los asistentes en busca de armas, artefactos mágicos o cualquier objeto sospechoso. En el segundo, magos abjuradores escaneaban las auras en busca de rastros de nigromancia. En el tercero, arqueros de élite se apostaban en las cornisas y tejados, con órdenes de disparar a cualquiera que intentara infiltrarse.
—Esto parece una fortaleza sitiada —comentó Kaedor Lasmec mientras atravesaba el primer control. Vestía una túnica de seda negra con bordados plateados, el emblema de su familia brillando en el broche del cuello. A su lado, Aren Elmer, con la sobriedad de siempre, cargaba una carpeta de documentos que no había soltado en toda la mañana.
—Prefiero que parezca una fortaleza sitiada a que se convierta en una tumba colectiva —respondió Aren—. ¿Has sabido algo de tus hombres?
—Han interrogado a los tres sospechosos. Dos de ellos no saben nada útil. El tercero, el funcionario del puerto, ha mencionado un nombre antes de morir.
—¿Antes de morir? ¿Lo habéis matado?
—No nosotros. Se envenenó. Llevaba una cápsula de cicuta escondida en una muela. Cuando se dio cuenta de que iba a hablar de más, la mordió. Ha sido cuestión de segundos. —Kaedor hizo una mueca de frustración—. Ese hombre prefería morir antes que delatar a sus cómplices. Eso significa que el que está por encima de él es alguien a quien teme más que a la muerte.
—¿Qué nombre mencionó?
—Feron. O Feran. No está claro. Lo dijo justo antes de convulsionar. ¿Te suena?
Aren rebuscó en su memoria. Feron. El nombre le resultaba vagamente familiar, pero no conseguía ubicarlo.
—No. Pero lo investigaré. ¿Algo más?
—Sí. Antes de morir, dijo otra cosa. Dijo: "El foco no es el único. Hay más. Están por toda la ciudad."
Aren palideció.
—¿Más focos de poder?
—Eso parece.
—Tenemos que avisar a Kael.
—Ya lo he hecho. Ha enviado a Lyssara con un escuadrón a registrar los sótanos del castillo. Si hay más cristales, los encontrarán.
—Eso espero. Porque si no...
—No pienses en eso. Hoy todo va a salir bien.
—Eso mismo decía mi padre antes de la última guerra fronteriza. Y ya sabes cómo terminó.
—¿Cómo?
—Con mi padre en una zanja, cubierto de barro, fingiendo estar muerto mientras los bárbaros saqueaban el campamento.
—Qué inspirador.
—Soy diplomático, no poeta.
Atravesaron el segundo control, donde un mago abjurador examinó sus auras con un cristal de detección. El cristal permaneció transparente, señal de que ninguno de los dos estaba afectado por magia oscura. Luego pasaron al tercer anillo y entraron por fin en el Salón de las Columnas.
El recinto estaba deslumbrante. Los candelabros mágicos flotaban bajo el techo abovedado, derramando una luz dorada sobre los mosaicos del suelo y los tapices de las paredes. Las columnas de mármol, decoradas con guirnaldas de flores otoñales, sostenían un techo donde los frescos de los Once Originales parecían cobrar vida bajo la luz parpadeante. Los asientos, dispuestos en gradas semicirculares, estaban siendo ocupados por los senadores y sus séquitos, mientras los embajadores de los ocho reinos ocupaban un palco especial decorado con sus respectivos estandartes.
Kael Kraxter estaba en el centro del estrado principal, junto al trono vacío del rey Kaziu. El monarca, demasiado débil para asistir en persona, había delegado su representación en el heredero. Era la primera vez que Kael presidía una ceremonia oficial, y aunque trataba de aparentar calma, sus manos temblaban ligeramente sobre el bastón ceremonial que le habían entregado.
—Tranquilo —le susurró Maelt Rosmar, que ocupaba un asiento cercano—. Recuerda lo que ensayamos. Habla despacio, mira a los ojos, y si te quedas en blanco, improvisa. La sinceridad es más efectiva que la elocuencia.
—¿Y si meto la pata?
—La meterás. Todos la meten. Lo importante es cómo te recuperas. —Maelt esbozó una sonrisa cansada—. Además, después de todo lo que has pasado, un discurso ante el Senado debería ser pan comido.
—Preferiría enfrentarme a otro nigromante. Era más fácil.
—No digas eso. Los nigromantes son impredecibles. El Senado, al menos, es aburrido.
Aren y Kaedor ocuparon sus asientos en la sección diplomática, junto a Loric Elmer, que había acudido a pesar de sus reticencias iniciales. Illyana Cerevan, espléndida con un vestido de terciopelo verde, presidía la delegación élfica. Vexim Thal, ojeroso y agotado tras la larga noche desactivando el cristal, se sentaba en la sección de los magos con la mirada perdida. Garrick Holm, más sudoroso que nunca, ocupaba su escaño en la sección humana, bebiendo agua sin parar. Y en la sección de los originales, un asiento vacío recordaba a todos la ausencia de Eryndor, el anciano asesinado semanas atrás.
En la galería superior, la princesa Francesca observaba la escena con una sonrisa indescifrable. Vestía de negro, como siempre, pero hoy lucía un collar de rubíes que brillaban como gotas de sangre bajo la luz de los candelabros. A su lado, sus guardias personales permanecían inmóviles como estatuas.