El verano llegó a su cenit con una ola de calor que batió todos los registros conocidos. Los termómetros mágicos del distrito mago marcaban temperaturas que no se veían desde hacía medio siglo, y los ancianos originales, que recordaban épocas aún más remotas, hablaban de un verano similar ocurrido ochenta y siete años atrás, el mismo año en que el rey Eldrin Kraxter murió en extrañas circunstancias y el trono pasó a manos de una rama colateral. El verano de la traición, lo llamaban en susurros. El verano en que todo cambió.
Kael Kraxter trabajaba en las cocinas del castillo con la mente en otra parte. Sus manos se movían mecánicamente, sirviendo desayunos, fregando calderos, doblando manteles, mientras su cerebro daba vueltas y más vueltas a la información que había encontrado en el sótano secreto de Thamior. Las cartas. Los sellos. Las implicaciones.
La conspiración para exterminar a su familia no había empezado con los Holm, ni con la princesa Francesca. Había empezado dentro de la propia casa real. Alguien con acceso al sello del rey llevaba casi un siglo eliminando Kraxters. Alguien que podía ser el ancestro de la misma Francesca. Alguien que quizás seguía vivo, oculto en las sombras, esperando.
—Muchacho Fantasma —la voz de Marta lo sacó de sus cavilaciones—. ¿Piensas pasarte el día mirando esa olla como si fuera a hablar? Tengo tres banquetes que preparar antes del mediodía.
—Perdón, señora Marta. Estaba distraído.
—Distraído. Ya. —La anciana lo observó con sus ojos cansados pero perspicaces—. Llevas semanas distraído. No sé en qué lío te has metido, muchacho, y no quiero saberlo. Pero ten cuidado. En este castillo, los distraídos no duran mucho.
—Lo sé. Gracias.
Marta le dio una palmada en la espalda con su mano callosa y volvió a sus calderos. Kael terminó su turno y salió al patio de servicio, donde el calor del mediodía caía como un martillo sobre las baldosas de piedra. Se apoyó contra la pared y respiró hondo.
Necesitaba hablar con Maelt. Necesitaba mostrarle las cartas. Pero el senador Rosmar estaba cada vez más vigilado por los agentes de la princesa, y cualquier reunión corría el riesgo de ser descubierta. Llevaban días comunicándose a través de Lyssara, que era la única que podía moverse entre el castillo y la residencia Rosmar sin levantar sospechas. Después de todo, era una soldado. Se suponía que debía ir de un lado a otro.
—Kael.
Levantó la vista. Lyssara estaba allí, con el uniforme de cabo primera y el rostro enrojecido por el calor.
—Te he estado buscando. Mi padre quiere verte. Esta noche.
—¿Más noticias?
—Malas noticias. —Lyssara bajó la voz—. Han encontrado a Aldric.
—¿Al ayudante de Thamior?
—Lo encontraron flotando en el canal del distrito humano esta mañana. Dicen que se cayó mientras iba borracho. Pero tenía un golpe en la nuca. Un golpe que no se hace uno al caer.
Kael sintió que el estómago se le encogía. Aldric estaba muerto. Como Thamior. Como todos los que se acercaban demasiado a la verdad.
—¿Cuántos más van a morir? —preguntó en voz baja.
—Los que hagan falta. A menos que los detengamos.
—¿Cómo? ¿Presentando las pruebas? ¿Denunciando a los Holm? ¿Acusando a la princesa? No tenemos suficiente. Las cartas del cofre son antiguas, de hace casi un siglo. Ningún tribunal las aceptaría como prueba contra los Holm actuales.
—Lo sé. Por eso mi padre ha convocado una reunión. Quiere que estemos todos. Tú, yo, Aren Elmer, Kaedor Lasmec... incluso ha invitado a Illyana Cerevan.
—¿A la senadora elfa? ¿No estaba aliada con la princesa?
—Lo estaba. Pero las alianzas cambian. Mi padre cree que puede convencerla de que cambie de bando.
Kael asintió lentamente, aunque no las tenía todas consigo. Illyana Cerevan era una mujer imprevisible, una jugadora que cambiaba de máscara según soplara el viento. Fiarse de ella era como fiarse de una serpiente: podía morderte en cualquier momento.
Pero no tenían otra opción. Si querían sobrevivir, necesitaban aliados. Todos los que pudieran conseguir.
—Está bien. Iré. ¿A qué hora?
—Al anochecer. Ven por la puerta trasera, como siempre. Y ten cuidado. Creo que te están siguiendo.
—Lo sé. Llevan semanas siguiéndome. Pero no han hecho nada.
—No lo harán hasta que estén seguros de quién eres. La princesa no quiere matar a un don nadie. Quiere matar al heredero. Y para eso necesita confirmación.
—Entonces tendré que dársela.
—¿Qué?
—Es una idea que llevo días madurando. Una idea peligrosa. —Kael miró a Lyssara directamente a los ojos—. Pero puede que sea la única manera de ganar tiempo.
—No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco. Pero hablaremos de ello esta noche.
El anochecer trajo consigo un alivio relativo del calor. Una brisa suave empezó a soplar desde el mar interior, y los ciudadanos de Draxcan salieron a las calles a disfrutar del fresco. Las tabernas se llenaron, los músicos callejeros afinaron sus instrumentos y los vendedores ambulantes pregonaron sus mercancías con renovado vigor. Era una noche de verano como tantas otras, y sin embargo, para los que se reunieron en la residencia de los Rosmar, era una noche que podía cambiarlo todo.
Maelt había dispuesto el salón principal para la ocasión. Las cortinas estaban echadas, las puertas cerradas con llave, y dos guardias de confianza vigilaban el exterior. En el centro de la sala, una mesa alargada rodeada de sillas. En las sillas, las personas más improbables que Kael hubiera imaginado jamás.
Aren Elmer, el joven diplomático de mirada analítica y gestos medidos. Kaedor Lasmec, el hijo del comerciante, con su eterna sonrisa enigmática. Illyana Cerevan, la senadora elfa, vestida de verde esmeralda y con una copa de vino en la mano. Maelt Rosmar, presidiendo la reunión con la solemnidad de un general antes de la batalla. Lyssara, de pie junto a la puerta, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada. Y el propio Kael, sentado al otro extremo de la mesa, sintiéndose fuera de lugar entre tantos nobles.