The King of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo IX: La Danza de los Senadores

El día de la votación amaneció despejado, como si el clima se hubiera puesto de acuerdo con el destino para subrayar la importancia de la jornada. El sol de primavera bañaba las torres del Castillo Dracking con una luz dorada que hacía brillar los estandartes de los cinco distritos, alineados en la fachada del Gran Salón Circular como centinelas silenciosos de una ceremonia que definiría el futuro del reino.

Kael Kraxter se despertó aquella mañana con un nudo en el estómago. No era la primera vez que la ansiedad le robaba el apetito, pero esta vez era diferente. Esta vez no se trataba de un problema personal, de una deuda pendiente o de una reprimenda de algún superior. Esta vez se trataba del destino de Draxcan.

Se vistió con su uniforme de sirviente —la túnica gris, las botas gastadas, el delantal de lona— y se dirigió al castillo por el camino de siempre. Pero nada era igual. Las calles estaban más concurridas de lo habitual, llenas de ciudadanos que comentaban la votación en corrillos improvisados. Los mercaderes habían cerrado sus puestos para asistir a la sesión pública. Incluso los mendigos que solían pedir limosna junto a la Puerta de los Sirvientes se habían congregado frente al hemiciclo, esperando escuchar noticias de boca de los pregoneros.

—Hoy se decide todo —oyó decir a un panadero—. Si la princesa gana, esto se va al infierno.

—Y si pierde, también —respondió su interlocutor, un herrero de anchas espaldas—. En Draxcan, gane quien gane, los de siempre pagamos los platos rotos.

Kael pasó de largo sin detenerse. Aquellas palabras le recordaron algo que Marta, la cocinera, solía repetir: "La política es como una tormenta: los nobles se mojan los pies, pero los pobres se ahogan."

En las cocinas del castillo reinaba un caos controlado. Marta dirigía a su equipo con la precisión de un general en vísperas de batalla, repartiendo órdenes a diestro y siniestro mientras removía un caldero cuyo contenido olía a especias y carne estofada.

—¡Muchacho Fantasma! —gritó al verlo entrar—. Hoy no hay turno de servicio. El rey ha ordenado que todos los sirvientes no esenciales tengáis el día libre. Quiere que el castillo esté vacío durante la votación, por seguridad.

—¿Por seguridad?

—Dicen que hay amenazas de disturbios. Si la princesa pierde, sus partidarios podrían causar problemas. Y si gana... —Marta se encogió de hombros—, entonces quizás los problemas sean peores.

Kael asintió. Un día libre. En circunstancias normales, lo habría agradecido. Pero hoy, quedarse en casa significaba quedarse a oscuras, sin saber qué ocurría en el hemiciclo. Y él necesitaba saber. Necesitaba verlo con sus propios ojos.

—Señora Marta, ¿cree que podría colarme en la galería de servicio? La del tercer piso. Esa a la que sólo acceden los sirvientes.

La anciana lo miró con suspicacia.

—¿Y para qué quieres tú ver la sesión? Tú nunca te has interesado por la política.

—Digamos que hoy tengo un interés personal.

Marta soltó un resoplido que podía ser risa o resignación.

—Está bien. Pero no te metas en líos. Y si alguien te pregunta, no me conoces.

—Gracias, señora Marta.

—No me las des. Y llévate un trozo de pan. Estás más pálido que un muerto.

El Gran Salón Circular estaba abarrotado. Las cinco secciones del hemiciclo relucían bajo la luz de los candelabros mágicos que flotaban cerca del techo abovedado, y el murmullo de las conversaciones creaba una sinfonía caótica que resonaba contra las paredes de mármol. En la sección humana, los senadores discutían acaloradamente; en la élfica, Illyana Cerevan conversaba en voz baja con sus asesores, con una sonrisa enigmática que no revelaba nada; en la Elemens, Maelt Rosmar revisaba unos documentos con el ceño fruncido, ajeno al bullicio; en la maga, Vexim Thal permanecía inmóvil como una estatua, con las manos entrelazadas sobre el regazo; y en la original, el asiento vacío era un recordatorio silencioso de la muerte de Thamior y de la desidia de un distrito que llevaba décadas sin participar en los asuntos del reino.

En la galería de servicio del tercer piso, oculta tras una celosía de madera, Kael observaba la escena con el corazón acelerado. A su lado, dos doncellas cuchicheaban sobre los senadores como si comentaran los pormenores de una obra de teatro.

—Mira a la elfa —decía una—. Siempre tan sonriente. Dicen que ha vendido su voto al mejor postor.

—Y el mejor postor es la princesa —respondió la otra—. Ha prometido a los elfos el control de los puertos del sur. Si eso pasa, los humanos nos quedamos sin comercio.

—¿Y qué más da? Los humanos siempre nos quedamos sin algo.

Kael las escuchaba a medias. Su atención estaba fija en el centro del hemiciclo, donde el trono del rey se alzaba sobre una plataforma de mármol. Kaziu aún no había llegado. Se decía que su salud se deterioraba por momentos, que apenas podía caminar sin ayuda. Pero mientras el rey viviera, su presencia era obligatoria en las votaciones importantes.

Un toque de trompeta anunció la llegada del monarca. Todos los presentes se pusieron en pie mientras Kaziu entraba en el salón, apoyado en su bastón y flanqueado por dos guardias reales. Su rostro estaba más pálido que nunca, y sus pasos eran lentos, vacilantes. Pero cuando se sentó en el trono, su mirada seguía siendo la de un hombre que no se dejaba amedrentar.

Detrás de él, ocupando un asiento que técnicamente no le correspondía, entró la princesa Francesca. Vestía de azul oscuro con bordados dorados, y su expresión era la de un jugador de ajedrez que acaba de mover su pieza favorita.

—Se abre la sesión —anunció el canciller, golpeando el suelo con su bastón ceremonial—. Hoy se somete a votación la moción presentada por Su Alteza la princesa Francesca para la creación del cargo de Regente Interino del Reino de Draxcan. Se recuerda a los presentes que la votación es nominal y que cada senador deberá pronunciar su voto en voz alta.



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 07.07.2026

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