La convocatoria llegó al amanecer, como llegaban siempre las malas noticias: sin aviso, sin ceremonia, con la urgencia de quien sabe que el tiempo es un lujo que ya no puede permitirse.
Un paje real con librea carmesí llamó a la puerta de la residencia Elmer cuando el sol apenas despuntaba sobre los tejados. Loric Elmer recibió el mensaje en persona, leyó el sello de lacre con el emblema del rey —un dragón rampante sobre un campo de estrellas— y despertó a su hijo sin molestarse en disimular la preocupación.
—El rey convoca un Consejo de los Cinco —dijo, tendiéndole el pergamino a Aren—. En dos horas. Quiere que asistas conmigo.
Aren se incorporó en la cama, aún aturdido por el sueño. Un Consejo de los Cinco no se convocaba desde hacía más de una década. Era un órgano extraordinario, reservado para crisis de estado. La última vez que se había reunido fue durante la hambruna del año treinta y siete, cuando las cosechas se perdieron y los reinos vecinos amenazaron con invadir las fronteras.
—¿Tan grave es la situación? —preguntó Aren mientras se vestía apresuradamente.
—Peor de lo que imaginaba. —Loric se ajustó el broche de la familia, el libro abierto bajo la balanza—. Al parecer, la princesa ha hecho un movimiento. Un movimiento que nadie esperaba.
—¿Qué clase de movimiento?
—Ha presentado una moción en el Senado para crear el cargo de Regente Interino. Oficialmente, para asistir al rey en sus funciones. Extraoficialmente, para arrebatarle el poder antes de que muera.
—¿Y los senadores la apoyan?
—Algunos sí. Los suficientes para que la moción prospere si no hacemos algo. De ahí la convocatoria. El rey quiere frenarla. Pero está viejo, Aren. Y cansado. No sé si tendrá fuerzas.
Salieron de la residencia bajo una llovizna fina que empapaba las calles sin hacer ruido. El Castillo Dracking se alzaba ante ellos como un gigante de piedra, sus torres perforando las nubes bajas. Los guardias de la Puerta Principal les franquearon el paso sin dilación; el sello real en el pergamino de convocatoria era un pasaporte que abría todas las puertas.
El Consejo de los Cinco se reunía en la Sala del Dragón, una cámara circular en el corazón del torreón principal. Cinco asientos de piedra negra rodeaban una mesa de obsidiana pulida donde antaño se habían decidido los destinos de reinos enteros. Cada asiento representaba a uno de los distritos fundacionales: humano, mago, elfo, Elemens y original. Hoy, cuatro de ellos estaban ocupados. El quinto, el de los originales, seguía vacío, como llevaba décadas.
El rey Kaziu ocupaba un trono elevado en el centro de la sala, flanqueado por dos guardias de la Guardia Real con armaduras completas y espadas desenvainadas. Su rostro, surcado de arrugas, mostraba la fatiga de quien ha gobernado demasiado tiempo. Pero sus ojos conservaban el brillo de la inteligencia, y su voz, cuando habló, resonó con la firmeza de antaño.
—Agradezco vuestra presencia —comenzó—. Sentaos, por favor. No estamos aquí para ceremonias.
Los cuatro senadores principales ocuparon sus asientos. Maelt Rosmar por los Elemens, con el ceño fruncido y las manos apoyadas sobre la mesa como si estuviera a punto de levantarse. Illyana Cerevan por los elfos, con su eterna sonrisa enigmática. Garrick Holm por los humanos, sudoroso y nervioso, bebiendo agua constantemente de una copa que temblaba en su mano. Y Vexim Thal, el representante de los magos, un hombre delgado de barba canosa que no había pronunciado más de diez palabras en las últimas tres sesiones del Senado.
Detrás de cada senador, en segunda fila, se sentaban sus asesores. Aren ocupó su lugar detrás de su padre, junto a otros diplomáticos de menor rango. En la penumbra de la sala, distinguió una figura que no esperaba ver: Kaedor Lasmec, de pie junto a la columna más alejada, observando la escena con los brazos cruzados. Su presencia era irregular —no era senador ni asesor oficial—, pero nadie parecía dispuesto a cuestionarla.
—Habéis oído hablar de la moción —dijo el rey Kaziu—. Supongo que no necesito explicaros lo que significa.
—Significa que vuestra hermana quiere gobernar en vuestro nombre —respondió Maelt Rosmar sin rodeos—. Y que cuenta con los apoyos necesarios para conseguirlo.
—¿Qué apoyos? —preguntó Holm, el senador humano—. Yo no he dado mi voto.
—Pero otros sí —intervino Illyana Cerevan con suavidad—. La princesa ha sido muy persuasiva. Ha prometido cosas a mucha gente.
—¿Qué clase de cosas? —inquirió Vexim Thal, el mago, hablando por primera vez. Su voz era un susurro seco, como el roce de un pergamino viejo.
—A los humanos, rebajas de impuestos —enumeró Illyana—. A los magos, más autonomía para la Academia Arcana. A los elfos... —sonrió—, bueno, a los elfos nos ha prometido cosas que prefiero no revelar en este consejo.
—Está comprando votos —sentenció Maelt—. Como se ha hecho siempre. La diferencia es que esta vez lo hace abiertamente, sin disimulos. Porque sabe que el tiempo juega a su favor.
El rey Kaziu alzó una mano para imponer silencio. El esfuerzo de aquel gesto era visible en el temblor de sus dedos.
—No os he convocado para que me contéis lo que ya sé. Os he convocado porque necesito una solución. Francesca es mi hermana. La crié desde que era una niña. La quiero... a mi manera. Pero no confío en ella. Si consigue la regencia, no se limitará a administrar el reino en mi nombre. Lo usará para consolidar su poder. Y cuando yo muera...
—Cuando muráis, majestad, el trono será suyo —completó Illyana—. A menos que aparezca un heredero con más derechos.
Un silencio espeso cayó sobre la sala. Aren sintió que todos los presentes contenían la respiración al mismo tiempo. La senadora élfica acababa de mencionar lo que nadie se atrevía a decir en voz alta: la existencia de un posible heredero alternativo.
—¿A qué os referís, senadora? —preguntó Vexim Thal.
—A nada. Sólo especulaba.