The King of Kingdoms: El Reino Dividido

Capítulo XII: El Hijo del Comerciante

La residencia de los Holm se alzaba en el extremo más próspero del distrito humano, una mansión de tres plantas con fachada de mármol blanco y columnas labradas que imitaban el estilo de los antiguos templos originales. Los jardines que la rodeaban estaban cuidados con esmero, llenos de flores importadas de Lythara y fuentes de agua cristalina que refrescaban el ambiente. Era una exhibición de riqueza que contrastaba con la modestia del senador que la habitaba. Garrick Holm se presentaba ante el Senado como un hombre sencillo, cercano al pueblo, pero su casa contaba una historia diferente.

Lyssara Rosmar llevaba tres días preparando aquel momento. Tres días convenciendo a Gerik de que la acompañara a visitar a su tío, el guardia personal del senador. Tres días ensayando las preguntas que haría, las excusas que pondría, las mentiras que contaría si era descubierta.

—¿Y dices que es para un informe? —preguntó Gerik mientras cruzaban el portón de hierro forjado que daba acceso a la propiedad.

—Para el sargento Daven. Quiere información sobre cómo los nobles organizan su seguridad privada. Dice que el ejército podría aprender algo.

—El sargento Daven nunca ha querido aprender de los nobles. Los odia.

—Pues por eso mismo. Quiere saber cómo se protegen para encontrar sus puntos débiles.

Gerik se encogió de hombros. Era un buen soldado, leal y valiente, pero no era el más perspicaz de los hombres. Si Lyssara le decía que el cielo era verde, él se lo creería después de la tercera cerveza. Y precisamente por eso lo había elegido como acompañante.

El tío de Gerik, un hombre calvo y corpulento llamado Bertram, los recibió en la entrada de servicio de la mansión. Olía a vino agrio y a sudor rancio, y sus ojos pequeños y acuosos escrutaron a Lyssara con desconfianza.

—¿Una soldado? ¿Qué quiere una soldado de los Holm?

—Información, tío —respondió Gerik—. Mi sargento quiere saber cómo organizáis la seguridad aquí. Ya sabes, para mejorar la del cuartel.

—¿Y por qué iba yo a contarle nuestros secretos a una mocosa con uniforme?

—Porque soy la hija del senador Rosmar —intervino Lyssara, irguiéndose en toda su estatura—. Y porque mi padre está pensando en contratar guardias privados para nuestra residencia. Si los Holm tienen un buen sistema, quizás nos interese copiarlo.

La mención del apellido Rosmar produjo un cambio inmediato en Bertram. Sus ojos se abrieron un poco más y su postura se enderezó ligeramente.

—Ah, la hija del senador. Perdone, no la había reconocido. Pase, pase. Le enseñaré lo que quiera ver.

La visita duró más de dos horas. Bertram les mostró las garitas de vigilancia, los turnos de los guardias, los protocolos de seguridad. Lyssara tomaba notas mentales, pero su verdadero interés estaba en otra parte. Cada vez que pasaban cerca de una ventana, miraba discretamente hacia el interior de la mansión. Cada vez que un sirviente se cruzaba con ellos, intentaba escuchar fragmentos de conversación.

Y entonces, en uno de los pasillos del ala este, lo vio.

Un criado anciano, vestido con la librea de los Holm, que le resultaba vagamente familiar. Un hombre de rostro arrugado y andar renqueante, con una cicatriz en la mejilla izquierda. Lyssara entrecerró los ojos. ¿Dónde había visto antes aquella cicatriz?

La respuesta le llegó de golpe: en los archivos del Primer Linaje. El día que acompañó a su padre a buscar documentos, un anciano con aquella misma cicatriz estaba hablando con Thamior en voz baja. El bibliotecario lo había presentado como "un antiguo colaborador".

—¿Ese hombre? —preguntó a Bertram, señalando discretamente al criado—. ¿Quién es?

—¿Ese? Un tal Aldric. Un inútil que contratamos hace un par de semanas. Apenas sabe hacer nada. Pero el senador dijo que había que darle trabajo, y el senador es el que manda.

Aldric. El nombre resonó en la memoria de Lyssara. Kael le había hablado de un tal Aldric, el antiguo ayudante de Thamior que había presenciado el asesinato del bibliotecario. ¿Era el mismo hombre? ¿Y qué hacía trabajando en la residencia de los Holm?

—¿Puedo hablar con él? —preguntó—. Me interesa su opinión sobre la seguridad. Los criados siempre ven cosas que los guardias no ven.

Bertram se encogió de hombros.

—Como quiera. Pero no creo que saque nada en claro. El viejo está medio sordo.

Lyssara se acercó a Aldric con pasos medidos. El anciano la miró con recelo, y cuando ella mencionó el nombre de Thamior, su rostro palideció visiblemente.

—No sé de qué me habla —dijo, apartando la mirada.

—Creo que sí lo sabe. Usted es Aldric Venn. Fue ayudante de Thamior durante quince años. Presenció su asesinato. Y ahora trabaja para los Holm.

—Baje la voz —suplicó el anciano—. Si me oyen...

—¿Qué hace aquí? ¿Lo están protegiendo o lo tienen prisionero?

Aldric tragó saliva. Sus ojos se humedecieron.

—Un poco de las dos cosas. Después de lo de Thamior, fui a ver al senador Rosmar. Le conté lo que sabía. Pero alguien debió seguirme, porque al día siguiente aparecieron dos hombres en mi casa. Me dijeron que si volvía a hablar con nadie, me matarían a mí y a mi familia. Luego me ofrecieron trabajo aquí. Dijeron que era por mi propia seguridad. Que me convenía aceptar.

—¿Quiénes eran esos hombres?

—No lo sé. Llevaban capuchas. Pero uno de ellos... uno de ellos tenía un anillo. Un anillo con una serpiente alada.

A Lyssara se le heló la sangre. La serpiente alada era el emblema de los Kraxter. Pero también podía ser una falsificación, un intento de implicar al heredero en algo que no había hecho.

—¿Está seguro de lo que vio?

—Completamente. No se me olvida un anillo así.

—¿Y qué hace usted aquí? ¿Qué trabajo le han dado?

—Me pidieron que ordenara unos archivos. Documentos antiguos de la familia Holm. Pero he visto cosas... cosas que no debería haber visto.

—¿Qué cosas?



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En el texto hay: altafantasia, romance proibido, intrigapolitica

Editado: 07.07.2026

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