La misma noche en que Francesca Kaziu pronunciaba en voz baja sus palabras junto a la ventana del Salón de las Rosas Negras, en un rincón mucho más humilde del Castillo Dracking, Kael Kraxter observaba también el atardecer, aunque desde una perspectiva considerablemente menos privilegiada: la ventana estrecha de su alojamiento en el ala de servicio, desde donde apenas alcanzaba a ver una franja de cielo anaranjado entre los tejados de las cocinas y el muro exterior de la fortaleza.
No sabía, ni tendría motivos para sospecharlo jamás, que a apenas unos cientos de metros de distancia, en un salón decorado con tapices de rosas imposibles, una princesa había murmurado esa misma tarde palabras sobre una tormenta que se avecinaba sobre Draxcan. Pero si Kael hubiera podido escuchar esas palabras, quizás las habría reconocido, porque él mismo llevaba días sintiendo algo parecido: la sensación difusa e inquietante de que algo, en algún lugar bajo la superficie ordenada de su vida cotidiana, se estaba moviendo.
Llevaba cinco días guardando el secreto de la gema del Archivo Bajo, y cada uno de esos días había sido una lucha silenciosa entre su instinto de contárselo todo a Doren, tal como se le había ordenado, y una curiosidad terca que le susurraba que antes de compartir aquel descubrimiento necesitaba entenderlo un poco mejor por sí mismo.
Fue esa misma noche, incapaz de conciliar el sueño, cuando Kael decidió que ya no podía seguir esperando.
El Castillo Dracking, después de la décima campana, se convertía en un lugar completamente distinto al que Kael conocía durante las horas de trabajo. Los pasillos que durante el día bullían de sirvientes, guardias y ocasionales nobles apresurados quedaban vacíos, iluminados solo por antorchas dispersas que proyectaban sombras alargadas sobre los tapices y las armaduras ceremoniales que decoraban los corredores más antiguos de la fortaleza. Kael conocía esos pasillos lo suficiente como para moverse por ellos sin necesidad de una lámpara propia, guiándose por la luz tenue y espaciada de las antorchas, con el corazón latiendo más rápido de lo que le habría gustado admitir.
No se dirigía al Archivo Bajo —había decidido, tras mucho debatirlo consigo mismo, que arriesgarse a bajar de nuevo hasta la gema sin supervisión ni permiso sería demasiado peligroso, sobre todo después de la advertencia explícita de Doren—, sino a una sección distinta de los archivos: la sala de historia antigua, un espacio en el nivel superior del ala de archivos donde se guardaban los textos históricos ya catalogados y considerados lo bastante seguros para el acceso general de los aprendices, entre ellos varios volúmenes dedicados a la fundación de Draxcan que Kael había copiado parcialmente meses atrás sin prestarles demasiada atención.
La sala de historia antigua estaba vacía a esa hora, iluminada apenas por la luna que se filtraba a través de los altos ventanales arqueados, y Kael encendió una única lámpara de aceite antes de dirigirse hacia las estanterías donde recordaba haber visto, meses atrás, los textos que ahora buscaba con una urgencia que no había sentido entonces.
Encontró el volumen que buscaba —Crónica de la Fundación, un texto encuadernado en cuero desgastado, copiado y recopiado tantas veces a lo largo de los siglos que Kael sospechaba que ni siquiera los propios archiveros sabían ya con certeza cuánto del texto original sobrevivía intacto en la versión actual— y se sentó en una de las mesas de lectura, abriendo el libro con un cuidado casi reverencial.
Las primeras páginas contenían lo que Kael ya conocía de memoria, la misma versión simplificada de la historia que se enseñaba a cualquier niño de Draxcan: que hacía más de mil años, cuando el continente de Daus era todavía una extensión de tierra sin nombres, sin reinos, sin fronteras trazadas, once figuras elegidas por los dioses habían llegado a las tierras que hoy formaban el corazón del reino y habían fundado, sobre lo que entonces no era más que bosque y roca, la primera piedra de lo que con el tiempo se convertiría en Draxcan.
Pero cuanto más avanzaba Kael en el texto, más allá de las páginas introductorias que cualquier estudiante conocía, más se adentraba en un territorio que rara vez se enseñaba con detalle fuera de los círculos académicos más especializados.
De los Once, cada uno portaba consigo un don distinto, leyó Kael, pasando las páginas con dedos que empezaban a temblar ligeramente por una anticipación que no sabía explicar del todo, y cada don se manifestaba a través de un objeto de conexión, forjado por los propios dioses en el momento de la elección, que vinculaba al portador con la esencia misma de su poder.
Kael se detuvo, releyendo esa frase varias veces.
Objeto de conexión.
Continuó leyendo, con una concentración que había dejado atrás cualquier pretensión de estudio académico distante para convertirse en algo mucho más personal, mucho más urgente.
Los textos más antiguos que sobreviven mencionan que estos objetos de conexión adoptaban formas diversas según la naturaleza del don de cada Original: algunos portaban espadas forjadas con metal que no existía en ningún yacimiento conocido de Daus; otros, anillos, coronas, báculos. Pero la mayoría de los relatos coinciden en que al menos tres de los Once Originales portaban gemas, similares en naturaleza a las gemas de conexión que hoy vinculan a cada Elemen con su dragón, aunque de un poder y una antigüedad muy superiores a cualquier gema conocida en la actualidad.
Kael cerró los ojos un momento, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que resultaba casi dolorosa contra su pecho. La gema que había encontrado en el Archivo Bajo, envuelta en jirones de tela podrida entre documentos olvidados, tenía sentido, de pronto, dentro de un contexto que Kael apenas empezaba a vislumbrar: no era simplemente un objeto curioso guardado por error entre los tratados fundacionales. Podía ser —la posibilidad resultaba tan enorme que Kael apenas se atrevía a considerarla del todo— uno de esos objetos de conexión originales, perteneciente a uno de los Once fundadores de Draxcan.