The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo X: Sangre de Dragón

La cena con Maelt Rosmar, aplazada ya dos veces por compromisos del propio senador, finalmente se celebró la misma semana en que Kael descendía por segunda vez al Archivo Bajo junto a Doren, aunque ni Lyssara ni Talaida tenían forma alguna de sospechar que, en algún rincón distante del castillo, un joven archivero cargaba ya con un secreto que, sin que ninguno de los tres pudiera saberlo todavía, terminaría por entrelazar sus destinos de un modo que ninguno habría podido anticipar.

La residencia de la familia Rosmar se alzaba en una de las calles más antiguas del Distrito Original, una construcción de piedra negra que llevaba tres generaciones perteneciendo a la misma línea de sangre, con un patio interior dominado por un antiguo árbol de corteza oscura que, según la tradición familiar, había sido plantado por el propio bisabuelo de Maelt el día en que fue nombrado senador por primera vez. Las ramas de aquel árbol se extendían sobre el patio como un techo vegetal, filtrando la luz de las antorchas que iluminaban la entrada, y Lyssara, al cruzarlas, sintió como siempre una mezcla extraña de pertenencia y extrañeza, la sensación contradictoria de estar entrando en un lugar que era su hogar por sangre pero no por elección.

Lyssara llegó puntual, como siempre, vestida con su uniforme de gala en lugar del equipo de entrenamiento que solía llevar la mayor parte del tiempo, y encontró a Talaida ya esperando en el vestíbulo, con la misma expresión de inquietud contenida que había mostrado la semana anterior en el patio de instrucción. Su hermana menor llevaba puesta todavía la túnica azul de la Academia, como si hubiera salido directamente de clase sin pasar por su alojamiento, y se mordía el labio inferior con ese gesto nervioso que Lyssara le conocía desde la infancia, el que aparecía siempre que algo la preocupaba de verdad.

—¿Alguna pista más sobre qué quiere decirnos? —preguntó Lyssara, en voz baja, mientras un sirviente silencioso las conducía hacia el comedor principal.

—Ninguna. Y eso me inquieta más que cualquier explicación que pudiera haberme dado por adelantado. —Talaida se ajustó distraídamente el borde de la túnica, un gesto tan familiar que a Lyssara le produjo una punzada de ternura protectora—. He pasado toda la semana intentando imaginar qué podría ser tan importante como para que papá haya insistido tanto, y lo único que se me ocurre es que tiene que ver con la familia. Con algo que no nos ha contado nunca.

—Sea lo que sea, lo sabremos en unos minutos. No tiene sentido seguir dándole vueltas.

—Eso es fácil decirlo para ti. Tú siempre has sido mejor que yo para esperar sin desesperarte.

—No es esperar sin desesperarme. Es simplemente que he aprendido que la desesperación no cambia nada. —Lyssara le dirigió una sonrisa breve, la primera en varios días, y por un instante la tensión entre ambas se suavizó lo suficiente para que Talaida le devolviera el gesto con alivio visible.

Maelt Rosmar las esperaba ya sentado a la cabecera de la mesa, un hombre alto y de porte rígido, con el cabello oscuro salpicado de canas prematuras y una gema de conexión de afinidad de tierra que brillaba, con el mismo tono ámbar que la de Lyssara, sobre el pecho de su túnica senatorial. Se levantó al verlas entrar, con la formalidad que empleaba incluso en las ocasiones más íntimas, y las saludó con un abrazo breve y algo torpe, como si el gesto le costara un esfuerzo que rara vez se permitía mostrar en público.

—Gracias por venir —dijo, indicándoles sus asientos—. Sé que ambas tenéis vidas ocupadas, y agradezco que hayáis encontrado tiempo para esto.

—Dijiste que era importante —respondió Lyssara, sin rodeos, sentándose frente a su padre con la misma disciplina directa que empleaba en el patio de instrucción—. ¿De qué se trata?

Maelt no respondió de inmediato. Esperó a que el sirviente sirviera el primer plato y se retirara, cerrando la puerta del comedor tras de sí, antes de hablar de nuevo, con una gravedad que Lyssara reconoció, incómoda, como la misma que su padre reservaba para las decisiones más trascendentales de su carrera política. Sirvió vino en tres copas con sus propias manos, un gesto que en cualquier otra familia habría pasado desapercibido pero que en la suya, tan acostumbrada a la servidumbre y al protocolo, resultaba casi inquietante por su rareza, como si Maelt necesitara ocupar las manos en algo concreto antes de lanzarse a decir lo que fuera que había decidido decir.

—Voy a contaros algo sobre nuestra familia que llevo años debatiéndome si revelar o mantener en silencio, tal como han hecho generaciones de Rosmar antes que yo. —Maelt entrelazó las manos sobre la mesa, con una tensión visible en cada uno de sus gestos—. Pero los acontecimientos recientes en el Senado, la enmienda racial, el creciente movimiento tradicionalista, me han convencido de que ya no puedo permitirme el lujo del silencio, especialmente con vosotras dos, que lleváis esta sangre en las venas sin conocer del todo su verdadero peso.

—Nuestra familia, como sabéis, desciende de una de las líneas Elemen más antiguas del Distrito Original —comenzó Maelt, con la cadencia pausada de quien ha ensayado mentalmente ese discurso durante mucho tiempo—. Pero lo que quizás no sabéis, porque es algo que mi propio padre me contó apenas unos meses antes de morir, y que él mismo había recibido solo de su abuela, en un susurro casi de despedida, es que la línea Rosmar no desciende simplemente de un Elemen fundador cualquiera entre los muchos que poblaron el Distrito Original tras la fundación de Draxcan.

Talaida se inclinó hacia adelante, con la misma curiosidad académica que la definía en cualquier situación que involucrara historia o teoría antigua. Sus dedos se cerraron alrededor del tallo de la copa sin beber de ella, como si temiera que cualquier movimiento pudiera interrumpir la revelación que su padre estaba a punto de hacer.

—¿De quién descendemos entonces?




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