Maelt Rosmar recibió la noticia del expediente disciplinario de su hija con una furia que, para quienes lo conocían bien, resultaba considerablemente más contenida de lo habitual, precisamente porque la magnitud de su preocupación había comenzado a superar incluso su indignación política acostumbrada. El mensaje llegó a través de uno de sus contactos habituales dentro del Senado, un administrador menor cuya lealtad había sido cultivada durante años con favores discretos, y la brevedad del informe —apenas unas líneas garabateadas a toda prisa en un papel que no llevaba sello oficial alguno— sugería que la noticia había llegado a sus manos antes de que los canales formales hubieran terminado de procesarla.
—Una reprimenda formal —murmuró Maelt, releyendo el documento por tercera vez en la soledad de su despacho privado—. Desobediencia directa a una orden del Consejo Especial, para proteger un objeto arqueológico cuya relevancia, según los rumores que circulan, está directamente conectada con el joven Kraxter.
Dejó el papel sobre el escritorio con un gesto deliberadamente cuidadoso, como si el simple acto de arrugarlo pudiera traicionar la magnitud de la tormenta emocional que se acumulaba en su interior. Conocía a su hija lo suficiente para saber que aquella decisión no había sido impulsiva; Lyssara había desobedecido aquella orden con plena consciencia de las consecuencias, exactamente de la misma manera en que había elegido el ejército sobre la carrera política que él había planeado para ella, exactamente de la misma manera en que había rechazado cada uno de los matrimonios ventajosos que él había intentado arreglar durante sus años de juventud. La terquedad de su hija, aquella que había frustrado sus planes durante décadas, había alcanzado finalmente su manifestación más peligrosa.
Se dirigió hacia los cuarteles militares aquella misma tarde, decidido a confrontar a Lyssara antes de que la situación, ya considerablemente comprometida, se deteriorara aún más. El trayecto desde su residencia en el Distrito Original hasta los cuarteles militares, un recorrido que había realizado centenares de veces durante sus años como senador, le resultó aquella tarde extrañamente largo, y Maelt notó, con una lucidez incómoda, que cada paso que daba lo acercaba no solo a su hija, sino también a una conversación que llevaba meses —quizás años— postergando deliberadamente.
Encontró a su hija en sus propios aposentos privados, todavía procesando las consecuencias del día anterior, y la confrontación que siguió resultó, desde el primer intercambio de palabras, considerablemente más intensa que cualquier discusión previa entre ambos. Los aposentos de Lyssara, un espacio modesto amueblado con la austeridad característica de los cuarteles militares, apenas ofrecían comodidades más allá de lo estrictamente funcional: una cama de campaña, un escritorio de madera sin adornos, y una pequeña ventana que daba al patio de entrenamiento, desde donde llegaban los sonidos distantes de soldados practicando sus ejercicios matutinos.
—¿Sabes lo que has hecho? —preguntó Maelt, sin preámbulos, apenas cruzó el umbral. No se molestó en cerrar la puerta tras de sí; en aquel momento, cualquier testigo accidental de la confrontación le resultaba indiferente—. Un expediente permanentemente manchado. Una suspensión que retrasará considerablemente cualquier futuro ascenso que hubieras podido aspirar a alcanzar. ¿Y todo por qué, Lyssara? ¿Por proteger un fragmento de piedra para ese joven?
—No fue «solo un fragmento de piedra», padre. —Lyssara se irguió, con una firmeza que reflejaba la misma determinación inquebrantable que había demostrado durante toda la confrontación con Teodor Quzker semanas atrás. Vestía su uniforme de capitana, incluso en su estado de suspensión temporal, como si la prenda misma representara una afirmación silenciosa de identidad que se negaba a abandonar—. Era información crucial que Vycto Lasmec intentaba obtener para sus propios propósitos, propósitos que, según hemos confirmado recientemente, incluyen potencialmente liberar una amenaza capaz de destruir el equilibrio elemental completo del mundo.
—¿Y tú, personalmente, decidiste que valía la pena arriesgar tu carrera entera basándote en esa afirmación? —Maelt avanzó, con una intensidad que Lyssara reconocía de innumerables confrontaciones anteriores, aunque esta vez cargada de una desesperación genuina que trascendía su habitual pragmatismo político. Su voz, normalmente medida y controlada, temblaba ligeramente en los bordes, como si el esfuerzo de mantener la compostura le costara un precio físico—. Lyssara, ¿comprendes en qué te has convertido? Ya no eres simplemente mi hija terca que desafía las expectativas familiares tradicionales. Te has convertido en una pieza activa dentro de un conflicto que involucra directamente la seguridad del propio reino.
—Siempre lo he sido, padre. Desde el momento en que decidí protegerlo, hace meses. —Lyssara sostuvo su mirada sin vacilar—. Simplemente ahora las consecuencias se han vuelto considerablemente más visibles.
Maelt guardó silencio un momento, considerando sus siguientes palabras con un cuidado que reflejaba, para Lyssara, una vulnerabilidad genuina que rara vez permitía que se manifestara tan abiertamente ante ella. Se sentó en la única silla disponible en la habitación, con un gesto que parecía más el de un hombre agotado que el de un senador acostumbrado a dominar cada espacio que ocupaba, y por un instante, Lyssara vislumbró en su padre no al político calculador que había conocido durante toda su vida, sino al hombre que había criado a dos hijas en soledad tras la muerte de su esposa, cargando con responsabilidades que nunca había compartido completamente con nadie.
—Recibí información adicional, Lyssara. Información que había estado postergando compartir contigo, precisamente porque temía exactamente esta conversación. —Se pasó una mano por el rostro, y Lyssara notó, con una punzada de compasión involuntaria, las arrugas profundas que surcaban su frente, más pronunciadas de lo que recordaba de meses atrás—. Sobre tu relación con el joven Kraxter. Sobre su verdadera naturaleza.