The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo XIII: El Dragón que Despertó

La noche que Francesca había estado esperando llegó envuelta en una niebla espesa que descendió sobre Draxcan poco después del ocaso, como si el propio clima de la capital conspirara para facilitar el movimiento discreto que la princesa había planeado durante días con Ariel. La niebla se arrastraba por las calles del Distrito Imperial con la lentitud de una criatura viva, difuminando los contornos de las mansiones, apagando los faroles callejeros hasta reducirlos a halos pálidos y fantasmales, y amortiguando los sonidos de la ciudad hasta convertirlos en un susurro lejano e indistinto. Era, pensó Francesca mientras ajustaba la capa oscura sobre sus hombros, el clima perfecto para una salida que prefería mantener alejada del conocimiento del resto de la corte.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Ariel, ayudándola a ajustarse la capa sin ningún emblema que pudiera identificarla, en un pequeño cuarto apartado del castillo que Francesca usaba, desde hacía años, para salidas que prefería mantener alejadas del conocimiento del resto de la corte. La voz de Ariel sonaba tensa, cargada de una preocupación que no se molestaba en disimular, y sus dedos se demoraron en el broche de la capa como si retrasar ese gesto pudiera retrasar también el momento en que Francesca cruzara el umbral.

—Segura no, Ariel. Pero decidida. —Francesca se cubrió el rostro con una capucha, ocultando sus rasgos característicos bajo la sombra de la tela—. Fessic me indicó una ruta discreta hacia la ubicación de la reunión. Si todo sale según lo planeado, estaré de vuelta antes del amanecer, sin que nadie note mi ausencia.

—¿Y si no sale según lo planeado?

Francesca no respondió de inmediato, sopesando la pregunta con la misma seriedad con que sopesaba cualquier decisión de riesgo considerable. Se observó un instante en el espejo de bronce pulido que colgaba de la pared del cuarto, comprobando que nada en su apariencia delatara su identidad real, antes de girarse hacia su dama de compañía con una expresión que combinaba determinación y una ternura que rara vez permitía aflorar.

—Si algo sale mal, Ariel, quiero que sepas que la información que hemos reunido sobre los Guardianes de la Sangre Pura está guardada en el compartimento oculto de mi escritorio. Llévasela a mi hermano si es necesario. Confío en que él sabrá qué hacer con ella, aunque yo ya no esté presente para guiarlo.

La gravedad de esas palabras dejó a Ariel sin respuesta durante un momento, con los ojos brillantes de una emoción contenida que Francesca prefirió no reconocer en voz alta. Antes de que pudiera insistir en acompañarla o convencerla de abandonar el plan, Francesca ya se había deslizado fuera del cuarto, desapareciendo entre los pasillos menos transitados del castillo con la misma habilidad discreta que había cultivado durante años de movimientos silenciosos por la fortaleza.

La reunión de los Guardianes de la Sangre Pura, según la información que Fessic había logrado confirmar, se celebraba en una bodega abandonada en las afueras del Distrito Imperial, un edificio que oficialmente pertenecía a una familia comercial extinguida hacía décadas, pero que, según sospechaba Francesca mientras se aproximaba con extrema cautela bajo la protección de la niebla nocturna, servía en realidad como punto de encuentro discreto para quienes preferían que sus actividades permanecieran fuera del escrutinio oficial del Senado.

El trayecto hasta la bodega le tomó casi una hora de caminata cautelosa, evitando las calles principales donde la guardia nocturna mantenía una presencia más visible, deslizándose por callejones secundarios y pasajes que Francesca había memorizado durante años de explorar los rincones menos transitados del Distrito Imperial sin que nadie en la corte lo supiera. La niebla se espesaba a medida que se alejaba del centro del distrito, y con ella crecía también la sensación de aislamiento, la certeza incómoda de que, si algo salía mal esa noche, no habría nadie cerca para acudir en su ayuda.

Se ocultó tras un muro de piedra a considerable distancia de la entrada principal de la bodega, con una vista parcial pero suficiente de las figuras que iban llegando, una a una o en pequeños grupos, cubiertas con capas similares a la suya, cada una deteniéndose brevemente ante la puerta para pronunciar algo —una contraseña, sospechó Francesca, aunque desde su posición no lograba escuchar las palabras exactas— antes de ser admitida al interior. La bodega, una construcción baja de piedra gris que se desdibujaba entre la niebla, no mostraba luz visible desde el exterior, pero Francesca alcanzaba a distinguir, a través de las rendijas de una ventana lateral, el resplandor tenue de velas encendidas en el interior, pruebas de que la reunión estaba ya en marcha.

Contó al menos quince figuras distintas entrando durante la primera media hora de vigilancia, un número considerablemente mayor del que había anticipado, y entre ellas, reconoció, con una punzada de alarma genuina, la silueta inconfundible del senador Kestrel, seguido poco después por la figura más joven y ágil de Vycto Lasmec. Ambos llegaron por separado, con un intervalo de apenas unos minutos entre sus entradas, pero Francesca notó, con la atención entrenada de quien lleva años observando interacciones políticas discretas, un breve intercambio de miradas entre ambos antes de que cada uno pronunciara la contraseña y desapareciera en el interior.

Quince, al menos, pensó Francesca, memorizando cuidadosamente cada detalle que podía observar desde su posición oculta. Y esto es solo una reunión. Si existen células similares operando en otros distritos, o incluso en otros reinos, la magnitud real de esta facción podría ser considerablemente mayor de lo que cualquiera de nosotros ha sospechado hasta ahora.

Fue entonces, mientras consideraba cómo aproximarse un poco más sin arriesgarse a ser descubierta, cuando un sonido inesperado a su espalda hizo que el corazón le diera un vuelco: pasos, cautelosos pero audibles, aproximándose por el mismo callejón estrecho donde ella se ocultaba. Los pasos no tenían la cadencia regular de un guardia patrullando, sino la vacilación nerviosa de alguien que intentaba moverse con sigilo sin dominar del todo la técnica, y Francesca, en una fracción de segundo, se pegó contra el muro con la mano instintivamente cerca de la pequeña daga que llevaba oculta bajo la capa, conteniendo la respiración mientras la figura se aproximaba.




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