The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo III: Los Cinco Distritos

Doren tenía una teoría sobre Draxcan que repetía a Kael cada vez que encontraba una excusa para hacerlo, generalmente mientras compartían el almuerzo entre pilas de pergaminos en la sala de trabajo de los archivos: la capital no era una ciudad, sino cinco ciudades distintas que habían aprendido, con el paso de los siglos, a fingir que eran una sola.

—Y no me refiero solo a la arquitectura —solía decir, masticando pan duro con la parsimonia de quien lleva toda la vida comiendo lo mismo—. Me refiero a que un hombre nacido en el Distrito Humano y un Elemen nacido en el Distrito Original pueden vivir toda su vida en la misma ciudad, respirar el mismo aire, pagar impuestos al mismo Senado, y no comprender absolutamente nada del mundo del otro. Eso no es una ciudad, muchacho. Eso es una tregua que lleva mil años sin romperse del todo.

Kael había escuchado esa teoría tantas veces que podía recitarla de memoria. Sin embargo, fue solo dos días después de su extraño encuentro con la gema en el Archivo Bajo —un secreto que seguía guardando, sin saber muy bien por qué, sin saber muy bien hasta cuándo podría seguir guardándolo— cuando comprendió, por primera vez en sus dieciocho años de vida, hasta qué punto Doren tenía razón.

Todo comenzó con un recado.

—Necesito que lleves estos documentos a la Torre de Estudios Arcanos —le dijo Doren aquella mañana, entregándole un fajo de pergaminos sellados con el emblema del Senado—. Es una solicitud de la maestra Vaelith sobre los registros de comercio de pociones curativas. Debería haberse entregado ayer, pero con el asunto de los tratados fundacionales se me pasó por completo.

—¿Yo solo? —preguntó Kael, todavía sorprendido de que Doren, tras tres años tratándolo como poco más que un aprendiz que necesitaba supervisión constante, empezara de pronto a confiarle recados fuera del castillo sin acompañamiento.

—Tienes dieciocho años, Kael, no ocho. Y ya va siendo hora de que conozcas algo más de esta ciudad que las cuatro paredes de este archivo. —Doren le tendió también un pequeño talego con algunas monedas—. Aprovecha para comer algo por el camino, no en las cocinas del castillo. Ve al Distrito Mago primero, entrega los documentos, y después, si te queda tiempo antes de la sexta campana, puedes darte una vuelta.

Kael no necesitó que se lo repitieran dos veces.

Salir del Castillo Dracking por la puerta principal —no la de servicio, sino la gran puerta orientada hacia el Distrito Imperial, reservada normalmente para quienes tenían asuntos oficiales que resolver en la ciudad— era una experiencia que Kael no vivía con demasiada frecuencia, y cada vez que lo hacía sentía la misma mezcla de fascinación e incomodidad: la sensación de estar cruzando, aunque fuera por unas horas, una frontera invisible que normalmente no le correspondía atravesar.

El Distrito Imperial se extendía ante él en toda su amplitud calculada, con avenidas tan anchas que cuatro carruajes podían circular uno junto a otro sin rozarse, flanqueadas por mansiones de piedra clara —tan distinta de la piedra negra del Distrito Original— y jardines privados protegidos por verjas de hierro forjado con los emblemas de las familias que los habitaban. Allí vivían los senadores, los diplomáticos, los generales retirados y las grandes familias comerciantes que habían acumulado fortuna suficiente para comprar, con el tiempo, una posición cercana al poder real.

Kael caminó por el borde de las avenidas, consciente de las miradas ocasionales de sirvientes uniformados y guardias privados que evaluaban su ropa sencilla de archivero con esa mezcla de indiferencia y sospecha reservada para quien claramente no pertenecía a ese entorno, hasta que la avenida principal desembocó en el puente de piedra blanca que separaba el Distrito Imperial del Distrito Mago.

El cambio, al cruzar el puente, fue casi instantáneo.

Las calles del Distrito Mago no seguían la disposición ordenada y simétrica del Distrito Imperial, sino que se curvaban y ramificaban de una forma que a Kael siempre le había parecido más orgánica que planificada, como si las propias calles hubieran crecido con el tiempo en lugar de haber sido trazadas de una vez. Las agujas de cristal que había visto brillar desde la distancia esa misma semana se alzaban ahora sobre su cabeza en toda su altura, cada una perteneciente a una familia o academia distinta, con superficies que cambiaban sutilmente de color según la hora del día y la intensidad de la magia que se practicaba en su interior.

En el aire flotaba un olor particular, mezcla de ozono, hierbas quemadas e incienso que Kael asociaba desde niño con el Distrito Mago, un olor que Doren le había explicado una vez como el residuo natural de tanta canalización arcana concentrada en un mismo lugar durante tantos siglos.

La Torre de Estudios Arcanos se erguía en el centro del distrito, más ancha que las torres residenciales de las familias privadas, con una fachada de cristal oscuro tallado en espirales que ascendían hasta perderse en la altura. Kael subió los amplios escalones de entrada, presentó los documentos sellados a un guardia que apenas se molestó en mirarlo antes de dejarlo pasar —el sello del Senado bastaba para abrir la mayoría de las puertas de Draxcan, incluso cuando quien lo portaba era un simple aprendiz de archivero—, y fue conducido por un pasillo de piedra pulida hasta una sala de recepción donde una mujer de mediana edad, vestida con la túnica gris de los académicos senior, revisaba pergaminos junto a una ventana.

—¿La maestra Vaelith? —preguntó Kael, algo intimidado por la sala, cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta un techo abovedado tan alto que se perdía en sombra.

—La misma —respondió la mujer, sin levantar la vista de inmediato—. ¿Los registros de comercio de pociones curativas, supongo? Doren llega siempre un día tarde, pero al menos llega.

—Lo lamento, maestra. Ha habido... —Kael dudó, sin saber muy bien cómo explicar el retraso sin mencionar algo relacionado con los tratados fundacionales, que sospechaba no debía comentar con nadie fuera del castillo—. Ha habido mucho trabajo esta semana.




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