The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo VI: La Princesa

Dentro del Castillo Dracking existía una sala que la mayoría de los sirvientes evitaban mencionar en voz alta, no porque estuviera prohibida, sino porque quienes trabajaban allí con regularidad habían aprendido, con el tiempo, que ciertos silencios resultaban más prudentes que ciertas palabras. La llamaban, entre susurros, el Salón de las Rosas Negras, por los tapices bordados que cubrían sus paredes desde hacía casi un siglo, cada uno representando un jardín imposible de flores oscuras que ningún botánico de Draxcan había logrado identificar jamás como especie real.

Era allí, en ese salón apartado del ala oeste del castillo, lejos del bullicio de la corte y de las miradas curiosas de quienes preferían no llamar la atención de sus ocupantes, donde la princesa Francesca Kaziu pasaba la mayor parte de las horas que no dedicaba a sus obligaciones oficiales.

—Has vuelto a cambiar el arreglo de las rosas —comentó Ariel, su dama de compañía desde la infancia, entrando en el salón con una bandeja de té que dejó sobre la mesa baja junto a la ventana—. La tercera vez esta semana.

—Las rosas se marchitan más rápido de lo que debieran en esta parte del castillo. —Francesca no levantó la vista del libro que sostenía entre las manos, un volumen encuadernado en cuero oscuro sin título visible en el lomo—. Alguna corriente extraña en el aire, supongo. O quizás simplemente prefiero que las cosas a mi alrededor cambien con cierta regularidad. La quietud absoluta siempre me ha parecido sospechosa.

Ariel sirvió el té sin comentar más sobre el tema, familiarizada ya con las peculiaridades de una princesa que había aprendido, desde muy joven, a convertir cada detalle de su entorno en una extensión deliberada de su propia voluntad. A sus veintiocho años, Francesca Kaziu era la hermana menor del rey Airoon Kaziu, dieciséis años más joven que su hermano, producto de un segundo matrimonio del rey Aydoor ya entrado en años, y llevaba toda su vida ocupando una posición extraña dentro de la jerarquía de Draxcan: demasiado cercana a la corona para ser ignorada, demasiado alejada de la línea sucesoria directa para ser considerada una amenaza real por la mayoría de quienes compartían con ella los pasillos del castillo.

Era, precisamente, esa posición ambigua la que Francesca había aprendido a convertir en su mayor ventaja.

—¿Alguna noticia del Senado esta mañana? —preguntó, finalmente dejando el libro a un lado y aceptando la taza de té que Ariel le ofrecía.

—Los senadores siguen discutiendo la enmienda a la ley racial. Parece que la sesión de la próxima semana será considerablemente más tensa de lo habitual.

—Bien. —Francesca sonrió, un gesto breve y calculado que Ariel había aprendido a interpretar como una señal de que las cosas avanzaban según lo previsto—. La tensión suele ser el mejor fertilizante para el cambio, Ariel. Nada crece en un jardín demasiado ordenado.

La educación de Francesca Kaziu había sido, desde su nacimiento, un asunto de considerable debate dentro de la corte de Draxcan. Como hermana del rey, aunque nacida de un matrimonio distinto al que había producido al heredero directo, Francesca había crecido en un espacio extraño entre el privilegio absoluto de la sangre real y la exclusión funcional de cualquier poder real dentro de la sucesión al trono. El rey Airoon, ya avanzado en edad cuando Francesca nació, la había educado con un cariño genuino pero distante, más preocupado por los asuntos de estado que por comprender del todo a una hermana menor que llevaba las mismas venas reales pero ninguna posibilidad práctica de heredar jamás la corona.

Ese vacío, lejos de convertir a Francesca en una figura irrelevante dentro de la política de Draxcan, la había moldeado en algo considerablemente más peligroso: una mente educada en todas las disciplinas del poder —historia, diplomacia, retórica, economía, incluso los rudimentos de la estrategia militar que su hermano había insistido en que aprendiera «por si acaso»— sin la responsabilidad directa de ejercer ese poder bajo el escrutinio constante que recaía sobre cualquier heredero directo. Francesca había aprendido a observar Draxcan desde una posición privilegiada de relativa invisibilidad, estudiando durante años los mecanismos internos del Senado, las rivalidades entre familias, las corrientes de opinión que se movían bajo la superficie oficial de la política del reino, sin que casi nadie considerara necesario vigilar de cerca a la hermana menor del rey.

Era un error que Francesca llevaba explotando desde hacía casi una década.

—¿Ha llegado ya el senador Voss? —preguntó, terminando su té y levantándose con la elegancia calculada que definía cada uno de sus movimientos en público.

—Llegó hace media hora. Espera en el jardín este, como siempre.

—Perfecto.

El jardín este del castillo era uno de los pocos espacios que Francesca había logrado reclamar como propio dentro de la estructura formal de Dracking, un pequeño refugio de setos cuidadosamente podados y fuentes de piedra tallada donde recibía, con la aparente inocencia de una simple afición botánica, a los visitantes cuyas conversaciones prefería mantener alejadas de oídos indiscretos.

Voss la esperaba junto a la fuente central, un hombre de mediana edad con el porte encorvado propio de quien ha pasado demasiados años inclinado sobre documentos legales, senador humano del Distrito Imperial con una reputación de moderación que, según había descubierto Francesca hacía años, ocultaba una ambición considerablemente más aguda de lo que su apariencia sugería.

—Princesa. —Voss inclinó la cabeza con la deferencia formal exigida por el protocolo—. Agradezco que haya encontrado tiempo para recibirme.

—Siempre tengo tiempo para conversar sobre jardinería, senador. Es una de mis pocas pasiones genuinas. —Francesca sonrió, con esa ambigüedad calculada que empleaba siempre en conversaciones que requerían discreción, útil para cualquier oyente casual que pudiera malinterpretar sus verdaderas intenciones—. ¿Qué le trae por aquí hoy?




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