El combate entre Lyssara y Vycto Lasmec se extendió por lo que pareció una eternidad comprimida en apenas unos minutos, cada golpe intercambiado con una intensidad que dejaba poco espacio para el pensamiento consciente, solo para el instinto entrenado durante años de disciplina militar respondiendo, casi automáticamente, a cada amenaza que Vycto intentaba materializar contra ella. El acero cantaba contra el acero con un sonido agudo que se mezclaba con los gritos distantes de la batalla que continuaba en las calles circundantes, y el resplandor de los incendios cercanos proyectaba sombras danzantes sobre la fachada de piedra negra del santuario, como si el propio edificio sagrado estuviera presenciando, con su silencio milenario, el choque de dos visiones irreconciliables sobre el futuro de Draxcan.
—Luchas bien, capitana —jadeó Vycto, tras un intercambio particularmente brutal que dejó a ambos ligeramente separados, evaluándose mutuamente antes del siguiente asalto—. Es una lástima que toda esa habilidad esté al servicio de una sangre que pronto será considerada, ante los ojos de la historia, una aberración que debería haberse corregido hace generaciones.
—La única aberración que veo esta noche, Lasmec, es un hombre dispuesto a quemar su propio reino por una ideología que ni siquiera comprende del todo las raíces que dice proteger.
Vycto sonrió ante esas palabras, una sonrisa que no alcanzó sus ojos, que permanecían fríos y calculadores incluso en medio del combate, y Lyssara comprendió, con una claridad repentina, que el hombre que tenía delante no era simplemente un joven noble arrastrado por la ambición de su familia, sino un creyente genuino, alguien que había abrazado la ideología de los Guardianes de la Sangre Pura con una convicción que iba más allá de la simple conveniencia política. Esa comprensión, lejos de intimidarla, le proporcionó una ventaja inesperada: ahora sabía que Vycto no se retiraría voluntariamente, que lucharía hasta el final, y esa certeza le permitió anticipar sus movimientos con una precisión que no habría logrado si hubiera esperado de él un comportamiento más racional.
El intercambio final llegó de forma abrupta, cuando Vycto, en un momento de furia descontrolada ante la resistencia inquebrantable de Lyssara, lanzó un ataque desesperado que ella esquivó por apenas un margen mínimo, respondiendo con una estocada calculada que, combinada con una canalización repentina de su afinidad de tierra, elevó una columna de roca bajo los pies de su oponente con fuerza suficiente para desequilibrarlo por completo, enviándolo al suelo con su propia espada cayendo fuera de su alcance. La columna de piedra se deshizo tan rápidamente como había surgido, dejando a Vycto tendido sobre el empedrado, con la respiración agitada y una mezcla de rabia e incredulidad en el rostro.
—Se acabó —dijo Lyssara, colocando la punta de su espada contra la garganta de Vycto, con la respiración agitada pero la determinación firme—. Ríndete, y quizás el Senado te ofrezca clemencia por tu papel en todo esto.
Vycto, sin embargo, esbozó una sonrisa que no encajaba en absoluto con la posición de derrota en la que se encontraba, una sonrisa que hizo que un escalofrío de alarma recorriera a Lyssara apenas un instante antes de que comprendiera la razón. Había algo en esa expresión, una satisfacción secreta que desmentía por completo la derrota física que acababa de sufrir, y Lyssara sintió que el estómago se le encogía con una aprensión repentina.
—El Senado no tendrá oportunidad de ofrecerme nada, capitana. Esta noche no se trataba de que ganáramos aquí, en este santuario insignificante. Se trataba de distraer la atención de Draxcan lo suficiente para que se completara la verdadera operación.
—¿Qué operación?
Pero antes de que Vycto pudiera responder, un nuevo sonido, considerablemente más aterrador que cualquiera de los combates dispersos que todavía se libraban por las calles del Distrito Original, resonó desde la dirección del Castillo Dracking: un rugido, el mismo que Kael había sentido resonar en su propio pecho horas antes, pero ahora considerablemente más cercano, más intenso, acompañado de una luz dorada que se elevaba sobre las torres del castillo como un segundo amanecer imposible. La luz se expandió hacia el cielo nocturno, atravesando la niebla como si esta no existiera, y por un instante, toda la ciudad pareció contener la respiración, soldados y atacantes por igual deteniendo sus combates para contemplar el fenómeno que desafiaba toda explicación racional.
En el interior del Castillo Dracking, Kael y Doren corrían hacia el Archivo Bajo con una urgencia que ninguno de los dos necesitaba explicar en voz alta, ambos comprendiendo, con una certeza instintiva, que la fuente de aquella luz dorada y aquel rugido imposible solo podía estar relacionada con la gema que dormía entre las estanterías más antiguas de la fortaleza. Los pasillos del castillo, ya caóticos por la movilización defensiva de la noche, se habían convertido en un laberinto de guardias corriendo en direcciones contradictorias, sirvientes gritando órdenes que nadie escuchaba, y sombras alargadas que la luz dorada del exterior deformaba de formas imposibles.
—¡Kael! —gritó Doren, mientras ambos descendían la escalera curva a toda velocidad, ignorando cualquier precaución habitual—. Sea lo que sea lo que está pasando ahí abajo, tienes que ser tú quien la enfrente primero. Si de verdad existe una conexión entre tu sangre y esa gema, tú eres quien tiene mayores posibilidades de comprenderla, o de controlarla, antes de que cause más daño del que ya ha causado.
Llegaron al Archivo Bajo encontrando una escena que ninguno de los dos habría podido imaginar en sus predicciones más extravagantes: la gema, ya no oculta bajo jirones de tela, flotaba suspendida en el aire sobre el lugar exacto donde había permanecido escondida durante décadas, irradiando una luz dorada intensa que iluminaba toda la galería con un resplandor que parecía provenir de un sol en miniatura, mientras un segundo rugido, todavía más poderoso que el anterior, hacía vibrar las propias paredes de piedra de la cámara subterránea. Las estanterías más cercanas a la gema se habían derrumbado, sus pergaminos y cajas esparcidos por el suelo, y el aire estaba cargado de una energía palpable que erizaba el vello de los brazos de Kael y hacía que su pecho vibrara con la misma resonancia que había sentido horas atrás en el callejón.