La noticia de la muerte de Oren llegó al castillo con las primeras luces del alba. Un barrendero del distrito original encontró el cuerpo tendido frente al Templo de los Once, con una herida de arma blanca en el pecho y los ojos abiertos, como si hubiera estado contemplando el cielo en el momento de su muerte. El crimen tenía todas las marcas de una ejecución: rápido, limpio, sin señales de lucha. El asesino sabía lo que hacía.
Kael se enteró mientras se vestía para lo que iba a ser el día más importante de su vida. Lyssara irrumpió en su casa sin llamar, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada por la carrera.
—Oren —dijo, apoyándose contra el marco de la puerta—. Lo han matado. Como a Thamior. Como a Aldric.
Kael se quedó inmóvil, con una bota en la mano y la otra aún descalza. El anciano del templo, el hombre que le había entregado el anillo de su abuela, el que le había revelado la existencia de las cartas del sótano secreto. Muerto. Otro nombre que añadir a la lista de víctimas.
—¿Quién ha sido? —preguntó con una calma que no sentía.
—No lo sabemos. Pero ha sido esta noche. Mientras nosotros estábamos reunidos en la cripta. —Lyssara se pasó la mano por el cabello, un gesto nervioso que Kael le había visto hacer en contadas ocasiones—. Nos están eliminando uno a uno, Kael. Alguien sabe lo que estamos haciendo. Alguien nos está vigilando.
—Lo sé. —Kael terminó de calzarse las botas y se puso en pie—. Por eso tenemos que actuar hoy. Ahora. Antes de que encuentren al siguiente.
—¿Estás seguro? Podemos aplazar la sesión. Reunir más pruebas.
—No hay más pruebas. Tenemos las que tenemos. Y cada día que pasa, alguien muere. No voy a permitir que haya más cadáveres en mi conciencia.
Tomó el medallón de su madre y se lo colgó al cuello. Luego se puso el anillo de Lyanna en el dedo anular. Por último, guardó las cartas del cofre en una bolsa de cuero que se cruzó sobre el pecho.
—¿Cómo estoy? —preguntó.
Lyssara lo miró de arriba abajo. Llevaba la misma túnica de siempre, las mismas botas gastadas, la misma capa raída. Pero había algo distinto en él. Algo en la forma de sostener la mirada, en la firmeza de sus manos, en la determinación de su postura.
—Pareces un rey —dijo ella, y por primera vez en mucho tiempo, no había ironía en su voz.
—Pues vamos a convencer al Senado de que lo soy.
El Gran Salón Circular estaba más lleno que nunca. La noticia de que el senador Maelt Rosmar había solicitado una sesión extraordinaria del Consejo de los Cinco se había extendido como un reguero de pólvora, y todas las galerías estaban abarrotadas de nobles, comerciantes, soldados y ciudadanos que se apiñaban para presenciar lo que prometía ser un debate histórico. El calor era sofocante; el verano se resistía a dar tregua, y el aire acondicionado por los magos apenas alcanzaba a refrescar las primeras filas.
En la sección Elemens, Maelt Rosmar revisaba sus notas con el ceño fruncido. A su lado, Lyssara, vestida con su uniforme de cabo primera, oteaba el hemiciclo en busca de posibles amenazas. En la sección diplomática, Aren Elmer y su padre Loric ocupaban sus asientos habituales, flanqueados por Kaedor Lasmec, que había insistido en asistir a pesar de las objeciones de su familia.
—Esto es una locura —murmuró Kaedor—. Si esto sale mal, estamos todos muertos.
—Si esto sale mal, estaremos muertos de todas formas —respondió Aren—. Al menos así moriremos luchando.
—Qué poético. ¿Se te ha ocurrido a ti solo o lo has leído en algún libro?
—Cállate, Lasmec.
En la sección élfica, Illyana Cerevan conversaba animadamente con sus asesores, como si la sesión que estaba a punto de comenzar fuera un mero trámite burocrático. Sólo el ligero temblor de su mano al sostener la copa de agua delataba su nerviosismo. En la sección humana, Garrick Holm sudaba más de lo habitual y bebía agua sin parar. En la maga, Vexim Thal permanecía inmóvil como una estatua de sal.
Y en el centro del hemiciclo, sobre la plataforma elevada, el trono del rey Kaziu estaba vacío.
—Se abre la sesión —anunció el canciller, golpeando el suelo con su bastón ceremonial—. Hoy, a petición del senador Maelt Rosmar, se celebra una sesión extraordinaria del Consejo de los Cinco. El senador tiene la palabra.
Maelt se puso en pie. El silencio se hizo absoluto.
—Señores senadores, altezas, ciudadanos de Draxcan —comenzó—. Llevo cuarenta años sirviendo a este reino. He visto guerras, hambrunas, conspiraciones y traiciones. Pero nunca pensé que tendría que comparecer ante este hemiciclo para denunciar un crimen que se ha estado cometiendo durante casi un siglo.
Un murmullo recorrió la sala. Maelt hizo una pausa, dejando que las palabras calaran en el auditorio.
—Todos conocéis la historia oficial. Hace ochenta y siete años, el rey Eldrin Kraxter murió sin herederos, y el trono pasó a una rama colateral de la familia real. Lo que no sabéis es que Eldrin tenía una hermana. Una hermana que sobrevivió al exterminio de su familia y que vivió escondida durante décadas, protegiendo a sus descendientes. Lo que no sabéis es que el linaje Kraxter no se extinguió. Y lo que no sabéis es que el heredero legítimo al trono de Draxcan está hoy en esta sala.
El murmullo se convirtió en un clamor. Varios senadores se pusieron en pie, protestando. Otros aplaudían. El canciller golpeó el suelo repetidas veces, exigiendo silencio.
—¡Orden! ¡Orden en la sala!
—¿Dónde está ese heredero? —gritó alguien desde la sección humana—. ¡Que se muestre!
—Aquí —dijo una voz desde la entrada del hemiciclo.
Todas las cabezas se giraron hacia el fondo de la sala. Kael Kraxter avanzaba por el pasillo central con paso firme, la cabeza alta y la mirada clavada en el trono vacío. Vestía la misma túnica de siempre, pero algo en su porte había cambiado. Ya no era el Muchacho Fantasma que servía desayunos y se escondía en las sombras. Era un hombre dispuesto a reclamar lo que era suyo.