The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo I: El Castillo del Dragón

El alba llegaba a Draxcan como suele llegar a las ciudades muy antiguas: despacio, casi con reverencia, como si la propia luz supiera que entraba en un lugar que existía desde mucho antes de que hubiera nadie para nombrarla. La niebla se aferraba todavía a los tejados de pizarra del Distrito Original, se enredaba entre las agujas de cristal del Distrito Mago y trepaba, perezosa, por los muros de piedra negra del Castillo Dracking, que se alzaba sobre la ciudad como un dios dormido que respirara humo en vez de aire.

Draxcan no era una ciudad. Draxcan era una herida antigua que se había convertido en capital.

Así lo decían los ancianos del Distrito Original, los que aún recordaban las canciones que hablaban de un tiempo en que no existían distritos ni murallas ni Senado, sino solamente once figuras y un continente vacío esperando ser nombrado. Nadie sabía ya cuánto de esas canciones era historia y cuánto invención de generaciones que necesitaban creer que su ciudad había nacido de algo más grande que el barro y la sangre. Pero el Dragón Drazco seguía tallado sobre cada puerta importante de la capital, con las alas extendidas y la boca abierta en un rugido de piedra que llevaba más de mil años tallado con el mismo gesto, y eso, si no era prueba, era al menos un recordatorio constante.

Kael Kraxter llevaba dieciocho años viviendo bajo la sombra de ese dragón de piedra, y todavía no había aprendido a no mirarlo cada vez que cruzaba el patio de servicio del castillo.

—Vas a llegar tarde otra vez —dijo una voz a su espalda.

Kael no necesitó girarse para saber que era Doren, el maestro de los archivos, un hombre menudo y nervioso que llevaba veinte años quejándose del frío de las cámaras subterráneas sin haber pedido jamás un traslado.

—Todavía no ha sonado la tercera campana —respondió Kael, sin dejar de caminar, con el aliento formando pequeñas nubes blancas en el aire helado del amanecer.

—La tercera campana suena para los nobles. Para nosotros, el trabajo empieza cuando el trabajo decide empezar.

Era una frase que Doren repetía con tanta frecuencia que había dejado de sonar a queja para convertirse en una especie de saludo entre ambos. Kael sonrió, aunque el maestro de los archivos no podía verlo, y apretó el paso hacia la puerta de servicio que se abría en el costado oriental del Castillo Dracking, la puerta que jamás usaban los señores, los diplomáticos ni los miembros de las grandes familias, la puerta por la que entraban los que hacían que el castillo funcionara sin que nadie reparase en ellos.

El Castillo Dracking se elevaba sobre una colina de roca oscura en el centro exacto de Draxcan, como si la ciudad entera hubiese sido construida alrededor de él y no al contrario, y en cierto sentido así había sido. Sus torres —siete, cada una dedicada a un elemento distinto, aunque solo seis conservaban su función original desde que la séptima había sido sellada tres siglos atrás por razones que ningún archivo mencionaba con claridad— se recortaban contra el cielo gris del amanecer como agujas negras clavadas en la carne del mundo. Bajo ellas, los muros descendían en terrazas escalonadas hasta los cinco distritos de la capital, cada uno visible desde las almenas más altas como piezas de un tablero que alguien había dejado a medio jugar.

Kael conocía esa vista de memoria, aunque pocas veces tenía tiempo de detenerse a contemplarla. La conocía porque cada mañana, al cruzar el puente de servicio que unía el patio exterior con las cocinas bajas, alcanzaba a ver, durante apenas unos segundos, los cinco distritos extendidos ante él como un mapa vivo.

Al oeste, el Distrito Humano se desperezaba entre calles estrechas y casas de ladrillo rojo apiladas unas sobre otras, con ropa tendida entre ventanas y el humo de las primeras hogueras de cocina subiendo en columnas grises. Era el distrito más poblado de la capital y, según decían quienes gustaban de las estadísticas, también el más pobre en proporción a su tamaño. Kael había nacido allí, en una calle que ni siquiera tenía nombre oficial, solo un número en los registros del Senado, y sabía mejor que nadie que la pobreza del Distrito Humano no era un accidente de la historia, sino el resultado natural de un sistema que llevaba generaciones repartiendo el trabajo más duro entre las manos que menos podían negociar su precio.

Al norte, tras un cinturón de árboles cuidadosamente plantados para separar un mundo del otro, se extendía el Distrito Elfo, con sus edificios de madera viva —árboles moldeados durante décadas hasta convertirse en vivienda, sin haber sido jamás talados— y sus jardines que parecían más antiguos que la propia ciudad. Los elfos de Draxcan procedían en su mayoría de migraciones sucesivas desde Lythara y Nómada, y aunque llevaban generaciones asentados en la capital, seguían conservando esa costumbre elfa de construir sin destruir, de habitar sin conquistar, que a ojos de algunos nobles humanos resultaba entrañable y a ojos de otros, simplemente ingenua.

Al sur, las agujas de cristal del Distrito Mago atrapaban ya los primeros rayos de sol y los devolvían fragmentados en mil colores sobre las calles empedradas. Allí vivían los magos que servían a la Corona, los académicos de la Torre de Estudios Arcanos y, en los pisos más altos de las torres más prestigiosas, las familias que llevaban siglos disputándose el favor real a través del conocimiento en lugar de la espada. Era un distrito hermoso y, según Doren, que había trabajado allí antes de ser desterrado a los archivos por una disputa que jamás explicaba del todo, también el más peligroso de Draxcan, porque en él las ambiciones no se mataban con acero, sino con palabras cuidadosamente afiladas durante años.

Al este, oculto tras muros más altos que los del propio castillo, se hallaba el Distrito Original, hogar de los Elemens, con sus templos de piedra negra y sus siete santuarios elementales, uno por cada afinidad, custodiados día y noche por soldados que llevaban gemas de conexión visibles en el pecho como si fueran medallas de guerra ganadas simplemente por haber nacido. Kael había estado allí solo una vez en su vida, de niño, acompañando a Doren en un recado, y todavía recordaba la sensación extraña que le había producido caminar entre esas calles: como si el aire mismo pesara distinto, como si la ciudad, en ese único distrito, recordara algo que en el resto de Draxcan se había olvidado hacía mucho tiempo.




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