The King of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo III: El Diplomático y la Sombra

Tres días después de la tormenta, el sol despuntó sobre Draxcan con una timidez impropia de la estación. El verano se acercaba, pero las mañanas seguían siendo frías en la capital, como si el invierno se resistiera a soltar su presa. Los augures del distrito mago pronosticaban cosechas abundantes, pero los campesinos que llegaban a los mercados con sus carretas medio vacías no parecían compartir el optimismo.

Aren Elmer se despertó aquella mañana con la sensación de que algo importante iba a ocurrir. No era una premonición mística —los Elemens no poseían ese don, reservado a ciertos linajes de magos—, sino una conclusión lógica basada en los datos que había recopilado durante semanas. Las piezas se estaban moviendo en el tablero político de Draxcan, y él había aprendido a leer los patrones.

Su habitación en la residencia Elmer era pequeña pero cómoda, decorada con mapas antiguos y estanterías repletas de libros sobre derecho, economía e historia. Su padre siempre decía que un diplomático debía saber un poco de todo y mucho de nada, porque la especialización era una forma de ceguera. Aren había seguido ese consejo al pie de la letra. A sus diecinueve años, podía hablar de minería con los Elemens, de navegación con los elfos, de agricultura con los humanos y de teología con los originales. No era un experto en nada, pero era competente en todo. Y en el arte de la diplomacia, la competencia valía más que la excelencia.

Se vistió con esmero: túnica gris, botas de cuero sin adornos, el broche de plata con el emblema de los Elmer —un libro abierto bajo una balanza—. Su padre le había enseñado que la vestimenta era un mensaje silencioso. Demasiado lujo ofendía a los pobres; demasiada modestia despertaba sospechas entre los ricos. La clave estaba en el equilibrio, como en todo.

Bajó al comedor principal y encontró a su padre ya sentado a la mesa, leyendo un informe mientras desayunaba fruta y pan tostado. Loric Elmer era un hombre de costumbres fijas: se levantaba al alba, leía la correspondencia antes del desayuno, recibía visitas hasta el mediodía, almorzaba solo, trabajaba en sus informes durante la tarde y cenaba con su hijo al anochecer. Un día idéntico a otro, salvo cuando las crisis políticas alteraban la rutina.

—Buenos días, padre.

—Aren —Loric levantó la vista del informe—. Hoy tienes una reunión importante.

—¿Con quién?

—Con Kaedor Lasmec. Su padre me ha pedido que le muestres los archivos del Senado. Al parecer, el muchacho quiere entender cómo funciona el sistema antes de empezar sus estudios formales.

Aren se sirvió un poco de fruta y se sentó frente a su padre.

—Kaedor Lasmec —repitió el nombre con cuidado—. Su familia controla la mayor parte del comercio de hierro entre los Elemens y los humanos. Son ricos, influyentes y no particularmente leales a nadie.

—Exacto. Lo has resumido bien.

—¿Es un amigo o un enemigo?

Loric esbozó una sonrisa fina.

—En política, hijo, esa pregunta no tiene respuesta. Hoy puede ser un aliado; mañana, un adversario. Lo importante es que aprendas a tratarlo con cortesía sin revelar nada comprometedor. Muéstrale los archivos públicos, responde a sus preguntas con sinceridad cuando puedas y con ambigüedad cuando debas. Y, sobre todo, observa.

—Siempre observo, padre.

—Lo sé. Por eso te he asignado esta tarea.

Aren terminó de desayunar en silencio, repasando mentalmente todo lo que sabía sobre los Lasmec. Dorian Lasmec, el patriarca, era un comerciante que había amasado una fortuna considerable durante el reinado de Kaziu. Se decía que había financiado campañas militares y que había cobrado los favores con intereses. Su hijo Kaedor tenía veintiún años, fama de ambicioso y un expediente académico impecable. Demasiado impecable, según algunos rumores. En la Academia de Leyes, ciertos profesores susurraban que sus trabajos eran brillantes pero que su moral era flexible. Aren no sabía si creerlo. Los rumores eran el pan de cada día en Draxcan.

Salió de la residencia cuando el sol ya calentaba las calles. El distrito diplomático, donde vivían los Elmer y otras familias de rango similar, era una zona tranquila de calles adoquinadas y jardines bien cuidados. Las casas no eran tan ostentosas como las del distrito noble ni tan humildes como las del distrito humano. Era un barrio de clase media alta, habitado por funcionarios, comerciantes prósperos y diplomáticos de carrera. Gente que no gobernaba, pero que hacía funcionar el reino.

La Biblioteca Senatorial se alzaba al final de la avenida principal, un edificio circular de mármol blanco custodiado por dos estatuas de los Once Originales. Dentro, el silencio era casi religioso. Los estudiosos hablaban en susurros y los pasos resonaban con reverencia sobre los suelos de piedra pulida. Aren conocía bien el lugar; había pasado allí más horas que en su propia casa.

Kaedor Lasmec lo esperaba junto a la entrada principal. Era alto, de cabello oscuro peinado hacia atrás, con facciones angulosas y una sonrisa que parecía ensayada frente a un espejo. Vestía una túnica de color vino con bordados dorados, demasiado lujosa para una visita a los archivos. Quiere impresionar, pensó Aren. O quiere que lo subestimen. O ambas cosas.

—Maestro Elmer —saludó Kaedor con una inclinación de cabeza—. Es un honor. He oído hablar mucho de usted.

—El honor es mío, señor Lasmec. Y no soy maestro de nada, sólo un estudiante aplicado.

—La modestia es una virtud. Pero no se preocupe: también he oído que es usted el mejor analista político de su generación.

—Los halagos son peligrosos, señor Lasmec. Pueden hacer que uno se confíe.

Kaedor soltó una risa breve, controlada, perfectamente calibrada.

—Me gusta usted, Elmer. Vayamos a esos archivos. Mi padre dice que debo aprender, y yo siempre obedezco a mi padre.

Miente, pensó Aren. Pero miente bien.

Pasaron la mañana entre pergaminos y códices antiguos. Aren le mostró los archivos del Senado: actas de sesiones pasadas, registros de votaciones, tratados comerciales, acuerdos fronterizos. Kaedor hacía preguntas inteligentes, casi demasiado inteligentes. No eran las preguntas de un estudiante que quería aprender, sino las de un estratega que quería encontrar debilidades en el sistema.



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 04.07.2026

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