El alba llegó a Draxcan como llegaba siempre: lenta, gris y cargada de promesas que rara vez se cumplían.
Kael Kraxter atravesó la Puerta de los Sirvientes cuando las primeras luces apenas rozaban las torres del Castillo Dracking. Sus botas gastadas resonaban contra la piedra húmeda del corredor subterráneo, ese que conectaba la ciudad baja con las entrañas de la fortaleza. Conocía cada grieta, cada escalón desgastado por generaciones de sirvientes que habían recorrido el mismo camino antes que él. Su turno comenzaba antes que el de casi todos, y eso le gustaba. El castillo en silencio era un castillo honesto, sin máscaras ni susurros.
—Buenos días, Muchacho Fantasma —la voz de Marta, la cocinera jefe, retumbó entre las paredes de piedra cuando él entró en las cocinas.
Kael sonrió mientras colgaba su capa raída junto al fuego. Llevaba quince años escuchando ese apodo, desde que era un muchacho desgarbado que sobrevivió a una fiebre que debería haberlo matado.
—Buenos días, señora Marta. ¿Ha dormido bien?
—Estos huesos no duermen bien desde que el rey Kaziu era un muchacho imberbe —la anciana removía un caldero cuyo vapor olía a especias y carne curada—. ¿Y tú? ¿Sigues sin envejecer, mocoso?
Kael tomó la bandeja que le correspondía sin responder. No le gustaba hablar de su condición. Cuando tenía siete años, una fiebre voraz casi lo consume por dentro. Sus órganos se marchitaban como flores en invierno. Lo habría matado de no ser por la intervención de un sanador Elemens que le trasplantó tejido vivo de su propio cuerpo. Le salvó la vida, sí, pero también le robó algo: el derecho a envejecer como los demás humanos. Ahora, a sus veintiocho años, aparentaba apenas dieciocho. Las miradas de desconfianza lo perseguían como sombras.
Recorrió los pasillos del castillo con la bandeja en equilibrio perfecto, un arte que dominaba tras más de una década de práctica. El Castillo Dracking era una ciudad dentro de la ciudad, un laberinto de piedra blanca y mármol negro donde convivían las cinco razas de Draxcan: humanos, magos, elfos, Elemens y originales. Kael había aprendido a leer los gestos, los ropajes, los colores. Sabía cuándo un mago estaba de mal humor por cómo crepitaba el aire a su alrededor. Sabía cuándo un elfo consideraba que le estaban haciendo esperar demasiado. Sabía, sobre todo, cuándo dos nobles estaban a punto de matarse entre ellos con una sonrisa en los labios.
—Kael.
Se detuvo. La voz era suave pero firme, y la conocía bien.
—Señorita Lyssara.
Lyssara Rosmar emergió de una puerta lateral vistiendo el uniforme de los soldados rasos: cuero marrón, hombreras de acero sin adornos y una espada corta al cinto que ella llevaba como si pesara el doble de orgullo. Su cabello, de un tono cobrizo que parecía arder bajo la luz de las antorchas, estaba recogido en una trenza tensa que tiraba de sus facciones. Era bella, pero de una belleza afilada, incómoda, como un arma recién forjada que aún no ha encontrado su vaina.
—Buenos días —Kael inclinó ligeramente la cabeza.
—Vas al ala norte. ¿Llevas el desayuno del senador Demmler?
—No, hoy cubro el ala de invitados. El senador tiene el desayuno programado con el rey.
—Ah —Lyssara apretó los labios. Siempre hacía eso cuando algo no le gustaba—. Mi padre estará allí. El senador Rosmar. ¿Has oído algo? ¿Algún rumor en las cocinas?
—Señorita, yo sólo llevo bandejas.
—Tonterías. Llevas bandejas y escuchas. Todos en este castillo escuchan.
Kael sostuvo su mirada. Lyssara era apenas dos años menor que él, o al menos eso aparentaba. Como Elemens, envejecería lentamente, pero su vida estaba lejos de ser fácil. Ser hija de un senador y soldado raso al mismo tiempo era una contradicción que le pesaba en cada paso. Su padre deseaba que se dedicara a la política; ella soñaba con el campo de batalla.
—He oído que el rey quiere discutir la ampliación de la guardia fronteriza —dijo Kael en voz baja—. Y que el senador Rosmar se opone. Eso es todo.
—Mi padre se opone a todo lo que no beneficie directamente al distrito Elemens —murmuró ella, más para sí misma que para él—. Gracias, Kael. Eres más útil de lo que crees.
—Sólo soy un sirviente.
—Los sirvientes gobiernan este castillo tanto como el rey. Sólo que con menos aplausos.
Lyssara se marchó con paso marcial. Kael la observó unos segundos. Le gustaba Lyssara. Era de las pocas personas que no lo trataban con condescendencia ni desconfianza. Le hablaba como a un igual, aunque estuvieran en extremos opuestos de la jerarquía social. Quizás porque ella también sabía lo que era estar atrapada entre dos mundos.
El resto de la mañana transcurrió sin sobresaltos. Kael sirvió desayunos, recogió bandejas, anotó peticiones para la cena. En la habitación de un anciano mago de Vortham, encontró un pergamino enrollado bajo la cama. Lo dejó donde estaba. En el castillo aprendías pronto que mirar hacia otro lado era un arte de supervivencia.
Al mediodía, cuando las campanas del templo de los originales anunciaron la hora sexta, Kael se dirigió a las cocinas para el turno de comida. Fue entonces cuando lo vio.
Aren Elmer caminaba por el pasillo de los diplomáticos con una carpeta de cuero bajo el brazo. Kael lo había visto antes, siempre detrás de su padre, siempre observando. El muchacho Elmer tenía fama de inteligente, de esos que escuchan más de lo que hablan. Iba acompañado por otro joven de cabello oscuro y porte aristocrático al que Kael no reconoció.
—...y por eso mi padre dice que la propuesta de los elfos es un error —decía el acompañante—. Si cedemos el control de los puertos, perdemos la única ventaja que tenemos sobre Lythara.
—Kaedor —respondió Aren con voz tranquila—, tu padre piensa en términos de ventaja comercial. Los elfos piensan en términos de influencia política. No es lo mismo.
—La influencia política se compra con oro.
—No siempre. A veces se compra con silencio. O con información.