The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo XII: El Secreto de los Rosmar

El anuncio del ascenso llegó apenas una semana después de la operación en las cuevas costeras, entregado formalmente a Lyssara mediante un pergamino sellado con el emblema del consejo militar del Distrito Original: había sido promovida al rango de Capitana de Escuadrón, el ascenso más significativo de su carrera hasta la fecha, dos rangos por encima de lo que la progresión habitual habría permitido en un plazo tan breve.

El pergamino, enrollado con una cinta de cuero oscuro y lacrado con el sello tridimensional del Dragón Drazco, llevaba la firma de tres de los cinco generales que componían el consejo militar, un detalle inusual que Lyssara notó de inmediato, porque los ascensos de rango intermedio solían aprobarse con la firma de un solo general y el visto bueno protocolario de los demás. Que tres de ellos hubieran considerado necesario estampar su nombre en su designación sugería, o bien un respaldo inusualmente unánime, o bien una atención especial que a Lyssara, tras la conversación con su padre sobre su linaje, le resultaba difícil recibir sin un recelo nuevo, incómodo, que no había sentido antes.

—Draecus debió de escribir una recomendación considerablemente más entusiasta de lo habitual —comentó Fennic, felicitándola en el patio de instrucción con una sonrisa genuina, aunque también con cierta envidia bien disimulada—. No recuerdo la última vez que el consejo aprobó un ascenso tan rápido sin generar quejas de la mitad de los oficiales veteranos.

—Draecus dijo que fue mi actuación en las cuevas. Nada más.

—«Nada más» no suele bastar en el consejo militar, Rosmar. Ya deberías saberlo.

Lyssara no respondió de inmediato, sintiendo la misma incomodidad que la asaltaba cada vez que alguien insinuaba, aunque fuera de forma indirecta, que su apellido pudiera haber influido en un logro que ella consideraba exclusivamente suyo. La mirada de Fennic, sin malicia, con esa mezcla de admiración y resignación de quien ve a una compañera ascender demasiado rápido sin saber si alegrarse del todo o preguntarse qué había detrás, se le clavaba de un modo que no lograba sacudirse.

—He entrenado cada día durante dos años, Fennic. Tú lo has visto. He llegado antes que nadie, me he quedado después que todos, he hecho cada ejercicio que Draecus nos ponía y luego he repetido los que consideraba más débiles por mi cuenta, hasta que dejaron de serlo. Si el consejo ha decidido premiar eso, no es mi apellido el que firma la promoción.

—No he dicho lo contrario. —Fennic alzó las manos en un gesto conciliador, aunque su sonrisa se atenuó un poco—. Solo te aviso de que habrá quien no lo vea con tus mismos ojos, y de que deberías estar preparada para las preguntas incómodas antes de que lleguen, no después.

Lyssara asintió, aceptando el consejo con una brevedad que a Fennic le bastó para comprender que prefería no seguir hablando del tema, y se dirigió hacia los barracones con el pergamino de ascenso apretado en la mano, sintiendo el peso de lo que representaba, no solo en términos de rango, sino de las expectativas que ahora, como oficial con mando propio, recaerían sobre ella de un modo que ningún ascenso anterior había implicado.

La noticia del ascenso llegó a oídos de Maelt Rosmar esa misma tarde, y el senador, contrariamente a lo que Lyssara había anticipado, no la recibió con el silencio cargado de decepción que solía acompañar cualquier logro de su hija dentro del camino que él nunca había aprobado del todo, sino con una satisfacción genuina que sorprendió a Lyssara cuando se presentó, esa noche, en la residencia familiar para compartir personalmente la noticia.

La casa estaba en silencio, con las antorchas encendidas a media altura y el árbol del patio filtrando la luz de la luna de un modo que Lyssara siempre había encontrado extrañamente hermoso, como si el propio lugar guardara una memoria antigua que se negaba a desvanecerse del todo.

—Capitana de Escuadrón —repitió Maelt, con una expresión que Lyssara no recordaba haberle visto jamás, algo cercano al orgullo sin reservas—. A tu edad, es un logro considerable, Lyssara. Incluso para alguien de nuestra sangre.

—¿Ahora sí cuenta mi sangre para algo positivo? —preguntó Lyssara, con un filo en la voz que no pudo del todo contener—. Durante años me dijiste que mi camino era un desperdicio de las oportunidades que nuestra familia podía ofrecerme. Ahora que consigo algo por mí misma, ¿de repente mi sangre se convierte en parte del mérito?

Maelt se quedó en silencio un momento, absorbiendo la acusación con una expresión que combinaba sorpresa y, quizás por primera vez que Lyssara pudiera recordar, un arrepentimiento genuino. Se llevó una mano al pecho, justo donde su gema de conexión descansaba sobre la túnica, un gesto nervioso que desmentía la compostura senatorial que normalmente lo envolvía.

—Tienes razón en cuestionarme, Lyssara. He sido injusto contigo durante años, midiendo tu valor según un camino que yo había decidido para ti, en lugar de reconocer el valor del camino que tú misma elegiste construir. —Se sentó, con un cansancio que parecía pesarle más de lo habitual—. Cuando te conté sobre nuestro linaje, no fue mi intención sugerir que tu éxito dependiera de esa sangre antigua. Fue, más bien, mi forma torpe de intentar darte un contexto más amplio para entender de dónde viene la fuerza que ya poseías por ti misma.

Lyssara se sentó frente a él, sintiendo que la tensión habitual entre ambos se aflojaba, aunque fuera ligeramente, por primera vez en mucho tiempo. Había algo en la actitud de su padre esa noche, una vulnerabilidad que rara vez permitía aflorar, que la desarmaba de un modo que no esperaba. No era una disculpa completa, ni siquiera una rectificación explícita de años de presión y expectativas mal planteadas, pero era, quizás, lo más cerca que Maelt Rosmar había estado jamás de reconocer que su hija había tenido razón al elegir su propio camino.

—¿Por qué ahora, padre? ¿Por qué después de tantos años de silencio decidiste contarnos la verdad justo ahora?




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