La Academia de Magos de Draxcan no se parecía a ninguna otra institución de la capital, ni siquiera a la Torre de Estudios Arcanos que le servía de vecina más cercana en el Distrito Mago. Donde la Torre albergaba a los académicos senior, a los investigadores consagrados y a los diplomáticos arcanos que representaban los intereses del gremio de magos ante el Senado, la Academia era, en esencia, una ciudad dentro de la ciudad: un complejo de edificios interconectados por puentes de piedra suspendidos, patios de práctica protegidos por barreras invisibles y bibliotecas que se extendían varios pisos bajo tierra, todo ello dedicado exclusivamente a la formación de quienes, algún día, portarían el título de mago ante Draxcan y ante el resto de Daus.
Talaida Rosmar llevaba tres años estudiando allí, y todavía recordaba con una claridad casi dolorosa el día en que había cruzado por primera vez las puertas de hierro forjado de la entrada principal, con apenas quince años, cargando una maleta demasiado pesada para su tamaño y una expresión de determinación que, según le había dicho después su hermana Lyssara, la había hecho parecer mucho más valiente de lo que en realidad se sentía.
Aquella mañana, sin embargo, no había maleta ni nervios de primer día. Había, en cambio, la rutina familiar de tres años de estudio: la túnica azul de aprendiz, ajustada ya con la comodidad de quien la ha llevado tanto tiempo que ha dejado de notar su peso, y el bastón de práctica que le habían asignado en su segundo año, tallado en madera de fresno con un núcleo de cristal en la punta que amplificaba, de forma modesta pero perceptible, cualquier canalización elemental que Talaida realizara a través de él.
—Llegas tarde —le dijo Ren, su compañera de estudios más cercana desde el primer año, una joven humana de sonrisa fácil y una capacidad casi obsesiva para memorizar teoría arcana que compensaba, según ella misma admitía, su torpeza notable en la práctica real—. El maestro Orwyn ha empezado ya con la introducción.
—El maestro Orwyn siempre empieza quince minutos antes de la hora oficial, precisamente para poder decir que alguien ha llegado tarde —respondió Talaida, acomodándose junto a Ren en uno de los bancos de piedra del anfiteatro de práctica, un espacio circular al aire libre rodeado de gradas escalonadas, con el suelo marcado por círculos concéntricos de runas grabadas que servían para contener y medir la canalización de los estudiantes durante los ejercicios prácticos.
—Eso no lo hace menos cierto.
Talaida sonrió, aceptando la reprimenda con el buen humor que la caracterizaba, y dirigió su atención hacia el centro del anfiteatro, donde el maestro Orwyn —un hombre humano de barba entrecana y una voz que llevaba tres décadas entrenada para proyectarse sin esfuerzo hasta las gradas más altas— terminaba de explicar los fundamentos del ejercicio de esa mañana.
—Hoy trabajaremos con canalización de sostenimiento —anunció Orwyn, alzando su propio bastón, mucho más ornamentado que el de cualquiera de sus estudiantes, con incrustaciones de cristal que brillaban con un tenue resplandor azulado incluso en reposo—. No me interesa la fuerza bruta de vuestros hechizos. Cualquier aprendiz de primer año puede lanzar una ráfaga de viento que derribe un muñeco de entrenamiento. Lo que separa a un mago competente de uno mediocre es la capacidad de mantener una canalización estable durante un periodo prolongado, sin que la energía se disperse ni el cuerpo colapse por el esfuerzo.
Talaida conocía bien esa lección. Era, de hecho, una de las áreas en las que más había destacado desde su llegada a la Academia, aunque por razones que sus profesores no terminaban de comprender del todo, y que la propia Talaida solo entendía a medias.
Porque Talaida Rosmar no era una maga común.
Era Elemen.
La existencia de estudiantes Elemen dentro de la Academia de Magos era poco frecuente, aunque no del todo inaudita. La mayoría de los jóvenes Elemen de Draxcan seguían el camino tradicional de su pueblo: entrenamiento militar, servicio en el ejército del Distrito Original, un desarrollo de su poder elemental centrado en la disciplina física y en el vínculo con su dragón antes que en el estudio académico de la magia arcana. Pero un pequeño número, generación tras generación, elegía un camino distinto, atraído por el estudio teórico de la canalización, por la posibilidad de comprender no solo cómo usar el poder que llevaban en la sangre, sino por qué funcionaba de la forma en que funcionaba.
Talaida había sido una de esas excepciones, para disgusto apenas disimulado de su padre, que había esperado que ambas hijas siguieran el camino militar de la familia Rosmar, y para sorpresa genuina de Lyssara, que nunca había terminado de entender del todo por qué su hermana menor prefería la teoría a la acción, los libros a la espada.
La verdad, que Talaida rara vez compartía incluso con las personas más cercanas a ella, era más complicada que una simple preferencia. Su afinidad elemental —heredada, como la de Lyssara, de su madre fallecida, aunque en su caso manifestada como afinidad de viento en lugar de tierra— se comportaba de un modo distinto al de la mayoría de los Elemens que Talaida había conocido. Donde los soldados del Distrito Original canalizaban su poder de forma directa, casi instintiva, a través del vínculo con su dragón y sus tres corazones, Talaida había descubierto, desde muy joven, que su propia canalización respondía mejor a la estructura, a la teoría, a los patrones cuidadosamente estudiados que la magia arcana convencional empleaba para dar forma al poder bruto.
—Es como si tu don necesitara un lenguaje para expresarse correctamente —le había dicho una vez el maestro Orwyn, en una de las pocas conversaciones privadas que habían compartido sobre la naturaleza particular de su magia—. La mayoría de los Elemens hablan ese lenguaje de forma instintiva, sin necesidad de aprenderlo. Tú, en cambio, pareces necesitar la gramática antes de poder pronunciar la primera palabra.