The King of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo XI: El Anillo de Lyanna

Kael regresó a su casa cuando las campanas del templo marcaban la medianoche. Las calles estaban desiertas, salvo por algún perro callejero que escarbaba en los montones de basura y algún borracho que dormía la mona en los portales. La nota que había dejado en la residencia de los Rosmar seguía en su sitio; Lyssara no la había visto aún, o quizás no había regresado del cuartel. Fuera como fuese, Kael agradeció no tener que dar explicaciones.

Cerró la puerta con llave, encendió la chimenea y se sentó frente al fuego con el anillo de su abuela en la palma de la mano. La serpiente alada, el emblema de los Kraxter, brillaba con un fulgor dorado que parecía absorber la luz de las llamas. Era un objeto hermoso y terrible a la vez, como todo lo que estaba descubriendo sobre su familia.

Lo deslizó en su dedo anular. Encajaba perfectamente, como si hubiera sido forjado para él.

—Lyanna Kraxter —murmuró, pronunciando el nombre de su abuela por primera vez en voz alta—. ¿Quién fuiste? ¿Por qué tuviste que morir?

El fuego no respondió. Pero mientras Kael contemplaba las llamas, una idea empezó a tomar forma en su mente. El anciano Oren le había dicho que la conspiración venía de lejos, de los tiempos de su bisabuelo. Si quería descubrir al verdadero enemigo, tenía que remontarse más atrás. Mucho más atrás.

Se levantó y sacó el medallón de su escondite bajo la tabla suelta del suelo. Lo colocó junto al anillo, sobre la mesa. Dos piezas del mismo rompecabezas. Dos reliquias de una familia que había sido borrada de la historia.

Y luego, por primera vez, desenrolló el pergamino que Thamior le había dado semanas atrás. El que había guardado sin abrir por miedo a lo que pudiera contener.

La tinta estaba desvaída por el tiempo, pero el texto era legible. Era una carta, escrita con una caligrafía elegante y temblorosa:

"A mi nieto, si es que algún día llegas a existir:

Me llamo Lyanna Kraxter, y soy la última hija legítima de la casa real de Draxcan. Te escribo estas palabras en la clandestinidad, escondida como una rata mientras los asesinos de mi hermano me buscan para terminar lo que empezaron.

No sé si viviré lo suficiente para verte nacer. No sé si mi hija Mera sobrevivirá al parto, ni si tú llegarás a la edad adulta. Pero si estás leyendo esto, significa que de alguna manera lo hemos conseguido. Significa que la sangre de los Kraxter sigue viva.

Quiero que sepas la verdad, aunque la verdad sea dolorosa. La verdad es que nuestra familia fue traicionada. No por enemigos externos, no por reinos rivales, sino por alguien dentro de nuestra propia corte. Alguien en quien mi hermano Eldrin, el rey, confiaba ciegamente.

No sé su nombre. Sólo sé que pertenece a una de las familias nobles que aún hoy gobiernan Draxcan. Una familia que codiciaba el trono y que, durante generaciones, ha estado eliminando a todo aquel que pudiera reclamarlo.

Si quieres encontrarlo, busca en los registros del Consejo de los Cinco. Busca el acta de la sesión del año 847 de la Era de la Unificación. Allí encontrarás la primera traición. La que lo empezó todo.

Y cuando lo encuentres, no actúes por venganza. La venganza es un veneno que destruye a quien lo bebe. Actúa por justicia. Por el recuerdo de los que cayeron. Por el futuro de los que están por venir.

Con todo mi amor,
Lyanna Kraxter
Escrita en el décimo año de mi exilio, bajo la protección de los dioses."

Kael leyó la carta tres veces. Cuando terminó, las lágrimas le corrían por las mejillas sin que pudiera evitarlo. No eran lágrimas de tristeza, o no sólo. Eran lágrimas de rabia, de impotencia, de un dolor que había estado enterrado durante décadas y que ahora brotaba como un manantial envenenado.

Su abuela no había muerto de peste. La habían asesinado. Como a su tío abuelo, el rey Eldrin. Como a todos los Kraxter que habían osado reclamar lo que era suyo.

Y el responsable no era la princesa Francesca. Bueno, quizás ella fuera parte de la conspiración, pero no era la mente maestra. La mente maestra era alguien más antiguo. Alguien que llevaba casi un siglo moviendo los hilos en la sombra.

—Busca en los registros del Consejo de los Cinco —repitió Kael en voz alta—. El acta del año 847.

Guardó la carta, el anillo y el medallón bajo la tabla suelta y se tumbó en la cama sin molestarse en desvestirse. Estaba agotado, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Mañana iría a los archivos. Mañana buscaría aquella acta. Mañana...

Se quedó dormido sin darse cuenta, y por primera vez en semanas, no soñó con fuego ni con reinas de cabellos plateados. Soñó con una mujer de rostro amable que le sonreía desde la oscuridad y le decía: "Estoy orgullosa de ti, nieto."

Era Lyanna. Y aunque Kael no recordaba haberla visto nunca, supo que era ella.

El verano se adueñó de Draxcan con una ferocidad inusitada. Las calles del distrito humano hervían bajo un sol implacable que agrietaba la tierra y secaba las fuentes. Los ancianos decían que no recordaban un calor igual desde hacía treinta años; los augures del distrito mago pronosticaban tormentas para agosto, pero agosto quedaba lejos y mientras tanto la ciudad se abrasaba.

Aren Elmer maldecía el calor mientras caminaba hacia la Biblioteca Senatorial. Su túnica de diplomático, concebida para las temperaturas templadas del otoño, se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. A su lado, Kaedor Lasmec parecía inmune al sofoco: vestía una túnica ligera de seda blanca que ondeaba con la más mínima brisa y caminaba con la parsimonia de quien nunca ha tenido prisa en su vida.

—No sé cómo aguantas —dijo Aren, secándose el sudor de la frente.

—Los Lasmec somos de tierra caliente —respondió Kaedor con una sonrisa—. Las minas de hierro están en el sur, cerca del desierto. Esto para mí es primavera.

—Pues para mí es el infierno.

—Todo es cuestión de perspectiva, Elmer. El infierno de uno es el paraíso de otro.



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 07.07.2026

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