Doren no volvió a mencionar la conversación de esa mañana durante los tres días siguientes, y aunque Kael ardía en deseos de preguntar, de exigir respuestas, de sacudir a su mentor hasta que las palabras que evidentemente guardaba salieran de él, había algo en la expresión cansada con que Doren se había despedido aquella vez —dame tiempo, te lo ruego— que lo detenía cada vez que estaba a punto de romper su silencio.
Así que Kael hizo lo único que sabía hacer con la inquietud que lo consumía: la convirtió en trabajo. Cuando no podía tener respuestas sobre su propio origen, al menos podía tener la sensación, aunque fuera falsa, de control sobre algo, y esa sensación de control llegó, de la forma más inesperada, en forma de una tarea que Doren le asignó la mañana del cuarto día.
—El Senado se reúne esta tarde para la votación de la enmienda racial —le informó Doren, entregándole un fajo de pergaminos en blanco y un estuche de tinta portátil—. Necesito que asistas como escriba auxiliar. El escriba principal, Fenwick, ha caído enfermo, y el protocolo exige que quede un registro completo de cada sesión, aunque sea uno de reserva.
—¿Yo? —Kael sintió una mezcla de sorpresa y nerviosismo—. Nunca he registrado una sesión del Senado.
—No vas a registrarla tú solo. Estará también el escriba de la Cámara, un hombre llamado Orsin, mucho más experimentado. Tú simplemente tomarás notas de respaldo, en caso de que algo se pierda en el registro oficial. —Doren lo miró un momento, con una expresión que combinaba, como llevaba haciendo desde la confesión de Kael, una cautela protectora que el muchacho todavía no terminaba de comprender del todo—. Y, para ser honesto, Kael, creo que te vendrá bien ver con tus propios ojos cómo funciona realmente el poder en este reino. Los libros solo pueden enseñarte hasta cierto punto.
Kael no pudo evitar preguntarse si aquella oportunidad tenía algo que ver con las revelaciones pendientes que Doren le debía, pero decidió no presionar, aceptando la tarea con una mezcla de curiosidad genuina y la persistente sensación de que su mundo, apenas una semana atrás tan pequeño y comprensible, no dejaba de expandirse en direcciones que todavía no sabía cómo procesar.
La Cámara del Senado ocupaba el ala sur del Castillo Dracking, un espacio arquitectónico completamente distinto al resto de la fortaleza: una sala circular masiva, coronada por una cúpula de cristal que permitía que la luz natural inundara el recinto durante el día, con gradas escalonadas dispuestas en un anfiteatro que rodeaba un podio central desde donde se dirigían los debates. Kael había visto la Cámara solo una vez antes, de niño, en una visita guiada que Doren había organizado para los aprendices más jóvenes de los archivos, y recordaba haberse sentido entonces abrumado por su tamaño, por la cantidad de asientos, por el peso simbólico de un lugar donde se decidía el destino de toda una nación.
Aquella tarde, sin embargo, mientras se instalaba en la pequeña mesa reservada para los escribas, junto al ya presente Orsin —un hombre delgado de mediana edad, con dedos manchados de tinta permanente y una expresión de concentración absoluta que sugería décadas de práctica—, Kael sintió algo distinto a la simple admiración infantil que recordaba de su primera visita. Sentía, mientras observaba a los senadores ocupar sus asientos según la disposición tradicional de sus distritos y razas representadas, la misma inquietud que llevaba días acompañándolo, la sensación de que cada pieza de ese vasto sistema político que se desplegaba ante él estaba, de algún modo que todavía no comprendía del todo, conectada con el secreto que cargaba desde hacía más de una semana.
—Primera vez, ¿verdad? —comentó Orsin, notando la expresión de Kael mientras preparaba su propio tintero—. Se nota en la cara. Todos ponemos la misma cara la primera vez.
—¿Qué debo esperar?
—Gritos. Discusiones interminables sobre tecnicismos que a nadie fuera de esta sala le importan lo más mínimo. Y, si tenemos suerte, alguna revelación genuinamente importante escondida entre horas de formalidades aburridas. —Orsin sonrió, con el humor cansado de quien lleva años presenciando el mismo espectáculo—. Escribe rápido, escribe claro, y no dejes que ninguna opinión propia se cuele en tus notas. El Senado no necesita saber lo que piensa un aprendiz de archivero sobre sus decisiones.
Kael asintió, preparando su propio pergamino y sumergiendo la pluma en el tintero justo cuando el Gran Canciller del Senado —un hombre humano de edad avanzada, vestido con las túnicas ceremoniales bordadas con el Dragón Drazco que distinguían su cargo— golpeaba tres veces el podio central con un bastón de madera oscura, anunciando el inicio formal de la sesión.
—Se abre la sesión del Senado de Draxcan, en el año mil doscientos catorce desde la fundación —proclamó el Canciller, con una voz que la arquitectura de la Cámara amplificaba sin necesidad de esfuerzo adicional—. El asunto principal de esta sesión es la votación de la enmienda propuesta a la Ley de Prohibición de Mezcla entre Razas, presentada por el bloque de senadores tradicionalistas hace seis semanas. Antes de proceder a la votación, se concederán turnos de palabra a los representantes de cada facción.
El primero en levantarse fue un hombre de rasgos angulosos y cabello gris peinado hacia atrás con precisión militar, cuyo nombre Kael reconoció por los registros que había catalogado en semanas anteriores: el senador Kestrel, cabeza visible del bloque tradicionalista, un hombre cuya familia llevaba tres generaciones ocupando un escaño en representación del Distrito Imperial.
—Honorables miembros del Senado —comenzó Kestrel, con la voz medida de quien ha ensayado su discurso durante días—. Draxcan se enorgullece, desde su fundación, de ser un reino donde conviven en armonía las razas más diversas de todo Daus. Pero esa convivencia, honorables senadores, requiere reglas claras que la protejan, del mismo modo que un jardín hermoso requiere límites bien definidos para no convertirse en maleza descontrolada.