The King Kingdoms: Sombra del Trono

Capítulo X: Cenizas y Sospechas

El sol se alzó sobre Draxcan a la mañana siguiente con una indiferencia casi insultante. Sus rayos, dorados y tibios, bañaban las ruinas humeantes del Ala Real, los escombros esparcidos por el patio del castillo y las hileras de cadáveres que los soldados habían dispuesto en el Salón de las Columnas, cubiertos con sábanas blancas manchadas de sangre. La niebla del día anterior se había disipado, como si el cielo hubiera decidido que ya había ocultado suficiente horror y ahora correspondía a los vivos enfrentarse a las consecuencias.

Kael Kraxter no había dormido. Sus ojos enrojecidos recorrían los informes que se amontonaban sobre la mesa del consejo, en la biblioteca de los Rosmar. Maelt había insistido en que la reunión se celebrara allí, lejos del castillo, donde las paredes tenían oídos y los oídos tenían dueños. Las cifras bailaban ante su vista: treinta y siete muertos confirmados, más de un centenar de heridos, daños estructurales en tres alas del castillo, el rey Kaziu en estado crítico y Zareth desaparecido sin dejar rastro.

—El balance es catastrófico —dijo Maelt, con la voz ronca por la falta de sueño—. Pero podría haber sido peor. Si no hubiéramos reforzado la seguridad, si no hubiéramos evacuado a tiempo, los muertos se contarían por cientos.

—Eso no consuela a las familias de los que han muerto —respondió Kael.

—No. Y no debería. Pero tenemos que ser prácticos. La prioridad ahora es encontrar a Zareth, desactivar los focos de poder restantes y contener el pánico.

—¿Cuántos focos quedan? —preguntó Lyssara. Tenía una venda en el brazo izquierdo, recuerdo de una esquirla de piedra que le había rozado durante la tercera explosión.

—Thal y sus magos han desactivado dos más durante la noche —respondió Kaedor—. Pero creen que puede haber al menos otros tres repartidos por la ciudad. Están usando un sortilegio de rastreo para localizarlos, pero la magia nigromántica interfiere con la detección. Es como buscar una aguja en un pajar. Un pajar que puede explotar en cualquier momento.

—¿Y Zareth?

—Mis hombres han rastreado los túneles —dijo Lyssara—. Conducen a una salida en el distrito humano, cerca del puerto. Allí perdemos el rastro. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.

—O como si alguien lo hubiera ayudado a desaparecer —añadió Aren—. Alguien con recursos. Alguien que conocía el castillo.

—¿Cuánta gente conocía esos túneles? —preguntó Kael.

—En teoría, muy poca. Los planos antiguos están en los archivos del Primer Linaje, pero el acceso está restringido. Sólo los bibliotecarios y unos pocos senadores tienen autorización.

—Thamior conocía esos túneles. Y está muerto. —Kael se frotó los ojos—. ¿Quién más?

—Yo los conocía —dijo Maelt—. Y Vexim Thal. Y el difunto Eryndor. Y Garrick Holm, cuyo bisabuelo ayudó a construirlos.

—Holm —repitió Kaedor—. Otra vez los Holm. ¿No es demasiada casualidad?

—En política no existen las casualidades —dijo Illyana, que había permanecido en silencio hasta entonces—. Pero tampoco podemos acusar a un senador sin pruebas. Sobre todo ahora, cuando la princesa está usando el atentado para desacreditar al heredero.

—¿Qué está diciendo Francesca? —preguntó Kael.

—Lo que ya le dijo a Lyssara. Que tú organizaste el atentado para desestabilizar el reino y hacerte con el poder. Que tus hombres estaban preparados porque sabían lo que iba a pasar. Y que la captura de Zareth fue un montaje para ganarte la confianza del Senado.

—Eso es absurdo.

—Lo es. Pero la gente asustada no razona. Necesitan un culpable. Y Francesca se lo está sirviendo en bandeja.

Kael golpeó la mesa con el puño.

—No dejaré que convierta esta tragedia en su campaña personal. Hemos sacrificado demasiado. Ha muerto demasiada gente.

—Entonces tenemos que contraatacar —dijo Kaedor—. Y rápido. Si no presentamos un culpable pronto, la opinión pública se volverá contra nosotros.

—¿Y a quién presentamos? ¿A Zareth? Está desaparecido. ¿A Holm? No tenemos pruebas. ¿A la princesa? Sería un suicidio político acusarla sin evidencias contundentes.

—Hay otra opción —intervino Lyssara—. El enemigo a plena luz. Zareth dijo que el verdadero enemigo no está en las sombras, sino justo delante de nosotros. ¿Y si se refería a alguien que está en esta sala?

Un silencio espeso se instaló en la biblioteca. Todos se miraron entre sí. Desconfianza. Era la primera vez que aquella posibilidad se expresaba en voz alta.

—Eso es una acusación muy grave, teniente —dijo Maelt.

—No es una acusación. Es una posibilidad. Y como tal, debemos considerarla. Zareth parecía muy seguro de que su captura no cambiaría nada. Como si supiera que alguien continuaría su obra. Alguien con acceso a nuestra información. Alguien que conocía nuestros planes.

—¿Estás sugiriendo que hay un traidor entre nosotros? —preguntó Illyana, con el ceño fruncido.

—No lo sé. Pero si lo hay, tenemos que encontrarlo. Antes de que vuelva a atacar.

—¿Y cómo propones que lo encontremos? —preguntó Kaedor—. ¿Interrogándonos unos a otros? ¿Sometiéndonos a un detector de mentiras mágico? Eso destruiría la poca confianza que nos queda.

—No he dicho que sea fácil. He dicho que es necesario.

Kael los observó en silencio. Maelt, su mentor, el hombre que lo había protegido. Lyssara, su amiga más leal, la que había arriesgado su vida por él. Aren, el diplomático prudente que siempre encontraba la palabra justa. Kaedor, el comerciante astuto que financiaba la resistencia. Illyana, la elfa que había cambiado de bando cuando más lo necesitaban.

¿Uno de ellos era un traidor? ¿Alguien que fingía ayudarlo mientras conspiraba para destruirlo?

—No —dijo finalmente—. No haremos eso. No empezaré a desconfiar de mis aliados. Sería darle a Zareth exactamente lo que quiere.

—Pero... —empezó Lyssara.

—He dicho que no. Si hay un traidor entre nosotros, se delatará solo. Tarde o temprano, cometerá un error. Y cuando eso ocurra, actuaremos. Pero mientras tanto, no dejaré que la paranoia nos destruya.



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En el texto hay: romance prohibido, altafantasia, intrigapolitica

Editado: 11.07.2026

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