The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo II: La Soldado del Distrito Original

El Distrito Original despertaba de un modo distinto al resto de Draxcan.

No había gallos cantando entre los tejados, ni vendedores ambulantes anunciando a gritos el pan del día, ni el bullicio desordenado con que el Distrito Humano recibía cada amanecer. En el Distrito Original, la mañana llegaba en silencio, marcada únicamente por el cambio de guardia en los siete santuarios elementales y por el sonido metálico, disciplinado, de los soldados formando en el patio de instrucción antes de que el sol hubiera terminado de asomar sobre las murallas orientales de la ciudad.

Lyssara Rosmar llevaba despierta desde mucho antes de esa formación. Llevaba despierta, en realidad, desde antes de la cuarta campana, porque había aprendido hacía años que quien llegaba primero al patio de instrucción era quien elegía el lugar, y quien elegía el lugar tenía media ventaja ganada antes de que el entrenamiento hubiera comenzado siquiera.

Se ató el último broche de la coraza de cuero endurecido —no la armadura completa, reservada para las guardias oficiales y las patrullas, sino el equipo ligero de entrenamiento— y salió de su alojamiento hacia el patio con el mismo paso firme y silencioso que había cultivado desde que tenía memoria. Su gema de conexión, engarzada en un pequeño soporte de metal que le colgaba del cuello sobre el esternón, captó la primera luz del amanecer y la devolvió en un destello breve de color ámbar oscuro: el color de la afinidad de tierra, el elemento que había heredado de su madre, aunque su madre llevaba doce años muerta y Lyssara apenas conservaba de ella algo más que ese color y un puñado de recuerdos borrosos de una voz cantando en un idioma que ya no recordaba con claridad.

El patio de instrucción del Distrito Original era una explanada rectangular flanqueada por columnas de piedra negra, la misma piedra oscura con la que estaba construido todo el distrito, extraída —según decían los textos más antiguos, aunque Lyssara nunca había tenido demasiado interés en la historia— de una cantera que ya no existía, agotada hacía siglos por la construcción de la propia capital. En sus muros más altos, tallados con el mismo cuidado con que se tallaba el Dragón Drazco sobre las puertas del castillo, se sucedían los símbolos de las siete afinidades elementales: fuego, agua, tierra, viento, electricidad, oscuridad y luz, cada uno rodeado de runas antiguas que ningún soldado joven sabía ya interpretar del todo.

A esa hora, el patio estaba prácticamente vacío. Solo dos soldados más se entrenaban en un extremo, lanzando estocadas contra maniquíes de paja con la lentitud metódica de quien todavía no ha despertado del todo, y el instructor de guardia, un Elemen de afinidad de fuego llamado Draecus, con más de cuarenta años de servicio y una cicatriz que le cruzaba media cara, producto —según él mismo contaba, aunque nunca de la misma forma dos veces— de una batalla contra piratas en las costas de Salamer.

—Llegas temprano, Rosmar —dijo Draecus, sin apartar la vista del pergamino donde anotaba los turnos de la mañana.

—Llego a tiempo —respondió Lyssara—. Temprano sería antes de que usted llegara.

Draecus soltó una risa breve, seca, la única forma de risa que Lyssara le había oído en los dos años que llevaba entrenando bajo su mando.

—Algún día vas a llegar antes que yo, y ese día me voy a retirar, porque significará que ya no tengo nada que enseñarte.

—Ese día está más cerca de lo que usted cree.

—Eso espero, muchacha. Eso espero.

Era una broma habitual entre ambos, repetida casi con la misma cadencia cada mañana, pero bajo la broma había algo que Lyssara sabía cierto: llevaba dos años entrenando con una intensidad que sus compañeros consideraban excesiva, y en ese tiempo había ascendido más rápido que ningún otro soldado de su generación, no por favores ni por el peso de su apellido —que, si acaso, le complicaba más las cosas que se las facilitaba—, sino porque cada mañana, cada tarde, cada hora de entrenamiento que otros dedicaban a descansar, ella la dedicaba a mejorar.

No era ambición sin más. O no solo ambición. Era algo más parecido a una deuda que Lyssara sentía con una versión de sí misma que aún no existía, una versión que había decidido, mucho tiempo atrás, que se convertiría en la primera mujer Elemen en alcanzar el rango de Comandante General del ejército de Draxcan, un puesto que llevaba generaciones ocupado exclusivamente por hombres de las familias más antiguas del Distrito Original.

Su padre, por supuesto, tenía otros planes para ella.

Su padre siempre había tenido otros planes para ella.

El entrenamiento de esa mañana consistía en combate cuerpo a cuerpo sin canalización elemental, una disciplina que Draecus insistía en repetir semana tras semana pese a las quejas de los soldados más jóvenes, que preferían practicar con sus poderes activos, más vistosos, más satisfactorios.

—Cualquier idiota puede lanzar una roca cuando tiene tres corazones bombeando energía —solía decir Draecus, con la paciencia cansada de quien ha dado el mismo discurso cientos de veces—. Lo que separa a un soldado de un cadáver es lo que sabe hacer cuando su gema está agotada, cuando el enemigo le ha cortado la mano de canalización, o cuando simplemente no hay tiempo para reunir la energía necesaria. La fuerza elemental es un lujo. La disciplina del cuerpo es lo que te mantiene vivo cuando el lujo desaparece.

Lyssara se enfrentó esa mañana a Bren, un soldado humano tres años mayor que ella, más alto, con un alcance de brazo considerablemente superior. En cualquier combate elemental, la ventaja habría sido suya sin discusión: los soldados Elemen, incluso sin canalizar activamente su poder, poseían una resistencia física superior a la de los humanos, producto de sus tres corazones y de la constante regeneración de tejidos que el tercer corazón proporcionaba de forma pasiva. Pero en el combate sin canalización que Draecus exigía, esa ventaja quedaba anulada casi por completo, reducida a poco más que reflejos y técnica.




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