The King of Kingdoms: El Despertar de los Reinos

Capítulo III: Las Cinco Caras del Mundo

El trabajo en la Biblioteca del Sótano Real no toleraba la luz del sol, pero exigía una disciplina casi monástica. Kael había aprendido, durante los tres días siguientes a su encuentro con el mapa de las once puntas, que el maestro Yulven no medía el tiempo en horas ni en velas consumidas. El elfo medía el tiempo en silencios: el silencio de un pergamino que se desenrollaba sin crujir, el silencio de un cepillo que limpiaba sin levantar polvo, el silencio de un aprendiz que respiraba sin perturbar la concentración de quien llevaba siglos conversando solo con los muertos.

Kael había cumplido. Había limpiado cuarenta y siete documentos del archivo del Distrito Original, había reordenado tres estantes de registros de nacimientos del periodo anterior a la Guerra de los Gemelos, y había memorizado cada grieta en el techo de piedra de la cámara circular. Pero no había vuelto a ver el mapa. Yulven lo guardaba en algún lugar de su túnica, o quizás en una caja arcano-sellada bajo llave, y su comportamiento hacia Kael había cambiado de un desdén profesional a una vigilancia silenciosa. El elfo lo observaba ahora con la regularidad de un reloj de arena, apareciendo detrás de estantes sin hacer ruido, inclinándose sobre su hombro para examinar su trabajo sin previo aviso, emitiendo solo gruñidos que podían significar aprobación o amenaza.

Esa mañana, sin embargo, Yulven había recibido un mensaje. Kael lo supo por el modo en que el elfo rompió el sello de cera negra con los dientes —una irreverencia que contradecía toda su apariencia de erudito ascético— y leyó el pergamino con los ojos entrecerrados hasta que las pupilas verticales casi desaparecieron. Cuando terminó, dobló el mensaje con un gesto brusco y se giró hacia Kael.

—Tienes piernas, ¿verdad?

—Sí, maestro.

—Y ojos, supongo. Aunque de poca utilidad.

—Sí, maestro.

—Entonces úsalos. —Yulven le arrojó una bolsa de cuero marrón, pesada y rectangular, que Kael atrapó por instinto—. Esto debe llegar al Archivo Central del Distrito Mago antes del mediodía. No antes de la novena campanada, no después de la duodécima. Entrégalo al archivero Vellum. Nadie más. Si te detienen, no abras la bolsa. Si te amenazan, no abras la bolsa. Si te matan, intenta no ensuciar el contenido con tu sangre.

Kael examinó la bolsa. Estaba sellada con cera roja sin emblema, y emanaba un calor sutil, como si dentro hubiera brasas contenidas.

—¿Y si no encuentro al archivero Vellum?

—Entonces vuelve con la bolsa y no digas nada. —Yulven ya se había girado hacia su escritorio—. Y Kraxter...

—¿Sí, maestro?

—No te entretengas mirando las torres. Los magos son vanidosos y sus torres son trampas para mentes simples. Ve, entrega, regresa.

Kael asintió, guardó la bolsa bajo su túnica, y subió la escalera de caracol hacia el mundo de arriba.

La diferencia entre el aire de la biblioteca subterránea y el del exterior era la diferencia entre respirar recuerdos y respirar tiempo presente. Cuando Kael emergió por una puerta lateral del Castillo Dracking, el sol de media mañana lo golpeó con una violencia casi física. Parpadeó, se cubrió los ojos, y por un momento —un instante que le pareció eterno— olvidó que era un sirviente con una bolsa misteriosa y una cicatriz que latía. Fue simplemente un joven de veintisiete años viendo su ciudad como si la contemplara por primera vez.

Draxcan se extendía ante él como un cuerpo herido y hermoso, una geografía de poder y desesperación tejida sobre siete colinas que descendían hacia un río ancho y perezoso llamado el Veldra. Desde la altura del castillo, Kael podía ver la división invisible pero absoluta de los cinco distritos, cada uno con su pulso, su olor, su música.

A su izquierda, el Distrito Imperial se desplegaba en jardines geométricos y avenidas de mármol blanco donde los carruajes de la nobleza —tirados por caballos de sangre pura cuyos cascos estaban herrados con plata— dejaban estelas de polvo dorado. Los palacetes de las grandes casas, las mansiones de los senadores, las residencias de los altos magos y los pabellones de los embajadores brillaban con tejados de pizarra negra y cúpulas de cobre verde. Incluso desde la distancia, Kael podía ver los colores de las casas: el escarlata de los Kaziu, el azul marino de los Elmer, el verde oscuro de los Rosmar, el negro sin adornos de los Lasmec. Estandartes ondeaban en terrazas altas, y la Guardia Real patrullaba con armaduras que reflejaban el sol como espejos rotos.

Más allá, hacia el este, el Distrito Mago se alzaba en torretas retorcidas que desafiaban la gravedad y la lógica. No había dos edificios iguales: uno parecía fundirse en el cielo como cera derretida hacia arriba; otro estaba construido enteramente de cristal ahumado que cambiaba de opacidad según la hora del día; un tercer conjunto de torres estaba unido por puentes de luz sólida que solo existían cuando la luna tocaba cierto ángulo. El aire sobre ese distrito vibraba con un zumbido constante, el eco de miles de hechizos de protección, de ilusión, de contención. A veces, cuando un experimento fallaba, una torre entera se volvía transparente durante unos segundos, revelando interiores de laboratorios donde cosas que no tenían nombre se movían en jaulas de fuerza.

Al sur, el Distrito Humano era un océano de tejados de teja roja, chimeneas que escupían humo día y noche, y calles tan estrechas que dos carretas no podían cruzarse sin que sus conductores intercambiaran insultos ancestrales. Era ruidoso, denso, vivo en una forma que el Distrito Imperial consideraba vulgar. Desde la altura, Kael veía el mercado principal como un mosaico en movimiento: toldos de lino colorido, rebaños de gallinas que escapaban de sus jaulas, carros de verduras, puestos de herreros donde el humo se mezclaba con el olor a carne asada de los puestos de comida. Los humanos de Draxcan no eran la raza más numerosa del continente —los censos oficiales otorgaban ese honor a los elfos en conjunto—, pero en su distrito se concentraba una densidad de alma que hacía que el aire pareciera más espeso.



#1174 en Fantasía
#1549 en Otros
#85 en Aventura

En el texto hay: fantasia épica, fantasía política, aventura oscura

Editado: 15.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.