Kael observó desde la muralla oriental cómo la unidad de reconocimiento fronterizo se perdía en el horizonte, con Lyssara al frente de una veintena de soldados, su figura cada vez más pequeña hasta desaparecer completamente tras una colina distante. El viento matinal, frío y cargado de la humedad que ascendía desde los valles del este, le golpeaba el rostro con una insistencia que apenas notaba, absorto como estaba en la silueta que se alejaba, en el ritmo constante de los caballos, en la certeza creciente de que cada paso que aquellos soldados daban la alejaba más de él. Permaneció allí varios minutos después de que la última silueta se hubiera desvanecido, sintiendo un vacío que ninguna de las revelaciones de los últimos días había logrado prepararlo a soportar.
La muralla oriental del Castillo Dracking ofrecía una vista despejada de las llanuras que se extendían hacia el este, tierras de cultivo salpicadas de pequeños bosques que se perdían en la distancia hasta fundirse con el horizonte grisáceo del amanecer. Era un paisaje que Kael había contemplado en contadas ocasiones durante sus años como archivista, cuando el acceso a las secciones superiores del castillo estaba restringido a los rangos superiores, y que ahora, desde su nueva posición como asistente real, podía visitar siempre que lo desease. La ironía de que aquel privilegio coincidiera con la partida de la persona cuya presencia más valoraba no se le escapaba.
—Debe ser difícil —dijo Paul, apareciendo junto a él con dos tazas de café humeante que ninguno de los dos había pedido, pero que ambos aceptaron con gratitud silenciosa—. Verla partir, después de todo lo que ha significado su presencia durante estos meses.
—Lo es. —Kael aceptó la taza, sin apartar la vista del horizonte vacío—. Pero tienes razón en algo que no dijiste explícitamente: esto no es casualidad, Paul. Es una jugada calculada, diseñada específicamente para debilitarme en un momento en que necesito más apoyo, no menos.
—Estoy de acuerdo. —Paul bajó la voz, aunque no había nadie cerca que pudiera escucharlos en aquella sección apartada de la muralla. El viento se llevaba sus palabras hacia el este, lejos de cualquier oído indiscreto que pudiera estar posicionado en las almenas cercanas—. Y hay algo más que necesito contarte, Kael. Algo que descubrí ayer, mientras investigaba los movimientos recientes de las cinco nuevas familias.
Kael finalmente apartó la vista del horizonte, girándose hacia su amigo con una atención renovada. La mención de las cinco familias bastaba para despertar en él una inquietud que las revelaciones sobre Malachar y la Primera Llama solo habían intensificado durante los últimos días.
—¿Qué descubriste?
—No aquí. —Paul miró brevemente hacia los guardias que patrullaban la muralla a una distancia respetuosa—. Esta tarde, en la biblioteca privada. Hay demasiados oídos en las murallas.
Se reunieron esa misma tarde en la biblioteca privada del ala real, junto con Talaida, para que Paul pudiera compartir formalmente los hallazgos que había reunido durante las últimas semanas de observación cuidadosa. La biblioteca, con sus estanterías que llegaban hasta el techo abovedado, ofrecía la combinación perfecta de privacidad y comodidad que sus reuniones requerían, y la luz de la tarde, filtrada a través de los vitrales emplomados de las ventanas altas, proyectaba patrones de colores sobre la mesa central donde Paul había extendido sus notas.
—Las cinco casas están tomando posiciones —comenzó Paul, extendiendo sobre la mesa una serie de notas cuidadosamente organizadas, con columnas que detallaban movimientos, fechas y conexiones que había ido recopilando durante semanas de investigación discreta—. Y no de manera aleatoria. Existe un patrón que sugiere coordinación externa, alguien moviendo piezas desde las sombras.
—¿Qué clase de patrón? —preguntó Talaida, inclinándose sobre la mesa para examinar las notas con la atención meticulosa que aplicaba a cualquier análisis académico.
—Los Reichmer permanecen divididos, como ya sabemos, pero he notado que la facción de Bertrand, la más cautelosa, ha comenzado a recibir presión considerable de sus propios aliados comerciales para reconsiderar su alianza reciente con los Chimer. —Paul señaló una serie de anotaciones en el margen de una de sus notas, donde había trazado un diagrama de las conexiones comerciales de la Casa Reichmer—. Presión que, según mis fuentes, proviene indirectamente de contactos asociados con Vycto Lasmec.
—¿Qué tipo de presión? —preguntó Kael, sentándose frente a la mesa con una expresión que combinaba agotamiento y una determinación renovada.
—Comercial, principalmente. Algunos de los aliados tradicionales de los Reichmer en el sector textil han comenzado a retrasar pagos, a cuestionar contratos previamente acordados, a insinuar que su asociación con los Chimer está afectando su propia reputación en ciertos círculos. —Paul consultó sus notas con precisión—. Nada abiertamente hostil, pero suficiente para generar dudas y tensiones internas dentro de la familia.
—¿Y los Guzther? —preguntó Talaida.
—Divididos internamente también, aunque de manera distinta. Hendrick continúa resentido por verse forzado a romper su relación comercial con Vycto, pero Aldric ha comenzado a asumir un papel considerablemente más activo dentro de la familia, presionando para que se distancien completamente de cualquier actividad cuestionable. —Paul consultó sus notas—. Sin embargo, existe un tercer miembro de la familia, un primo de Hendrick llamado Marcus Guzther, que ha comenzado a reunirse en secreto con representantes de otras casas, sugiriendo que busca posicionarse como una alternativa de liderazgo dentro de la familia si Hendrick continúa perdiendo influencia.
Talaida frunció el ceño, procesando la información con su habitual atención analítica.
—Eso suena exactamente al tipo de fractura interna que alguien como Vycto podría explotar deliberadamente.