The King of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo VI: El Umbral

Durante tres días, Kael Kraxter no fue el mismo.

Cumplió con sus tareas en el castillo con la precisión mecánica de un autómata: servir desayunos, vaciar orinales, cambiar ropa de cama, fregar suelos. Marta, la cocinera jefe, le preguntó dos veces si se encontraba bien. Las dos veces Kael respondió que sí con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. La anciana no insistió. En el castillo, cada cual cargaba con sus propios fantasmas.

Pero los fantasmas de Kael eran distintos. Eran fantasmas de verdad: el espectro de un padre desconocido, el eco de un apellido que ahora resonaba con un significado ominoso, el peso de un medallón que ya no era sólo una reliquia familiar sino una prueba de algo que él no quería aceptar.

Kraxter.

Durante veintiocho años, aquel apellido no había significado nada. Era el apellido de su madre, una costurera humilde del distrito humano que trabajaba de sol a sol y nunca se quejaba. Un apellido vulgar, de esos que llenaban los registros parroquiales sin que nadie les prestara atención. Pero ahora Lyssara le había dicho que aquel apellido aparecía en pergaminos antiguos, sellado con una serpiente alada. El mismo símbolo de su medallón.

No podía ser cierto. No debía serlo.

Y sin embargo, algo en su interior le decía que lo era. Algo que había estado dormido durante casi tres décadas y que ahora despertaba con la fuerza de un río subterráneo rompiendo la superficie.

La tercera noche, Kael no pudo dormir. Se quedó sentado frente a la chimenea de su pequeña casa en la calle de los Toneleros, contemplando las brasas que se consumían lentamente. El medallón brillaba en su mano abierta, calentado por el contacto con su piel.

—¿Quién eres? —murmuró, como si el objeto pudiera responderle—. ¿Quién era mi padre? ¿Por qué nunca me lo dijiste, madre?

El silencio fue su única respuesta.

Al amanecer del cuarto día, tomó una decisión. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se vistió con sus mejores ropas —que no eran gran cosa, una túnica limpia y una capa sin remiendos—. Luego, por primera vez en su vida, se dirigió a los archivos del Primer Linaje.

El edificio se alzaba en el extremo más antiguo del distrito original, una construcción de piedra negra que parecía desafiar las leyes del tiempo. Mientras el resto de Draxcan había evolucionado, modernizándose con cada reinado, los archivos permanecían igual que el día de su fundación. No había ventanas, sólo antorchas que ardían con una llama azulada y perpetua. No había guardianes visibles, aunque se decía que los propios muros protegían el edificio contra intrusos.

Kael atravesó el umbral con el corazón latiéndole en la garganta.

El interior era un laberinto de estanterías que se elevaban hasta perderse en la penumbra del techo abovedado. El olor a pergamino antiguo y cera quemada impregnaba el aire. En el centro de la sala principal, un anciano original de espalda encorvada trabajaba sobre un manuscrito iluminado.

—Perdone —dijo Kael con voz temblorosa—. Busco información sobre un apellido. Kraxter.

El anciano levantó la vista. Sus ojos grises, nublados por la edad, se clavaron en Kael con una intensidad que desmentía su fragilidad aparente.

—¿Kraxter? —repitió el nombre como si paladeara una fruta prohibida—. Hace mucho tiempo que nadie pregunta por ese apellido.

—¿Lo conoce?

—Conozco todos los apellidos que están en estos archivos, muchacho. Para eso me pagan. —El anciano se ajustó las gafas sobre la nariz y entrecerró los ojos—. ¿Quién eres tú?

—Me llamo Kael. Kael Kraxter.

El silencio que siguió fue tan denso que Kael pudo sentirlo presionándole el pecho. El anciano palideció ligeramente, aunque su rostro curtido por siglos de vida disimulaba bien las emociones.

—Kraxter —repitió—. ¿Hijo de...?

—Mi madre se llamaba Mera. Mera Kraxter. Era costurera.

—¿Y tu padre?

—No lo conocí. Mi madre nunca habló de él.

El anciano se puso en pie con una agilidad sorprendente para su edad aparente. Caminó hacia una de las estanterías laterales y extrajo un volumen encuadernado en cuero negro, cuyas páginas crujieron al ser abiertas.

—Los Kraxter fueron una de las familias más importantes de Draxcan —dijo mientras pasaba las páginas—. Estuvieron entre los Once Originales que fundaron el reino. Gobernaron durante tres siglos, hasta que la línea principal se extinguió. Oficialmente, al menos.

—¿Oficialmente?

—Oficialmente —repitió el anciano, buscando algo en el libro—. Porque siempre hay ramas laterales. Hijos bastardos. Descendientes secretos. Los linajes reales rara vez desaparecen del todo. Simplemente... se esconden.

Encontró lo que buscaba y colocó el libro abierto sobre la mesa. Kael se acercó y contempló un árbol genealógico dibujado con tinta dorada. En la cima, un nombre que reconoció por las leyendas que se contaban en las tabernas: Aldric Kraxter, Primer Rey de Draxcan. Las ramas se extendían hacia abajo, bifurcándose en decenas de nombres que se perdían en los márgenes de la página.

—Aquí —dijo el anciano, señalando una de las ramas más bajas—. ¿Ves este nombre? Eldrin Kraxter. Fue el último rey de la dinastía. Murió sin herederos reconocidos, pero los registros mencionan a una hermana menor. Lyanna Kraxter. Según las crónicas, murió en la epidemia de peste que asoló la capital hace ochenta años. Pero no hay registro de su muerte. No hay tumba, no hay certificado. Simplemente... desapareció.

—¿Qué está insinuando?

El anciano miró a Kael directamente a los ojos.

—Estoy insinuando que quizás no murió. Que quizás tuvo descendencia. Y que quizás tú, Kael Kraxter, eres el último eslabón de esa cadena.

Kael sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se agarró al borde de la mesa para no caer.

—Eso no es posible. Mi madre era costurera. Yo soy un sirviente. No puedo ser...

—La sangre no entiende de oficios, muchacho. La sangre es sangre. Y la tuya, si mis cálculos son correctos, es la sangre de los reyes.



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 04.07.2026

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