El Cuartel Central de Draxcan despertaba antes que el resto de la ciudad. Mucho antes de que los mercaderes abrieran sus puestos en la plaza principal, antes de que los eruditos se dirigieran a la Biblioteca Senatorial, incluso antes de que los sirvientes del castillo iniciaran sus turnos, los soldados ya estaban en formación, tiritando bajo el frío del amanecer y maldiciendo en silencio a los sargentos que les gritaban.
Lyssara Rosmar ocupaba su lugar en la tercera fila del patio de entrenamiento, con el escudo al brazo y la lanza de práctica en la mano derecha. Llevaba tres años en el ejército y aún no se había acostumbrado al frío de las mañanas. Los Elemens, por naturaleza, preferían el calor de las fraguas y el resplandor de los hornos. La humedad del amanecer se les metía en los huesos de una forma distinta, más profunda, como si el hierro de su sangre se oxidara con el rocío.
—¡Hoy practicamos combate real! —bramó el sargento Daven desde el centro del patio—. ¡Nada de formaciones bonitas ni coreografías de academia! ¡Quiero ver sudor, quiero ver sangre, quiero oír el ruido del metal chocando contra el metal! ¿Está claro?
—¡Sí, sargento! —rugieron los soldados al unísono.
—¡Más fuerte, parásitos! ¡No os oigo!
—¡SÍ, SARGENTO!
Daven asintió con una mueca que podía ser aprobación o desprecio. Era un hombre difícil de leer, tallado en cicatrices y músculos viejos, con una nariz que había sido rota tantas veces que ya no recordaba su forma original. Había combatido en tres guerras fronterizas y servido bajo cuatro reyes. Conocía el campo de batalla como un granjero conoce su tierra, y transmitía ese conocimiento a golpes.
—¡Parejas de combate! ¡Rosmar, usted con Gerik! ¡Al centro!
Lyssara suspiró para sus adentros. Gerik era un buen soldado, fuerte y leal, pero carecía de sutileza. Peleaba como un toro embistiendo un muro de piedra: con toda la fuerza y ninguna estrategia. Era precisamente el tipo de oponente que Daven le asignaba siempre. Para que aprendas a lidiar con la fuerza bruta, le había dicho una vez. Porque en el campo de batalla, la mitad de tus enemigos serán brutos y la otra mitad serán peores.
Ambos se colocaron en el centro del círculo que los demás soldados habían formado a su alrededor. Gerik sonrió con esa mezcla de confianza y suficiencia que tanto irritaba a Lyssara.
—¿Preparada para morder el polvo, Rosmar?
—Céntrate en tu guardia, Gerik. La tienes demasiado baja.
—No necesito guardia para ganarte.
—Eso mismo dijo el último.
Un murmullo de risas recorrió el círculo. Gerik enrojeció ligeramente y apretó la empuñadura de su espada de madera con más fuerza de la necesaria. Daven alzó la mano.
—¡Combate al primer contacto! ¡No quiero ver pausas ni miraditas! ¡Esto no es un baile! ¡Ya!
Gerik atacó primero, como siempre. Un golpe descendente con toda la fuerza de su brazo derecho, destinado a partir el escudo de Lyssara por la mitad. Pero ella ya lo esperaba. Giró sobre su pie izquierdo y dejó que el golpe resbalara por el borde del escudo, desviando la trayectoria sin oponer resistencia. Gerik perdió el equilibrio por un instante, y en ese instante, la punta de la lanza de Lyssara le golpeó el costado.
—¡Punto para Rosmar! —gritó Daven—. ¡Gerik, deje de regalarle el flanco como un idiota!
—No se lo he regalado —masculló Gerik, frotándose las costillas.
—¡Pues entonces se lo ha dejado abierto, que es peor! ¡Otra vez!
Volvieron a la posición inicial. Esta vez Gerik fue más cauteloso. Círculo, finta, intento de golpe bajo. Lyssara lo bloqueó con el escudo y respondió con un tajo horizontal que él desvió con dificultad. El intercambio se prolongó durante varios minutos, con el ruido sordo de la madera contra la madera como única banda sonora. Los demás soldados observaban en silencio, aprendiendo de los errores ajenos.
Finalmente, Gerik encontró una abertura. Una finta alta, un giro rápido, y su espada golpeó el muslo de Lyssara con fuerza suficiente para hacerla cojear.
—¡Punto para Gerik! —anunció Daven—. ¡Eso ha estado mejor, muchacho! ¡Rosmar, no baje el escudo cuando ataque o le pasará eso mismo con acero de verdad!
Lyssara asintió, apretando los dientes contra el dolor. La pierna le palpitaba, pero no pensaba cojear delante de sus compañeros. Los Elemens no cojeaban. Los Rosmar no cojeaban.
El combate continuó. Tres puntos más. Lyssara ganó dos; Gerik, uno. Al final, el sargento Daven les permitió descansar y ambos se retiraron a un banco junto al muro del patio, sudorosos y cubiertos de moretones.
—Casi me rompes las costillas —se quejó Gerik, bebiendo agua de su cantimplora.
—Casi me rompes la pierna. Estamos en paz.
—Tú siempre tan generosa.
—Tú siempre tan quejica.
Se miraron un segundo y luego rieron. Era una risa breve, contenida, de compañeros de armas que no necesitaban ser amigos para respetarse. Gerik se reclinó contra el muro y contempló el cielo que empezaba a clarear.
—¿Has oído los rumores? —preguntó en voz baja.
—¿Qué rumores?
—Dicen que el rey Kaziu está enfermo. Más enfermo de lo que aparenta. Que no llegará al próximo invierno.
Lyssara frunció el ceño. Había visto al rey en la sesión del Senado unos días atrás, y aunque caminaba con bastón y parecía cansado, no le había parecido un hombre al borde de la muerte.
—¿Quién lo dice?
—La gente. Los sirvientes, los comerciantes, los guardias de palacio. Ya sabes cómo funciona. Un susurro aquí, otro allá, y de repente todo el mundo habla de ello.
—El rey Kaziu ha estado enfermo otras veces. Siempre se recupera.
—Tiene setenta y cinco años, Rosmar. A esa edad, uno no se recupera. Sobrevive un poco más.
Lyssara no respondió. La idea de un trono vacío era demasiado peligrosa para contemplarla a la ligera. Kaziu no tenía hijos; su esposa había muerto en el parto del que habría sido su primogénito, y nunca volvió a casarse. Su única heredera legal era su hermana, la princesa Francesca. Y si Francesca llegaba al trono...