El sueño no llegó esa noche. O quizás llegó demasiado, como un río que desborda sus márgenes y convierte la tierra fértil en pantano. Kael yacía sobre el jergón de paja con los ojos abiertos, fijos en las vigas de roble que sostenían el techo de la habitación compartida, escuchando la respiración irregular de Orvin, los ronquidos de Dem, y algo más: ese latido interior que no era suyo, que pulsaba con un ritmo diferente, más lento, más antiguo, como el tambor lejano de una procesión funeraria que caminara por túneles bajo la ciudad.
Se tocó el pecho. La cicatriz en forma de estrella ardía. No con el calor febril de una infección, sino con una temperatura extrañamente controlada, casi deliberada, como si la mano de un herrero templado descansara sobre su piel y decidiera, por capricho, no quemar del todo. Kael cerró los ojos y respiró hondo, intentando recordar. ¿Cuántos años tenía cuando la cicatriz apareció? ¿Doce? ¿Trece? No recordaba el momento exacto, solo la secuencia borrosa de fiebre, de sueños en los que volaba sobre montañas que escupían fuego, de despertar en la cocina del castillo con la maestra Seldra inclinada sobre él, murmurando oraciones a dioses que Kael no sabía si existían. Y desde entonces, el latido extraño. La fuerza que no correspondía a su complexión esbelta. La capacidad de correr más tiempo del que debería, de levantar pesos que rompían los dedos de otros sirvientes, de sanar más rápido de cortes y contusiones que deberían haberlo dejado postrado.
Nunca había hablado de ello. En el mundo de los sirvientes del Castillo Dracking, llamar la atención sobre cualquier anomalía era invitar a la envidia, al miedo, o peor, al interés de quienes ocupaban los pisos superiores. Los sirvientes normales envejecían, se dolían, se rompían y eran reemplazados. Kael no envejecía al mismo ritmo. A los veintisiete años debería haber mostrado las primeras líneas de preocupación en la frente, el primer cansancio permanente en las rodillas. Pero su rostro seguía siendo el de un joven de veinte años, su cuerpo conservaba la elasticidad de la adolescencia tardía, y cuando los demás sirvientes comentaban que "Kael no cambiaba", lo decían con una mezcla de admiración y recelo que él aprendió a disimular con modestia forzada.
El rey te miró, pensó ahora, mirando la oscuridad. Te miró como si te conociera. Como si esperara encontrarte.
La pregunta no tenía respuesta, y en el mundo de Kael, las preguntas sin respuesta eran como puñales que uno aprendía a llevar clavados sin quejarse. Se dio la vuelta, apretó el jergón contra el cuerpo como si pudiera ahogar la conciencia, y finalmente, cuando el cielo comenzaba a teñirse de un gris enfermizo que precedía al alba, cayó en un sueño sin imágenes, negro y viscoso como el fondo de un pozo.
El golpe en la puerta no fue una llamada. Fue un impacto.
—¡Kael Kraxter! ¡Levántate, maldita sea, que los dioses no conceden audiencias a los dormilones!
La voz era áspera, desconocida, y pertenecía a alguien que no estaba acostumbrado a esperar. Kael se incorporó de un salto, con el corazón martilleando, y vio a un hombre alto en el umbral de la habitación, vestido con la túnica negra con ribete carmesí de los mayordomos del Distrito Imperial. No era un sirviente de tercera categoría. No era siquiera de segunda. El hombre llevaba en el cuello una cadena de plata con el sello del águila de Draxcan, lo que significaba que hablaba con la voz del propio castillo.
—¿Sí, señor? —Kael se puso de pie de inmediato, consciente de que aún llevaba la túnica de dormir, raída y manchada de hollín de la chimenea.
—El lord mayordomo Teron te reclama en la Oficina de Asignaciones. —El hombre recorrió la habitación con una mirada de desdén, como quien evalúa una cuadra de cerdos—. Tienes el tiempo que tarda una vela en consumirse un dedo. Si llegas tarde, no te asignarán a las cocinas. Te asignarán a las fosas.
Las fosas. El sistema de alcantarillas y desagües subterráneos del Castillo Dracking, donde los prisioneros de guerra, los deudores y los sirvientes que cometían errores graves pasaban meses limpiando la acumulación de siglos de desperdicio humano. Era una sentencia encubierta, una muerte lenta por enfermedad que nadie llamaba ejecución.
—Voy ahora mismo —dijo Kael, ya buscando sus botas.
El mayordomo gruñó y se alejó por el corredor con pasos que resonaron como sentencias. Orvin, que se había despertado durante el intercambio, miró a Kael con ojos que de pronto parecían muy viejos.
—Cuidado, muchacho —murmuró el cocinero—. Cuando el castillo te mira de cerca, no siempre es porque quiere ayudarte. A veces mira para ver dónde apretar.
Kael asintió, aunque no respondió. Se vistió con la misma túnica gris del día anterior —no tenía otra— y salió al corredor antes de que el miedo pudiera congelarlo en el sitio.
La Oficina de Asignaciones del Castillo Dracking ocupaba una sala intermedia entre los corredores de servicio y los pasillos administrativos del Distrito Imperial. Era un espacio largo y estrecho, iluminado por ventanas altas que dejaban entrar luz sin permitir la vista, como si el castillo quisiera que los sirvientes supieran que existía un mundo exterior sin permitirles verlo. Las paredes estaban cubiertas de estantes que contenían pergaminos enrollados, libros de cuentas encuadernados en cuero, y mapas de asignación donde cada sirviente del castillo era una marca, una cifra, una propiedad.
Lord Teron, el mayordomo jefe, era un hombre delgado de sesenta y tantos años, con el cabello canoso peinado hacia atrás con tanta precisión que parecía pintado sobre su cráneo. Vestía de negro, sin adornos salvo un anillo de ónice en la mano derecha, y sus ojos —de un gris pálido casi incoloro— tenían la cualidad desagradable de parecer que no parpadeaban nunca. Estaba sentado detrás de un escritorio de roble oscuro, escribiendo algo con una pluma de ave acuática, y no levantó la vista cuando Kael entró.