The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo IX: La Gema

Las palabras de Doren —podrías estar mucho más cerca del centro de esos planes de lo que cualquiera de los dos habríamos deseado— persiguieron a Kael durante los tres días siguientes con la insistencia de un eco que se negaba a apagarse, repitiéndose en su cabeza cada vez que catalogaba un pergamino, cada vez que cruzaba un pasillo del castillo, cada vez que intentaba, sin éxito, conciliar el sueño en su alojamiento estrecho del ala de servicio.

No había vuelto a mencionar el tema con Doren desde aquella noche, respetando —aunque cada día con mayor dificultad— la petición de tiempo que su mentor le había hecho, pero la espera empezaba a convertirse en algo casi físico, una tensión constante alojada entre el pecho y la garganta que Kael no sabía cómo aliviar. Trabajaba de día con la misma dedicación de siempre, clasificando registros, copiando textos, atendiendo los recados que Doren le asignaba, pero notaba, con una claridad incómoda, que su mente ya no habitaba del todo las tareas que sus manos realizaban. Una parte de él permanecía siempre en otro lugar, dando vueltas a preguntas que no tenían todavía respuesta, imaginando escenarios sobre su propio origen que oscilaban entre la esperanza y algo parecido al miedo.

Fue el propio Doren, finalmente, quien rompió el silencio, la mañana del cuarto día tras la sesión del Senado, con una petición que Kael no esperaba en absoluto.

—Hoy vamos a bajar juntos al Archivo Bajo —anunció, sin preámbulos, mientras Kael terminaba de desayunar un pedazo de pan duro en la sala de trabajo—. Quiero que me muestres exactamente dónde encontraste la gema.

Kael sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Vamos a moverla?

—Vamos a examinarla. Con cuidado. Y con conocimiento suficiente para no cometer ningún error que podamos lamentar después. —Doren se levantó, cogiendo una lámpara de aceite más grande de lo habitual y un pequeño estuche de cuero que Kael no le había visto llevar nunca antes—. He pasado los últimos días revisando ciertos textos que llevaba mucho tiempo sin consultar. Creo que ya sé lo suficiente para acompañarte sin poner en riesgo nada que no debamos arriesgar.

El descenso hacia el Archivo Bajo, esta vez acompañado, resultó extrañamente distinto a como Kael lo recordaba de su visita en solitario. La misma escalera curva tallada en roca oscura, el mismo frío creciente a cada vuelta, pero con la presencia silenciosa de Doren a su lado, Kael sentía que cargaba con menos peso del que había cargado aquella primera vez, como si compartir el secreto, incluso parcialmente, hubiera aliviado algo que llevaba días asfixiándolo por dentro.

—¿Hace cuánto que no bajas aquí? —preguntó Kael, rompiendo el silencio mientras avanzaban entre las estanterías de piedra cargadas de pergaminos y cajas selladas.

—Años. —La respuesta de Doren fue breve, cortante, sugiriendo que había más detrás de esa ausencia prolongada de lo que estaba dispuesto a compartir de momento—. El Archivo Bajo guarda cosas que prefiero no recordar con demasiada frecuencia, muchacho. Cosas que pertenecen a un tiempo de mi vida que ya dejé atrás hace mucho.

Kael quiso preguntar más, pero algo en el tono de Doren le indicó que no era el momento adecuado, así que se limitó a caminar en silencio, observando cómo la luz de ambas lámparas proyectaba sombras dobles sobre las estanterías, alargándose y encogiéndose con cada paso, hasta que llegaron a la sección apartada donde había encontrado la gema, casi en el límite donde la claridad empezaba a perder fuerza contra la oscuridad más profunda de la galería.

—Aquí —dijo finalmente, señalando el espacio entre las dos cajas de documentos donde el objeto envuelto en tela podrida seguía exactamente donde Kael lo había dejado casi dos semanas atrás.

Doren se acercó despacio, con una cautela que Kael no había esperado ver en un hombre que normalmente se movía por los archivos con la familiaridad despreocupada de quien conoce cada rincón de su territorio, y se arrodilló frente al objeto sin tocarlo todavía, examinándolo con una atención minuciosa, casi ritual, como si estuviera saludando a algo que llevaba mucho tiempo sin ver y no supiera del todo si merecía respeto o temor.

—Es ella —murmuró, más para sí mismo que para Kael, con una expresión que mezclaba reconocimiento y algo parecido al temor—. Llevaba treinta años sin verla, y aun así la reconozco de inmediato.

—¿La habías visto antes?

—Una vez. Hace mucho tiempo, cuando yo era poco mayor que tú eres ahora, y todavía trabajaba en un puesto muy distinto al que ocupo hoy. —Doren abrió el estuche de cuero que había traído, revelando en su interior un par de guantes de un material oscuro y resistente que Kael no supo identificar, y unas pinzas de metal largo diseñadas, evidentemente, para manipular objetos sin necesidad de tocarlos directamente—. En aquel entonces, alguien mucho más sabio que yo me advirtió que esta gema, y otras similares, no debían tocarse jamás sin preparación adecuada. Yo no seguí ese consejo del todo bien, y pagué un precio pequeño por mi imprudencia. Nada grave, pero suficiente para enseñarme respeto.

—¿Qué tipo de precio?

Doren se quitó, con un gesto casi automático, el guante de su mano izquierda, revelando en la palma una cicatriz pálida y antigua, en forma de espiral, que Kael jamás había notado en tres años trabajando codo con codo con él.

—Esto. Un recordatorio permanente de que ciertos objetos merecen más cautela de la que mi curiosidad juvenil estuvo dispuesta a ofrecerles en su momento. La toqué sin guantes, sin preparación, exactamente como hiciste tú, aunque con una diferencia importante: a mí me quemó. Un dolor breve pero intenso, como si la propia gema me estuviera advirtiendo que no le pertenecía, que mi sangre no era la que ella buscaba.

Kael sintió un escalofrío al ver la cicatriz, comprendiendo de pronto que su propio encuentro con la gema, aunque había terminado sin heridas visibles, podría haber resultado considerablemente más peligroso de lo que había imaginado en su momento.




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