Pasaron dos semanas. Dos semanas de calma tensa, de susurros en los pasillos, de miradas furtivas y reuniones clandestinas. El verano se instaló definitivamente sobre Draxcan, trayendo consigo un calor sofocante que derretía el alquitrán de los tejados y hacía brillar las cúpulas de los templos como espejos ardientes. Los mercados bullían de actividad, los campesinos vendían sus cosechas tempranas y los niños se bañaban en las fuentes públicas para escapar del bochorno. Todo parecía normal. Todo parecía en paz.
Pero era una paz de mentira, una fina capa de hielo sobre un río turbulento. Bajo la superficie, las conspiraciones avanzaban.
Kael Kraxter había vuelto a su rutina de sirviente, aunque la palabra "rutina" ya no significaba lo mismo. Cada bandeja que llevaba, cada pasillo que recorría, cada noble al que servía, todo estaba teñido por la conciencia de quién era realmente. Se descubría a sí mismo observando los rostros de los senadores con otros ojos, preguntándose cuáles de ellos habrían conocido a su abuela, cuáles habrían conspirado contra su familia, cuáles estarían dispuestos a apoyarle si la verdad salía a la luz.
Una noche, mientras cenaba un plato de estofado en la taberna del Soldado Cansado, Lyssara se sentó frente a él sin pedir permiso. Llevaba el uniforme de soldado, pero sus hombreras ya no eran las de una recluta. Había sido ascendida a cabo primera, un rango modesto pero que le permitía moverse con más libertad por el castillo.
—Te he estado buscando —dijo—. Mi padre quiere verte. Esta noche.
—¿Otra reunión? Llevamos tres esta semana.
—Esta es distinta. Ha encontrado algo. Algo importante.
Kael dejó la cuchara sobre la mesa y la miró con atención. Los ojos verdes de Lyssara, siempre tan seguros, mostraban hoy una sombra de inquietud que no le había visto antes.
—¿Qué ha encontrado?
—No quiso decírmelo por carta. Sólo dijo que era mejor que lo vieras con tus propios ojos.
—Eso no suena tranquilizador.
—No lo es.
Terminaron la cena en silencio y salieron juntos a la noche. Las calles estaban más oscuras de lo habitual; varias farolas se habían apagado por falta de aceite, y los guardias de la ronda nocturna brillaban por su ausencia. Mientras caminaban hacia la residencia de los Rosmar, Kael tuvo la incómoda sensación de que alguien los seguía. Se giró dos veces, pero sólo vio sombras y portales vacíos.
—¿Estás bien? —preguntó Lyssara.
—Creo que nos vigilan.
—Lo sé. Llevan siguiéndonos desde la taberna. Son agentes de la princesa. Pero no harán nada mientras estemos juntos. Todavía no se atreven a atacar abiertamente.
—Qué tranquilizador.
Lyssara esbozó una sonrisa torcida y apretó la empuñadura de su espada.
—No te preocupes. Si intentan algo, se arrepentirán.
Maelt Rosmar los esperaba en su estudio, como siempre. Pero esta vez no estaba solo. Junto a él, sentado en un sillón de cuero desgastado, había un hombre que Kael no había visto nunca. Un hombre de mediana edad, con el cabello canoso y el rostro surcado de arrugas prematuras, vestido con la túnica raída de un erudito de segunda fila. Sus manos temblaban ligeramente, y sus ojos denotaban la inquietud de quien lleva demasiado tiempo guardando un secreto.
—Kael —dijo Maelt—, te presento a Aldric Venn. Fue ayudante de Thamior durante quince años. Él estaba en los archivos la noche que mataron al bibliotecario.
El hombre llamado Aldric se puso en pie e inclinó la cabeza con deferencia.
—Es un honor, señor Kraxter. O debería decir... alteza.
—No me llames alteza —respondió Kael con sequedad—. ¿Qué sabes de la muerte de Thamior?
Aldric tragó saliva. Sus manos temblaban con más fuerza.
—Sé quién lo mató. Lo vi. Estaba escondido detrás de una estantería cuando entraron. Eran dos hombres, con capuchas negras. Pero uno de ellos se quitó la capucha antes de... antes de clavarle el cuchillo. Lo reconocí.
—¿Quién era?
—Un hombre llamado Corvin. Trabaja para la princesa Francesca. Es uno de sus agentes personales, de los que se encargan de los trabajos sucios. Lo he visto otras veces en el castillo, rondando por los pasillos de noche.
—¿Por qué no has hablado antes? —intervino Lyssara—. ¿Por qué no fuiste a la guardia?
—Por miedo —admitió Aldric—. Si la princesa descubre que soy un testigo, me matará. Mató a Thamior sin pestañear; ¿qué creéis que me haría a mí? He estado escondido desde entonces, viviendo en los sótanos del archivo, sin atreverme a salir. Pero cuando supe que el senador Rosmar estaba investigando... supe que tenía que contarlo.
Maelt asintió gravemente.
—Aldric no es el único testigo. He encontrado a otros. Antiguos sirvientes que trabajaron para la princesa y que fueron despedidos sin explicación. Todos cuentan lo mismo: Francesca lleva años construyendo una red de agentes secretos. Ha estado espiando a los senadores, chantajeando a los comerciantes, sobornando a los jueces. Es una conspiración a gran escala.
—¿Y qué hay de los Kraxter? —preguntó Kael—. ¿Qué sabe ella sobre mi familia?
Maelt tomó un pergamino enrollado de su escritorio y lo extendió sobre la mesa. Era el mismo que Thamior había enviado antes de morir: el árbol genealógico de los Kraxter.
—La princesa sabe que el linaje sobrevivió. Sabe que hay un heredero vivo. Pero no sabe quién eres. Al menos, no con certeza. Está investigando, buscando pistas. Por eso Thamior murió: para que no pudiera revelar tu identidad.
—Pero si ella ya sabe que existo...
—Sabe que existes, pero no dónde encontrarte. Eso nos da una ventaja. Pequeña, pero ventaja al fin y al cabo.
Kael se dejó caer en una silla. La cabeza le daba vueltas. Aquello era demasiado. Demasiada información, demasiadas conspiraciones, demasiada muerte.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó con voz cansada—. ¿Presentarme ante el Senado y decir: "Hola, soy el heredero perdido, devuélvanme mi trono"?