The King of Kingdoms: El Despertar de los Reinos

Capítulo I: Las Sombras del Dracking

El amanecer sobre Draxcan no llegaba como un suspiro, sino como una conquista.

Primero eran los campanarios del Distrito Humano los que rompían el silencio, sus bronces centenarios golpeados por manos encallecidas que nunca habían conocido el lujo de dormir hasta que el sol les diera permiso. Luego venían los cuernos de los guardias del Distrito Imperial, largos instrumentos de hueso de ballena tallado que anunciaban el fin de la vigilia nocturna con notas graves y melancólicas. Después, cuando la luz apenas comenzaba a teñir de púrpura los tejados de pizarra negra, el Distrito Elfo respondía con sus campanas de cristal arcano, un sonido tan limpio y etéreo que parecía pertenecer a otro mundo, a otro tiempo, a otra historia que los mortales apenas podían vislumbrar.

Kael Kraxter había aprendido a leer el amanecer de Draxcan como otros leen los rostros de sus seres queridos. Conocía cada nota, cada pausa, cada disonancia accidental que revelaba cuando un campanero estaba enfermo o cuando un vigía había bebido demasiado cerveza de centeno durante la noche. Veintisiete años viviendo en la sombra del Castillo Dracking le habían enseñado que la ciudad tenía un pulso propio, un ritmo cardíaco compuesto por miles de corazones que latían en desigualdad perfecta: los fuertes y rápidos de quienes poseían todo, los débiles y apresurados de quienes apenas tenían suficiente para sobrevivir hasta el siguiente amanecer.

Y él, Kael, pertenecía a esta segunda categoría.

Se incorporó lentamente sobre el jergón de paja que ocupaba un rincón de la habitación compartida con otros tres sirvientes del castillo. El techo de vigas de roble oscuro pendía sobre sus cabezas como una promesa de aplastamiento perpetuo, y el aire olía a humedad, a ceniza de la chimenea que no había ardido en tres días, y a algo más sutil, algo que Kael nunca había logrado identificar del todo: un aroma metálico, como el de la sangre recién derramada, pero más antiguo, más profundo, que parecía emanar de sus propias entrañas. Se tocó el costado izquierdo del pecho, donde una cicatriz en forma de estrella palidecía contra su piel morena, y por un instante —como cada mañana— sintió que algo se movía dentro de él. No era dolor. Era... presencia. Como si una segunda voluntad compartiera su cuerpo, observando el mundo a través de sus ojos, escuchando a través de sus oídos, esperando.

Kael apartó la mano con un gesto brusco. No pensaba en eso. No podía permitírselo. No cuando el día prometía ser largo, complicado y potencialmente peligroso.

—Kael. —La voz de Orvin, el viejo cocinero que dormía en la cama contigua, llegó ronca y quebrada—. Deja de tocarte el pecho como si esperaras que te creciera una tercera tetilla. Hoy es el día de la Audiencia Real, y si llegas tarde a las cocinas, la maestra Seldra te convertirá en guiso para los perros del Distrito Imperial.

Kael se levantó sin responder, aunque una sonrisa tensa curvó sus labios. Orvin tenía sesenta y dos años, había servido en el Castillo Dracking desde antes de que Kael naciera, y poseía el don de transformar cualquier situación en una broma grosera. Era uno de los pocos lujos que la vida en el castillo permitía a los de su clase: el humor como escudo contra la desesperación.

Se vistió con rapidez. Sus ropas eran las de un sirviente de tercera categoría: una túnica de lino gris sin adornos, ceñida por un cinturón de cuero gastado, y unas botas que habían pertenecido a otro antes que a él, y a otro antes de ese otro. La tela estaba remendada en tres lugares, los codos reforzados con parches de diferente color, como si su cuerpo fuera un mapa de todas las manos que habían intentado, fracasando, mantenerlo presentable.

Cuando salió de la habitación, el corredor de servicio del Castillo Dracking ya bullía de actividad. Sirvientes de todas las razas —aunque predominantemente humanos, como era de esperar en las zonas más humildes del castillo— se movían con la eficiencia de quienes saben que un error puede costarles más que el empleo. Kael vio pasar a una joven elfa cargando un cesto de pan recién horneado; sus ojos violetas, eternamente jóvenes a pesar de que Kael sabía que tenía más de ciento cincuenta años, evitaron encontrarse con los suyos. Los elfos del castillo, incluso los de bajo rango, mantenían una distancia que no era solo física. Era temporal. Para ellos, los humanos eran destellos, luciérnagas que brillaban una noche y desaparecían al amanecer. ¿Para qué entablar amistad con una llama que se extinguiría antes de que terminara de contar una historia?

Kael bajó por la escalera de caracol de piedra que comunicaba los niveles de servicio con las cocinas principales. El Castillo Dracking se alzaba sobre el promontorio más alto de Draxcan, una mole arquitectónica que había sido construida, según las leyendas, por los propios Once Originales hace milenios. La verdad, como siempre sucedía con las verdades de Draxcan, era más compleja y menos gloriosa. Lo que los Once habían levantado eran los cimientos, una red de túneles y cámaras de piedra negra que se extendían bajo la colina como las raíces de un árbol petrificado. Sobre esos cimientos, generaciones posteriores habían ido añadiendo torres, murallas, salones, jardines colgantes, acueductos, y todo el despliegue de vanidad arquitectónica que caracterizaba a las grandes potencias del continente de Daus.

Las cocinas del Dracking eran un infierno de vapor, grasa y voces estridentes. Kael entró por la puerta lateral, la reservada a los sirvientes de menor rango, y fue recibido por el calor sofocante de veinte hornos en plena ebullición y el olor abrumador de especias traídas de todos los rincones del continente: canela de los bosques del norte, azafrán de las costas de Salamer, pimienta negra de las rutas comerciales que atravesaban el Reino Nómada, y algo más exótico, algo que hacía llorar los ojos y arder la garganta, proveniente de algún lugar que Kael no sabía ni nombrar.



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En el texto hay: fantasia épica, fantasía política, aventura oscura

Editado: 15.08.2026

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