The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo V: El Hijo del Diplomático

La residencia de la familia Elmer se alzaba en uno de los rincones más discretos del Distrito Imperial, lejos de las mansiones ostentosas de las grandes familias comerciantes que preferían anunciar su riqueza con fachadas de mármol importado y jardines diseñados para impresionar a cualquiera que pasara por la avenida principal. La casa Elmer, en cambio, se ocultaba tras un muro de piedra clara cubierto de enredaderas cuidadosamente descuidadas, con una entrada modesta que solo quienes conocían su verdadero peso dentro de la política de Draxcan sabían apreciar en su justa medida.

Paul Elmer había crecido entendiendo que el poder verdadero rara vez necesitaba anunciarse a gritos.

—Tu padre te espera en el despacho —le informó Sennis, el mayordomo de la familia desde antes de que Paul naciera, un hombre humano de edad avanzada cuya lealtad a los Elmer había sobrevivido tres generaciones de la familia sin una sola fisura—. Ha dicho que es urgente.

—Con mi padre, todo es urgente —respondió Paul, entregándole su capa de viaje mientras cruzaba el vestíbulo de la casa, decorado con mapas antiguos de Daus enmarcados en madera oscura, reliquias de generaciones de diplomáticos Elmer que habían dedicado su vida a entender el continente mejor que la mayoría de quienes lo gobernaban—. ¿Sabes de qué se trata esta vez?

—No me corresponde saberlo, joven señor.

—Eso significa que sí lo sabes, y que has decidido que no te corresponde decírmelo.

Sennis no respondió, limitándose a esbozar esa media sonrisa contenida que había perfeccionado durante décadas de servicio discreto, y Paul, resignado, se dirigió hacia el ala oeste de la casa, donde su padre pasaba la mayor parte de sus horas despierto entre mapas, correspondencia diplomática y los interminables informes que llegaban de cada rincón de Daus.

Ilan Elmer era, según la mayoría de quienes lo conocían dentro del Senado, uno de los hombres más informados de todo Draxcan, y también uno de los más difíciles de leer. Llevaba veintitrés años sirviendo como diplomático principal de la Corona, un puesto que no pertenecía formalmente al Senado pero que ejercía, en la práctica, una influencia comparable a la de cualquier senador de alto rango, porque era Ilan Elmer quien negociaba los tratados comerciales con Dacmek, quien mediaba las disputas fronterizas con Pitra, quien mantenía abiertos los canales de comunicación, siempre tensos, con la orgullosa Eltrix.

Paul había crecido entre esos mapas y esa correspondencia, absorbiendo desde niño una educación política que la mayoría de sus contemporáneos no recibían hasta bien entrada la adolescencia, y aunque todavía no ocupaba ningún cargo oficial dentro del aparato diplomático de Draxcan —a sus veintidós años, apenas empezaba a asistir a las reuniones más discretas como observador, aprendiz silencioso del oficio que algún día heredaría—, ya poseía la mirada calculadora y la paciencia estratégica que definían a los Elmer desde hacía generaciones.

—Padre —saludó al entrar en el despacho, encontrando a Ilan inclinado sobre un mapa extendido de la costa de Salamer, con varios marcadores de madera distribuidos en puntos que Paul reconoció como los principales puertos comerciales del reino vecino.

—Paul. Cierra la puerta.

Paul obedeció, notando de inmediato el tono grave de la voz de su padre, un registro que Ilan reservaba exclusivamente para los asuntos que consideraba de verdadera importancia.

—¿Ocurre algo con Salamer?

—Salamer siempre trae problemas, pero no es de eso de lo que quiero hablarte hoy. —Ilan se irguió, apartándose del mapa, y estudió a su hijo con esa mirada evaluadora que Paul había aprendido a interpretar como el preludio de una conversación importante—. Quiero hablarte de Vycto Lasmec.

Paul sintió que algo se tensaba en su estómago, una reacción casi automática ante la mención de ese nombre.

—¿Qué pasa con Vycto?

—Sé que habéis mantenido cierta relación desde la infancia. Vuestras familias se conocen desde hace generaciones, y no pretendo pedirte que rompas una amistad sin motivo. —Ilan escogió sus siguientes palabras con el cuidado deliberado de un hombre acostumbrado a que cada frase pudiera tener consecuencias—. Pero quiero que sepas algo que ha llegado a mis oídos recientemente, y quiero que lo tengas presente en cualquier trato futuro que mantengas con él.

—Te escucho.

—La familia Lasmec ha estado estableciendo contactos poco habituales en los últimos meses. Reuniones discretas con representantes de Salamer que no pasan por los canales diplomáticos oficiales. Correspondencia con ciertas facciones del Senado que llevan tiempo presionando por una interpretación más estricta de las leyes raciales. —Ilan hizo una pausa, dejando que la información se asentara antes de continuar—. Nada de esto es ilegal, entiéndeme. La política de Draxcan está llena de reuniones discretas y correspondencia que nadie hace pública. Pero el patrón me inquieta, Paul. Y cuando algo me inquieta, prefiero que mi hijo lo sepa antes de que se vea envuelto en algo que no comprende del todo.

Paul se quedó en silencio un momento, procesando la información con la misma mezcla de cautela y curiosidad que su padre le había enseñado a aplicar a cualquier dato sensible.

—¿Crees que Vycto está involucrado en algo?

—Creo que Vycto es joven, ambicioso, y hereda una familia con una fortuna considerablemente menor de la que tuvo en el pasado. Y he aprendido, en veintitrés años sirviendo a esta Corona, que la combinación de juventud, ambición y necesidad de recuperar un estatus perdido es una de las combinaciones más peligrosas que existen en la política de cualquier reino. —Ilan se acercó a su hijo, colocando una mano sobre su hombro con un gesto que era, al mismo tiempo, afectuoso y serio—. No te digo que dejes de verlo. Te digo que mantengas los ojos abiertos.

La oportunidad de poner en práctica ese consejo llegó apenas dos días después, cuando Vycto Lasmec envió una invitación a Paul para acompañarlo en una cena privada organizada en la residencia de su familia, con motivo, según la invitación formal, de celebrar el reciente ascenso de Vycto a un puesto menor dentro del comité de comercio del Senado.




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