El cuerpo de Thamior fue descubierto al amanecer por uno de sus ayudantes, un joven original llamado Lian que llevaba apenas tres meses trabajando en los archivos. El muchacho entró en la sala principal con su habitual bandeja de infusiones —Thamior siempre desayunaba té de hierbas amargas mientras revisaba los pergaminos pendientes— y encontró al anciano desplomado sobre la mesa, con un hilo de sangre seca manándole de la comisura de los labios y una herida de arma blanca en la espalda.
El grito de Lian resonó por todo el edificio y llegó hasta la calle, donde un guardia de la ronda matutina lo escuchó y dio la alarma. En menos de una hora, la noticia había recorrido el castillo entero. El guardián de los archivos del Primer Linaje había sido asesinado.
Kael se enteró mientras servía el desayuno en el ala de invitados. Una doncella pasó corriendo por el pasillo, con el rostro desencajado, y soltó la noticia a quien quiso escucharla. La bandeja tembló en las manos de Kael. Tuvo que apoyarla contra la pared para no dejarla caer.
Thamior. El anciano que le había revelado la verdad sobre su linaje. El único que conocía todos los detalles, todas las pruebas, todos los nombres. Muerto.
No era una coincidencia. No podía serlo.
—¿Te encuentras bien, muchacho? —preguntó un guardia al verlo pálido.
—Sí... sí, sólo... un mareo. Ya se me pasa.
Terminó su turno como pudo, con la mente en blanco y las manos temblorosas. En cuanto tuvo un momento libre, buscó a Lyssara. La encontró en el patio de entrenamiento, practicando con su escudo contra un poste de madera acolchado. El golpeteo rítmico resonaba en el patio vacío.
—Lyssara.
Ella se detuvo al escuchar su voz. Algo en el tono de Kael la alertó de inmediato.
—¿Qué ha pasado?
—Thamior. El bibliotecario. Lo han matado.
—Lo sé. Lo hemos oído en el cuartel. —Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Dicen que fue un robo. Que alguien entró a los archivos a saquear pergaminos valiosos.
—No fue un robo —dijo Kael bajando la voz—. Thamior era el guardián de los archivos del Primer Linaje. Él fue quien me contó la verdad sobre mi familia. Él ayudó a mi abuela a escapar. Y ahora está muerto.
Lyssara dejó caer la espada de práctica. El ruido del metal contra el suelo resonó como un badajo.
—Estás diciendo que lo mataron por tu culpa.
—No. Estoy diciendo que lo mataron por la verdad. Y que nosotros podemos ser los siguientes.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé. Pero puedo imaginarlo. —Kael tragó saliva—. Anoche, cuando volvía a casa, la princesa Francesca me estaba esperando. Me ofreció su protección. Dijo que quería ayudarme a reclamar el trono. Quería que la apoyara.
—¿Y tú?
—Le dije que lo pensaría. No me atreví a rechazarla abiertamente. Pero ella sabía que no confiaba en ella. Y esta mañana, Thamior aparece muerto. No es una coincidencia.
Lyssara maldijo entre dientes. Conocía a la princesa lo suficiente para saber que era capaz de ordenar un asesinato sin pestañear. Pero matar a un anciano bibliotecario... eso requería un grado de desesperación que no esperaba.
—Tenemos que avisar a mi padre —dijo—. Él sabrá qué hacer.
—¿Tu padre? ¿El senador Rosmar?
—Él también lo sabe, Kael. Sabe quién eres. Lleva días investigando. Creo que Thamior le envió un mensaje antes de morir.
Kael sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Cuanta más gente conocía su secreto, más peligro corría. Y sin embargo, ya no podía dar marcha atrás.
—Está bien —cedió—. Hablaré con tu padre. Pero tiene que ser en secreto. Si la princesa descubre que estamos conspirando...
—Lo sé. Esta noche. En mi casa. Yo me encargaré de que no haya testigos.
Kael asintió. No le gustaba aquello. No le gustaba nada. Pero ya no era un sirviente anónimo que podía permitirse el lujo de ignorar la política.
Ahora era una pieza en el tablero.
Y las piezas que no se movían eran las primeras en caer.
Aquella misma mañana, en la residencia de los Elmer, Aren recibió la noticia del asesinato con una mezcla de consternación y fascinación. Consternación por la muerte de un inocente; fascinación porque aquel crimen confirmaba todas sus sospechas.
—Thamior —dijo a su padre mientras desayunaban—. Era el guardián de los archivos del Primer Linaje. Uno de los pocos originales que aún mantenía contacto con el resto de los distritos. Y ahora está muerto.
—¿Crees que tiene que ver con lo que hablamos? —preguntó Loric, dejando su taza de infusión sobre la mesa.
—Estoy seguro. Thamior sabía algo sobre los Kraxter. Algo que alguien quería mantener en secreto. La pregunta es: ¿quién ha dado la orden?
—Francesca —respondió Loric sin dudar—. Es la única con motivos para silenciarlo.
—Yo no estaría tan seguro. La princesa es ambiciosa, pero no es estúpida. Matar a un anciano bibliotecario es un riesgo enorme. Si la descubren, pierde todo el apoyo que ha conseguido en el Senado.
—Entonces quizás no ha sido ella. Quizás ha sido alguien que quiere que parezca que ha sido ella.
Aren se quedó pensativo. Aquella posibilidad no se le había ocurrido. Si alguien quería incriminar a la princesa, el asesinato de Thamior era el crimen perfecto.
—Kaedor Lasmec —dijo de repente.
—¿Qué pasa con él?
—Ayer, en el Consejo de los Cinco, me ofreció su ayuda para frenar a Francesca. Dijo que prefería un rey débil a una regente fuerte. Pero si él está detrás de esto... si él ha matado a Thamior para que la culpa recaiga sobre la princesa...
—Entonces es más peligroso de lo que imaginábamos.
Aren se levantó de la mesa. Ya no tenía hambre.
—Voy a investigar. Con discreción.
—Ten cuidado. Si Kaedor está involucrado, no dudará en matarte si te interpones en su camino.
—Lo sé. Pero si no averiguo la verdad, nunca sabremos quién es aliado y quién es enemigo. Y en esta corte, esa ignorancia puede ser mortal.