The King of Kingdoms: El Reino del Dragón

Capítulo XIV: La Noche del Acero

Doren no esperó al amanecer para cumplir su promesa.

Apenas regresaron al Castillo Dracking, con la niebla todavía espesa sobre los patios exteriores y la conmoción del rugido distante todavía asentándose en el pecho de Kael, el maestro de los archivos lo condujo, sin explicaciones adicionales, hacia un ala del castillo que Kael jamás había visitado en sus seis años de servicio: los aposentos privados reservados para los consejeros de mayor confianza de la Corona, en el nivel superior de la torre norte. Los pasillos por los que avanzaban estaban sumidos en un silencio inquietante, iluminados apenas por antorchas espaciadas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra, y Kael sentía, con cada paso que daba, que se adentraba en un territorio que no le correspondía, un espacio que había existido siempre por encima de su posición humilde dentro del castillo, inaccesible por diseño y por jerarquía.

—¿A dónde vamos? —preguntó Kael, con la respiración todavía agitada tras la caminata apresurada por los corredores del castillo.

—A ver a alguien que debió haberte conocido hace mucho tiempo, si las circunstancias hubieran sido distintas. —Doren se detuvo frente a una puerta de madera oscura, tallada con símbolos que Kael no reconoció de inmediato, y golpeó tres veces con un patrón específico que sugería una señal acordada de antemano—. Prepárate, Kael. Lo que vas a escuchar esta noche cambiará todo lo que crees saber sobre ti mismo.

La puerta se abrió, revelando a una mujer mayor, de cabello completamente blanco recogido en una trenza severa, vestida con una túnica sencilla que contrastaba marcadamente con la opulencia que Kael habría esperado de alguien con aposentos en esa sección privilegiada del castillo. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, y sus manos, que asomaban entre los pliegues de la túnica, mostraban las manchas oscuras de la edad, pero sus ojos poseían una agudeza que desmentía cualquier apariencia de fragilidad que su edad pudiera sugerir, una intensidad que a Kael le recordó de inmediato la mirada de un erudito que ha pasado demasiados años persiguiendo verdades que otros preferirían dejar ocultas.

—Doren —dijo la mujer, con una voz que combinaba sorpresa genuina y una cautela evidente—. Han pasado años.

—Lo sé, Maestra Orwenna. Y lamento presentarme sin aviso previo, a estas horas, pero las circunstancias ya no permiten más demoras. —Doren hizo un gesto hacia Kael—. Este es Kael. Creo que ya sabe usted quién es realmente.

Orwenna estudió a Kael con una intensidad que le recordó, incómodamente, a la forma en que Vaelith lo había observado semanas atrás en la Torre de Estudios Arcanos, aunque en la mirada de esta anciana había algo más profundo, más cargado de una historia que Kael todavía no comprendía. Lo escrutó durante un largo momento, con los labios ligeramente apretados y un brillo húmedo apareciendo en sus ojos, antes de apartarse para dejarlos pasar.

—Entrad. Rápido. No es prudente que os vean aquí a ninguno de los dos.

El interior de los aposentos de Orwenna estaba decorado con una austeridad que sorprendió a Kael, con estanterías repletas de libros y pergaminos que ocupaban cada pared disponible, y un pequeño escritorio donde varios documentos permanecían abiertos, como si la anciana hubiera estado trabajando en algo hasta ese mismo momento. El aire olía a tinta vieja, a cera de vela y a papel envejecido, un olor que a Kael le resultó extrañamente reconfortante en medio de la inquietud que lo acompañaba.

—Soy, o era, consejera personal del rey Airoon en asuntos relacionados con la historia antigua de Draxcan —explicó Orwenna, invitándolos a sentarse frente a ella—. Hace dieciocho años, participé, junto a otros dos colegas hoy ya fallecidos, en un evento que hemos mantenido en el más estricto secreto desde entonces, por razones que espero comprendas antes de que termine esta conversación, Kael.

—¿Qué evento? —preguntó Kael, sintiendo que el corazón le latía con fuerza ante la inminencia de respuestas que llevaba semanas persiguiendo.

Orwenna cerró los ojos un momento, como si el recuerdo todavía le costara revivir, y cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja, cargada de una emoción que Kael reconoció como el peso de años de silencio finalmente rompiéndose.

—Hace dieciocho años, una mujer llegó al castillo, gravemente herida, buscando ayuda desesperada para su hijo recién nacido, que agonizaba tras un parto complicado. —Orwenna hizo una pausa, respirando hondo antes de continuar—. Ella era Elemen, de un linaje que prefirió no revelarnos completamente en aquel momento, aunque insinuó que pertenecía a una rama oculta de una de las grandes familias del Distrito Original. El padre del niño, según nos contó entre lágrimas, era humano, un guardia menor del castillo que había muerto apenas semanas antes en un accidente durante una patrulla rutinaria.

Kael sintió que el aire se le atascaba en la garganta, comprendiendo, con una claridad dolorosa, hacia dónde se dirigía aquel relato. Sus manos se aferraron al borde del asiento con una fuerza que no notó hasta que sintió los nudillos dolerle.

—El bebé nació con complicaciones severas, incompatibles con la vida según cualquier estándar médico humano convencional. La madre, desesperada, nos suplicó que intentáramos algo que la medicina tradicional consideraba imposible: transferir tejido Elemen de su propio cuerpo al de su hijo moribundo, con la esperanza de que la capacidad regenerativa de un tercer corazón pudiera salvar una vida que de otro modo estaba condenada a apagarse en cuestión de horas.

—¿Lo hicisteis? —preguntó Kael, con la voz reducida a un susurro.

—Lo intentamos, con la ayuda de dos sanadores Elemen de considerable habilidad, dispuestos a arriesgar sus propias reputaciones, y posiblemente sus vidas, para salvar a un niño inocente. —Orwenna abrió los ojos de nuevo, mirando a Kael con una intensidad que parecía atravesarlo—. El procedimiento fue extraordinariamente peligroso, sin precedentes documentados de éxito. Pero funcionó. El niño sobrevivió, con parte de la fisiología de su madre integrada permanentemente en su propio cuerpo humano.




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