La primavera avanzaba sobre Draxcan con la lentitud de un anciano subiendo una escalera. Los días se alargaban, los árboles del Jardín Imperial florecían en tonos carmesí y dorado, y el mercado de la plaza principal rebosaba de productos traídos de todos los rincones del continente. Pero bajo aquella apariencia de prosperidad, las tensiones crecían como mala hierba entre las grietas del empedrado.
Aren Elmer había pasado las últimas tres semanas tejiendo una red de contactos que habría enorgullecido a cualquier diplomático veterano. No había sido fácil. Los nobles desconfiaban de un muchacho de diecinueve años, por muy brillante que fuera su expediente. Pero Aren tenía paciencia, y la paciencia era un arma subestimada en el arte de la política.
Aquella mañana había conseguido algo que ni su padre esperaba: una reunión privada con la senadora Illyana Cerevan.
La residencia de los Cerevan en Draxcan estaba en el distrito élfico, un barrio de jardines colgantes y fuentes de agua cristalina donde el ruido de la ciudad parecía desvanecerse como por encantamiento. Los elfos que vivían en la capital habían recreado un pedazo de su reino natal, Lythara, con árboles centenarios trasplantados mediante magia ancestral y edificios de madera viva que crecían en formas imposibles. Caminar por aquellas calles era como adentrarse en un sueño.
Un guardia de armadura plateada lo condujo hasta un salón interior decorado con tapices que narraban la historia de los elfos: la Gran Migración desde las Islas del Alba, la Fundación de Lythara, las Guerras de Unificación. Illyana Cerevan lo esperaba sentada en un sillón de mimbre trenzado, con una taza de infusión humeante entre las manos.
—Maestro Elmer —saludó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Debo confesar que su solicitud me sorprendió. No es habitual que un hijo de diplomáticos pida audiencia con una senadora.
—Agradezco que me haya recibido, senadora. Sé que su tiempo es valioso.
—El tiempo siempre es valioso, joven Elmer. Por eso le agradecería que fuera directo. ¿Qué desea?
Aren se sentó en el sillón que ella le indicó, frente a una mesa baja donde humeaban dos tazas de infusión. Aceptó una por cortesía, aunque el aroma dulzón de las hierbas élficas no era de su agrado.
—Quiero entender —dijo—. Llevo semanas observando el Senado, y hay algo que no encaja.
—¿Qué es lo que no encaja?
—Usted, senadora. Usted es la voz más firme a favor de la reforma de las leyes raciales. Lleva años defendiendo la derogación del Edicto de Separación. Pero en las últimas sesiones, sus propuestas han sido... menos ambiciosas. Más moderadas.
Illyana dio un sorbo a su infusión sin apartar la mirada de él.
—Continúe.
—Al principio pensé que era estrategia. Que estaba contemporizando para ganar apoyos. Pero luego la vi hablando con la princesa Francesca después de una sesión. Riendo juntas. Y la princesa es la principal opositora a cualquier reforma.
—¿Me ha estado espiando, maestro Elmer?
—Observando, senadora. Que es distinto.
Illyana soltó una risa breve, cristalina como el tintineo de una campanilla.
—Me gusta usted. Es joven, pero no es tonto. ¿Sabe cuántos jóvenes no tontos hay en esta corte?
—Muy pocos, imagino.
—Exacto. —Dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Así que voy a ser sincera con usted, Aren. ¿Me permite que le llame Aren?
—Por supuesto.
—La princesa Francesca me ha ofrecido algo que ningún otro miembro de esta corte me ha ofrecido jamás. Algo por lo que vale la pena moderar mis propuestas durante un tiempo.
—¿Qué le ha ofrecido?
—Apoyo. Cuando Kaziu muera —y morirá pronto, créame—, el trono quedará vacante. La princesa cree que lo heredará ella. Pero las leyes de sucesión no son tan simples. Hay interpretaciones, vacíos legales, antiguos derechos que nunca fueron abolidos del todo. Francesca necesitará aliados en el Senado para asegurar su posición. Y yo pienso ser una de esos aliados.
Aren procesó la información. Era más de lo que esperaba obtener. Mucho más.
—¿Y a cambio de su apoyo, ella derogará el Edicto de Separación?
—Entre otras cosas. Pero sí, ese es el acuerdo.
—¿Confía en que cumplirá su palabra?
Illyana sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa era afilada como un cuchillo.
—No soy ingenua, Aren. Sé que Francesca miente con la misma facilidad con la que respira. Pero por ahora, sus intereses y los míos coinciden. Cuando dejen de coincidir... bueno, entonces ya veremos.
—Es un juego peligroso.
—Todo juego lo es cuando la apuesta es el poder. —Se reclinó en su sillón y lo observó con curiosidad—. ¿Por qué ha venido a verme? No creo que sea simple curiosidad.
—Mi padre recibió un mensaje anónimo —confesó Aren—. Advertía sobre la princesa. Decía que está tejiendo una red de alianzas para hacerse con el poder.
—¿Y quiere saber si el mensaje es cierto?
—Quiero saber qué está pasando realmente en este reino. Y cómo afectará a mi familia.
Illyana guardó silencio unos segundos.
—Su familia es prudente —dijo al fin—. Eso está bien. La prudencia mantiene vivos a los diplomáticos. Pero la prudencia excesiva puede hacer que se queden atrás mientras otros avanzan. Francesca va a ganar, Aren. No sé si será buena reina, no sé si cumplirá sus promesas, pero va a ganar. Tiene contactos en todos los distritos, dinero suficiente para comprar voluntades y la determinación de quien no se detiene ante nada. Kaziu está viejo y cansado. El Senado está dividido. Y el pueblo... al pueblo le da igual quién se siente en el trono mientras el pan siga siendo barato.
—¿No hay nadie que pueda oponérsele?
—¿Quién? ¿Los Elemens? Maelt Rosmar es un hombre honorable, pero la honorabilidad no gana guerras políticas. ¿Los magos? Están demasiado ocupados con sus rencillas internas. ¿Los originales? Llevan siglos sin intervenir en nada. No, Aren. Francesca ha elegido el momento perfecto.